Línea de vida

Nuvole Bianche
Un pulso firme recorrió sin titubear la piel de extremo a extremo. La rapidez hizo el resto, una línea blanca se abrió paso en profundidad. Un silencio atronador golpeaba las sienes de todos los presentes. El tiempo, conocedor de su presencia asfixiante, caló hondo en el latido propio de cada uno. Quien les observara, sin participar, tocaría la densidad de un devenir lento, casi como imágenes desplomándose una sobre otra, casi como oír caer un suspiro, y al llegar como lágrimas al suelo, rugiendo en una vorágine de miedos y desesperación. Un estruendo de inmensidad barrió todo el quirófano de golpe. La sangre fluyó con fuerza, mil ordenes surgieron a la vez y un replicar doble de la vida que se contenía, de la vida que se escapaba,  inundó su cabeza.

Cesárea emergente.

Corrió. Bastaban dos palabras, para no decir más. El fonendo, los zapatos y una carrera. Haría un buen tiempo, lo haría por dos. Dos vidas ligadas, a un destino, no a una fatalidad. Corrió. Sin elección, sin elegir. Madre e hijo. Ligados y unidos, su vida en una frágil línea de posibilidad, en una frágil realidad de tiempo. Corrió.

Abruptio Placentae.

Ella estaba ya casi inconsciente. Su corazón desmedido galopaba, trotaba, volaba, ciego hacia un abismo. Quería llenarse a manos abiertas, y cuanto más corría más sentía que su vida se le escapaba, se vaciaba. Él buscó pericia, buscó certeza, buscó -también- un poquito de suerte. Cogió su mano, con la fuerza precisa para sujetar su vida, y tendió el primer cable, tendió un camino para llenar lo que se vaciaba, para frenar lo innombrable. Llenó y lleno, pero la vida seguía huyendo. Segundos más tarde, ¡solo unos segundos!, pedía con voz calmada iniciar la inducción. Repitió dos veces la secuencia, abrió el laringo y miró de nuevo aquellos ojos ya perdidos, una tez blanca, muy blanca.

Como un latigazo volvió a escuchar la angustia de quién no puede esperar más. Una mirada que mezclaba rabia y súplica, con un estilete en la mano, no ayudaba. Verter el miedo propio no lo disminuía, y era una piscina peligrosa en la que todos podían resbalar.

Buscó la luz en el camino, la puerta de entrada para dar aliento. Aquí, ahora, no tendría otra oportunidad. Si fallaba, la perdería. Conocedor del abismo al que se asomaba, sintió la mano de su compañero en el hombro, un leve contacto, solo para trasmitir seguridad. Y lo hizo, ya lo creo que lo hizo. Segundos interminables, pequeños giros, movimientos delicados, buscando en la experiencia la destreza suficiente para salvar la dificultad. Y de nuevo aquel italiano bajito, con bigote, le salvó de la catástrofe. Don Giulio Frova y su dispositivo azul. Inventos que salvaban vidas. Héroes anónimos. Levantó la mirada, sintió la necesidad del obstetra como una imperiosa voluntad de hacer. Y asintió.

 […]

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Tras las huellas mojadas disfrutó de nuevo viéndola correr. Entro saltando entre las suaves olas, y justo cuando el agua mojaba sus brazos, la vio girar la cabeza, sonreírle con un guiño de complicidad, y dejar un dulce beso en el aire. Estaban tan unidas… Apenas habían pasado siete años, para ambas una vida, una vida nueva. Hoy le había preguntado por la cicatriz de su vientre. Con su dedito había pintado una línea lentamente, a la par que le preguntaba, como tantas otras cosas, “mamá, cuéntame otra vez porqué tienes esta rayita debajo del ombligo, yo no la tengo.” Recordó la respuesta, que le había brotado del corazón, y que pensó que no entendería. Se equivocó, pues al decírsela le había respondido, “gracias mamá, yo también te quiero”.

Unidas al nacer, era su línea de vida.

 

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Autor: elmedicoinvisible

Médico especialista en Anestesiología y Reanimación. Doctor en medicina y cirugía. Diplomado Europeo en Anestesiología y Cuidados Intensivos. A fin de cuentas, médico por vocación. El resto viene por añadido.

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