Rutinas

Rubeus

Por fin amanece, un día frío desdibuja sombras en escalera y atravesando la cansada ventana tira líneas rojizas. En un compás de pasos ajenos se borran hasta llenar de claridad la habitación. Tras una larga espera el día ha llegado. Hoy parece que esquiva el dolor, no quiere aparecer, es raro, no falta a su cita desde hace años. Buena noticia, tiene miedo, le ha llegado su hora. El taller de la vida ajustará una pierna cansada, dolorida, trabajada, pronto una nueva articulación, a estrenar, como cuando tenía veinte años. Sin desayunar, ni puede ni querría, se le perlan de ansiedad las manos. Siempre dicen que hay una primera vez, aún así, tampoco ayuda. Ocho y diez.

Aureus

Suave pero insidiosamente molesto, anula el tono de su smartphone, y una vorágine de tareas llena su cabeza, la desborda e inunda la habitación. Sin dar un minuto de tregua se gira listo para salir corriendo, cuando se levanta así sabe que ha descansado. Y sabe también que un reino sería muy poca cosa por media hora más, a su lado. Noche grata, los tres duermen aún, y durmieron. Un café, caliente, dulce y grande. Hielo, serán varios minutos más, arranca y cruza un día todavía por nacer, caras grises, cuesta sonreír, hace frío. Casi sin darse cuenta ya está llegando, aparca donde siempre, con una mueca recuerda el hueco improvisado, puede luego no encontrar el coche. La sesión del servicio, un baño de realidad. Ocho y veinte.

Flavus

La puerta se barre como hojarasca en un vendaval. Conoce su nuevo nombre, ligado a la diatriba de la asignación de competencias, tan viejo problema como viejo es el mundo. La prótesis de la seiscientos cinco, un breve contacto para cotejar que es quien es, y todo se mueve. Camino a lo desconocido, ni el techo parece el mismo. Puertas y puertas, y un límite de lo visitable. Tras sentir como propia la cadencia y chasquido del pulsador, un motor tedioso abre las puertas del prequirófano. Parece demasiado normal, gestos y luces de cotidianidad, saludos y alguna broma que no alcanza ni a comprender. Tiende su brazo, ceñido por una banda azul que plétora la vida que le recorre por su brazo. No mira, no puede. Ocho y cuarenta.

Viridis

Una línea imaginaria, pasó levemente sus pulgares desde el centro de la espalda, hacia donde descansaban sus dedos a la altura de las caderas. Con sus manos limpias, su alianza en la mesa junto a su fonendo, noto una vez más la desviación de la columna, muy frecuente. La respuesta fue más tensión, le costaba relajarse. Con delicadeza atravesó los tejidos, veía con el tacto, a veces podía intuir donde se encontraba otro compañero solo con verle desplazar la aguja. El paso final era como caerse en un precipicio, en un mar de agua de roca, múltiples lianas se movían con libertad, dentro de ellas un flujo infinito de corriente trasmitía toda la información. En breve una sección invisible lo apagaría todo, la farmacología obraría su milagro y cortaría la medula, durante un tiempo solo, un corte virtual. Nueve y veinte.

Caeruleus

Le cuesta fijar la mirada. Es agradable. No sabe si podrá ayudar, le llevan y se deja llevar. Sentado, al aire su espalda nota el tacto de unas manos. Le vuelven a tumbar, un hormigueo recorre sus piernas, quiere moverlas, no puede. Sus ojos se le cierran, quiere intuir que alguien pregunta si puede empezar. Ya no recuerda, ni recordará. Nueve y treinta.

Indicus

Un vuelo tranquilo, pensó. Bien. Hoy tenía que trabajar con su peque –la mayor- el control de mates. Quitó el manguito de presión arterial. Puede que le diera tiempo a comprar algunas cosas, echar gasolina, de camino, sin falta. Quitó el último electrodo y vio la línea plana, las alarmas se quejaron de nuevo. Tenía que ver con quien cambiar esa guardia, necesitaba ese fin de semana, pero no sabía donde mover ese viernes; deberían prohibir las guardias esos días. Claro. El pulsioxímetro le recordaba siempre al simpático E.T., lo dejo colgado del monitor y dio el visto bueno para pasar al paciente. Miraba todavía confuso, no creía que le hubiéramos operado ya. Diez y cuarenta.

Violaceus

Enfocó con un poco de dificultad, estaba en la cama de nuevo. Nada, de cintura hacia el sur, no existía nada. Miró hacia la ventana, empezaba a llover, un sol esquivo se hacía el perezoso. Estaba profundamente tranquilo, una preocupación extrema se desprendió de sus brazos, tan ligero, creyó que ahora, si lo decía, podría incluso volar. El miedo fluyó fuera y notó que se enrasaban sus ojos.

“Ha ido todo muy bien, le vamos a pasar a planta.”

Entrelazó cada una de las palabras, las hilvanó con cuidado y se las repitió mentalmente, una y otra vez. Sin pensarlo levanto su mano, y buscó asir con firmeza la mano amiga. Descubrió que le respondía, con la misma presión, y lentamente le miró a los ojos. Con tal trasparencia, que notó el leve temblor de quien se siente desprevenido:

“Gracias, doctor, de corazón.”

