Serendipia

Nada hay casual, en la felicidad.

 

Viento del Sur. Trinidad. El Beni. Bolivia.

Gael abrió sus ojos lentamente. Un nuevo día despertaba. Hacía ya un rato, antes del alba, los gallos batían su particular batalla por anticipar el calor que habría de llegar. Pasada ya la estación húmeda, el clima tropical mantenía un bochorno constante. Feliz, acarició de nuevo la cintura de Bianca. Desdibujándose -otra vez- sus curvas latían al compás de la nueva vida que llegaba. Sería la tercera hija, creía que no llegaría el varón. La calma de la sencilla habitación le recordó que debía apresurarse. Su jornada comenzaba antes de que el sol acabara de salir, su patrón solo se lo había recordado una vez, si había una segunda, sería para no volver. Tardaría el tiempo de un ordeño en llegar, sin bolivianos en el bolsillo las mototaxis no paraban.

Bianca volvió a abrir sus ojos tras verle salir. No quería entretenerle, su amor les llevaría de nuevo a fundirse entre caricias y abrazos, entre besos y arrullos, haciéndole más difícil partir. Se dejó acariciar por él, y notó la vida que le había regalado abrazándola en su interior, caminando de pura felicidad, buceando de placer por vivir. Sería niño, lo sabía, y quería que fuera su mayor sorpresa. Solo una madre conoce el latir de un corazón en su corazón. Había mucho por hacer, se levantó y dispuesta, comenzó el día. Era feliz, inmensamente feliz. Y tenían tan poco… su miedo era que llegará el viento de la dificultad. Su corta vida le había enseñado, la felicidad era un equilibrio precario, y aún más siendo pobres. Pero ella ahora poseía ese don. Temía el viento del sur, el arrojo del mismo, frío y desapacible, el “surazo” que llegaría y enfriaría sus corazones. Tenía miedo, hoy sentía cerca el cambio. No quiso pensar más.

Hincó la espuela con fuerza, y notó la resistencia de la bestia, rebelde al sometimiento. Sudando, tensó aún más las riendas, notando cada fibra de su ser al límite, vibrando al punto de ruptura. Este castaño arisco, a medio domar, relinchaba fiero por su libertad perdida, muy poco tiempo atrás. Tenía que ser capaz, lucharía por doblegarlo, y obligarle a jalar del carretón de su patrón.

Estalló en pedazos. El suelo bebió con ansia el preciado líquido, y testigo mudo del desastre, la loza abierta en su propia agonía, parecía reír con irónico desaire. Algo había pasado. Algo terrible. Sus manos, conectadas por caricias vitales, perdieron la fuerza, y arrojaron en un silencioso tedio su quehacer. Y tras ello, ni el aire quiso ayudarla, aún sentándose, fue consciente de cada una de las veces que respiró, despacio al principio, subiendo, creciendo, corriendo al final. Una palabra rompió el silencio. A su lado, conectada por la propia vida, su hija mayor –no más de seis humedales-, la miraba absorta. Una sola palabra: Gael.

Había llegado de forma tan súbita que le había arrancado el calor de las entrañas. El “surazo” azotaba Trinidad por cada una de sus esquinas. La coincidencia no podía ser casual. Sabía que no. Pero poco importaba ya. Con fuerza apretaba su mano. Vivía, se lo repetía a cada segundo. Aunque no era suficiente, no para ellos. Aquel jamelgo aciago le había vencido la partida, y qué precio tan alto. Quebrada, brutalmente astillada, sin posibilidad de reparación, su pierna derecha yacía vendada sin más apoyo que una manta raída que levantaba su caída. Ya le reclamaban la dosis de morfina que le habían administrado. No habría más sin bolivianos. Aquella doctora había sido tajante, sin operación la pierna no sanaría, quedaría tullido de por vida. No lloró, no quería que la vieran, sus lágrimas bañaron sin parar su corazón, pero en su cara la sonrisa no desapareció ni un instante. La lección que aprenderían hoy sus hijas, recibida por su abuela tiempo atrás, sería un legado a un precio sin tasar. De la pobreza a la miseria existe una línea demasiado fina. Pero el coraje de quien amó, ama y amará, forja orgullos que tiñen de color la sombra injusta de la vida. Sin dinero, no podrían operarle, quedaría tullido, joven, incapaz, sin estudios. Una vida rota, por la injusticia de la pobreza. Ella lucharía. Lucharía hasta no poder más. Y su mirada –siempre alzada- llevaría la esperanza de no ser lo que no fueron, para sobrevivir. Vivir dignamente, hasta que no pudieran más. Cuidaría sola, de los cuatro. Y lloraría sola, hasta que pasara el “surazo”.

 

El ruido del trueno.

En ocasiones, tras sentir el latigazo en el cielo, esperaba con tensión la riada del cielo. Pero en esta ocasión el olor a tierra mojada le llenó desde dentro, aún mucho antes de llegar. Tembló anticipándolo, iría. Sin duda. Era un camino marcado. No había casualidades. Tras colgar el teléfono pensó cómo se lo diría a ella. No se acordó de que cuando la mirase, fluiría el raudal de vida que los unía. Todo estaría dicho. De una forma salvaje sentía un empuje brutal. Quería prepararlo todo, ahora, ya. Apenas hacía veinte minutos no conocía nada de esta nueva realidad. Ahora…ahora quería beberse cada sorbo de la misión. Algo había despertado en él. Y no veía nada más que un camino por recorrer, un sendero que llevaba ahí tiempo, tanto que casi lo había olvidado. Era como despertar de un sueño. Su vida, con realidades dormidas, que habitaban dentro, tan dentro, que cuando despertaron, le golpearon sin piedad, hasta que pudo volver en sí. Necesitaban un anestesiólogo, era la última pieza del equipo. El destino, un pequeño Hospital en la selva boliviana. El precio, todavía no sabía el precio que pagaría por ir, ni conocía la paga que recibiría. Puede, que si lo hubiese sabido, no habría recorrido el camino. Aguantas lo impredecible, el camino horadado cuesta doblemente. El viento no sopla dos veces de igual.

Hospital Germán Bush. Tras casi treinta horas de viaje, al fin llegaron. Eran la segunda parte del equipo, una avanzadilla había preparado días antes el terreno. Directamente dejaron sus cosas en Casa DOA*, se asearon entre el estupor de la nueva realidad, y partieron hacia los quirófanos. Lo traían todo. Casi media tonelada de equipaje reconvertido a material quirúrgico, fármacos, equipos quirúrgicos, dispositivos de anestesia, antibióticos, vendas… Su equipaje personal era la bolsa de mano, no podían desperdiciar el peso que sus billetes facturaban como maletas, no si les servía para abastecer el almacén de DOA.

Les esperaban. La palabra cansancio se renovó, impregnándoles de realidad. Poco a poco fue reescribiendo su nuevo lenguaje, mentalmente se repitió “no poder parar, no poder parar…” y descubrió el sentido de su cansancio. Acurrucado, en una esquina, repasó de nuevo la que sería su nave de trabajo. Miró nuevamente asombrado el quirófano del Dr. Hurtado Bruckner, anestesiólogo insigne en algún tiempo reciente, con su placa jalonando la entrada. Azulejos blancos, recordando espacios más culinarios, máquinas de aire acondicionado encastradas perfilando el exterior, guantes quirúrgicos tendidos al sol buscando alargar su vida una y otra vez, armarios nonagenarios, alforjas con tubos de anestesia propios de otra década, balas de oxígeno que le miran a los ojos… No podía pensar en criticar su pobreza, porque le dolía el alma de tanto que tiraban en su “civilizada” tierra, de tanto que no valoraban, de tanto que sobraba, porque a otros les faltaba. Y cerrando los ojos, tan solo un instante, buscó el aire que le huía, que le expiraba, que le evitaba. Al exhalar, quiso estar en otro lugar, quiso abrazar su corazón, acariciar su mirada, oler su sonrisa, pero latía a diez mil kilómetros de allí.

 

Lluvia gris. Tierra en lágrimas de vergüenza.

A veces, si pudieras llorar nada más recibir el golpe, la herida sanaría antes. Son certezas que llegan con el tiempo, son verdades que te marcan desde dentro. Y al salir, envejecen tus pensamientos de blanco, el color que todo lo puede, cargado de los otros siete.

Y de nuevo se obligó a mirarla. La profundidad de sus pupilas contaban los detalles de una historia cruel. Pero su sonrisa no acusaba. No despedía odio. Solo quería ayuda. Venía por subsistir. Deseaba seguir luchando, y éramos una oportunidad más.  Bajo su sonrisa triste, su torso parecía haber sido golpeado brutalmente, a diestro y siniestro. Una escoliosis atroz, un camino de vertebras que parecían querer ir cada uno por un derrotero distinto. Dos medias lunas, al norte y al sur, describían un cuerpo que luchaba por deshacer un nudo que le impedía casi respirar. Pronto –y solo tenía dieciocho años- quedaría imposibilitada, la torsión crecía a más. Analizaron el caso, pero sabían de antemano que era luchar contra un imposible. No tenían material, no tenían medios, no tenían tanto de lo que sin valorar disponían a diario, en otra tierra. Luchar con ese tifón de columna, sin los anclajes necesarios, sin los recursos para un viaje tan difícil, sin los cuidados de una Reanimación quirúrgica… Era condenarla a morir, o a vivir peor de cómo les llegó.