Con un leve cabeceo asintió, por sorpresa, sin capacidad de reacción, no le pudo contestar. Lo había captado todo. Todo. Una mirada y una mano, le habían trasportado al fondo de la persona, de su corazón. Se protegió, mirando al horizonte. Entre la lluvia gris un sol radiante. Y al fondo con su doble sonrisa, el arcoíris.

Imagine

 

 

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Las muescas de mi fonendo

En esta vida, todos caminamos con el corazón escondido. En mayor o menor medida, queriendo o sin querer, dejamos ventanas abiertas y la luz entra.
O sale.
Descubrimos que no podemos controlar la luz que entra,
y solo dejar o no que salga.
En nuestro corazón mandamos poco, porque sentir, como vivir, es un continuo que fluye como esencia.

Os contaré un secreto, normalmente los médicos cerramos bien nuestras ventanas. Y cuanto más grave y crítico está nuestro paciente, más necesitamos cerrarlas.

Aunque, querer no siempre es poder.

“Para estar con la cabeza fría.” Nos decimos.

“Para tomar las mejores decisiones.” Pensamos.

“Para hacer lo que hay que hacer.” Aseguramos.

¡No lo aguantaríamos! Acumular tanto sufrimiento te rompe, antes o después.
Así, en nuestras Unidades de Críticos o Reanimaciones, (¡las Reas, vaya!) estamos solo en parte, porque si estuviésemos completos, no llegaríamos enteros.

Pero la vida no siempre se programa, no siempre va como uno quiere. No, claro, sino ¡tremendo aburrimiento!

Y ocurre. Siempre ocurre. Cada tiempo, antes o después.
Llega quien toca sin llamar, entra y se queda. Si son niños, casi siempre, a los mayores se lo ponemos más difícil.
Y cuando entran, te duele, porque sientes con él, porque sufres acompañando, porque te haces más cercano y pasas a ser más persona, pero un poquito menos médico.
Y si en su camino no puedes retenerle -aunque luches como si en ello fuese tu vida-; si le ves partir arropado por tu mirada, abrazado por cables y sueros, tu respirándole, siendo su cuerpo que ya no puede más, siendo lo que ya no puede ser…

Si se va, cuando había tocado tu corazón…

Hace algunos años…, no fue la primera, pero sí la más profunda. No fue la última, pero sí la de más vivo recuerdo.

Hace algunos años, se fue, y solo tenía dos años. No supimos salvarle.

Son marcas de vida. Las llevamos cerca del corazón. Si fijas tu mirada, las verás.

Son las muescas de mi fonendo.

Mariposas en invierno

Suave, aleteó de nuevo y se posó. El brillo multicolor desmenuzado por el vuelo era ahora como un tapiz traslúcido.

Con lágrimas teñidas de risas, entre sus manos temblorosas sueltas ya de las barras de la cama, pudo por fin tener a su hijo. Besarlo, acariciarlo y sentirle vivir. Estaba aquí, unido aún por el cordón, cálido como el dulce amanecer de verano, abriendo sus ojitos disfrutando de segundos de vida nuevos, limpios, dichosos de ser. Una marea de colores pasó por su cabeza y aceleró su corazón. Nada podía ser igual. El final de un camino, llegando a puerto, tras un mar de miedos. Tras la incertidumbre de poder, de saber, de hacer. Una experiencia solo suya, que pudo elegir vivir sin dolor.

Volaba rápido, en un vaivén infinito que fluctuaba al compás de la luz. Azul, rosa, violeta, blanco… arcoíris delirante solo detenido al segundo de respirar, para seguir.

La vida se abre tras un camino de diez pasos. Tenía que preparar su cuerpo para ceder paso. Como intentar con un dedo abrir una puerta en un muro. Así lo pensaba. Era maravilloso, y terrible a la vez. La incertidumbre ante lo inesperado, al sendero desconocido, al dolor. Y aún con la motivación embargándole el ánimo, hasta el más tenaz se puede romper con el dolor, con la constancia del mismo, con la periodicidad y su intensidad. Pero había elegido escapar de lo establecido, olvidar la costumbre y buscar poder estar entera. Eligió prescindir del dolor. Y supo, que con éxito o sin él, había sido la mejor elección. Se dejó llevar, haciéndose una con su pequeña vida, confiando y cediendo. Sentada expuso un camino de cuencas para dar camino a un espacio virtual. Unas manos expertas vieron con su tacto el sitio donde dejar un oleaje suave que bañara el dolor, dibujado en la arena. Y después, desapareció para ser de nuevo invisible.

Casi como a otro tempo, desplegó sus bellas alas, espléndidas, efímeras, únicas. Y voló. Voló y voló.

Una bata, un fonendo en la mesa y una mirada tranquila. Volvió a explicárselo todo. Con calma, despacio. Lo comprendió. Era su opción. El dolor no es necesario. Seguridad, confianza. Ahora sí sabía cómo quería que ocurriese. Le sonrió, sabía de qué le estaba hablando. Era visible. Oyó su nombre. Se levantó, ¡ya le costaba! Leyó de nuevo el cartel: Consulta de epidural.