“No podemos.”

Ella lo entendió. ¡Lo entendió! Sabía que su palabra era sincera. Les miró a ambos a los ojos, los médicos europeos no podían, entonces, nadie podría. Al salir quiso llorar, pero suavemente su compañero traumatólogo le tomó del brazo, y casi suspirando le dijo: “Su patología no es congénita”. Su cara dibujó un interrogante demasiado forzado, no entendía qué importaba eso. Y mirándole fijamente, con dulzura, le hizo partícipe de su dolor. “De bebé su papá la golpeo brutalmente, son cicatrices del maltrato lo que la quebraron la espalda. De haber estado aquí hace quince años, la cura habría sido muy sencilla. Creció retraída por las heridas. Ahora, aquí, ya no podemos hacer nada”.

Doce centímetros de esperanza.

Una vez más, la sorpresa le abrazó sin buscarla. ¿Qué castigo divino llevaría a estos pequeños unos pies tan deformes? Y de nuevo, la sencillez de la respuesta le golpeó el alma. Eran unos pies girados, retorcidos, con la planta en sitios impensables, el talón olvidado, el empeine endurecido por los pasos construidos sobre lo imposible. Pero si dolía verles caminar, si dolía verles trompicar, si dolía verles jugar…nada era al verles sonreír. Porque su felicidad te taladraba tu miseria, y te hacía sentir nada. Nada en tus dificultades, nada en tus problemas, nada en tus batallas, nada en tu injusta infelicidad construida tantas veces a diario sobre necesidades vacuas. Y la respuesta a su tullidez, el pie bot. Una enfermedad genética que con un tratamiento ortopédico al nacer, se corrige. Si el niño crece sin tratar, una cirugía agresiva le puede devolver la posibilidad de caminar, tan solo. Y eso era lo que buscaban. Restituir la indignidad de quien padecía tan solo por ser pobre, tan solo por no tener acceso a una sanidad, que en los más pequeños, su carencia, nos denigraba aún más.

María y Sara. Fueron las primeras. Juntas no alcanzaban ocho años. Pero juntas, al verlas en la habitación, le devolvieron tanta vida, que aún hoy, reía sintiendo la felicidad de quien recibió más de lo que debía. Un camino que nunca agradecería tanto, como por ver sus miradas, juntas, sus pies con botas blancas enyesadas, felices, soñando con ser normales, soñando con jugar sin arrastrarse, soñando y disfrutando de la vida, que tanto les había dado. Y se lo decían ellas a él. Las cuidó como hijas suyas, entre aquellas paredes que generosamente llamaban quirófano, las durmió con mimo, entre sus brazos, acariciando sus caritas, apartando suavemente el azabache negro de sus ojos. Sin un ventilador que pudiera proteger sus pulmones, dedicó su tiempo a respirar por ellas. No importaba cuanto, solo importaba el cómo. Ayudado por un bloqueo caudal, se preparó para viajar con ellas, mirando a sus compañeros, asintiéndose, con muy poco, reconstruyeron en sus sueños, unos pies de tan solo doce centímetros.

La Vela de fortuna.

La fuerza del viento encauzado les llevaba a todos a barlovento, sin su fortaleza la nave no aguantaría. Era el Jefe de expedición, trabajaba, sufría, se extenuaba aún más. Señalaba el camino con el silencio de su ejemplo. Llegaba donde creían imposible, donde era impensable, y para él, sencillamente irreal. Nada más fuerte que las huellas vicarias. Le seguirían, todos, y cada cual buscando ser aún mejor.

Azotó de nuevo el viento, fractura difícil, más de un año de tiempo, inveterada… El sudor se fundió a ratos entre las gotas de sangre que tiznaban su frente, respiró rápido, su pulso era desbocado, pero su mirada…, su mirada templó la propia preocupación, enfrió la tensión, y bruñó de silencio el estruendo que sus miedos cargaban lentamente en el tiempo. En un tono protector, cálido, captó todas y cada una de sus debilidades, y tras iniciar el cierre quirúrgico, les liberó: “Anochece, quiero felicitaros a todos, el día ha sido muy duro, hoy ya no operaremos más”.

En una edad que atesoraba la experiencia de una vida, severamente enfermo de los pulmones, pero inmensamente vivo; la fuerza demoledora de un espíritu hecho a sí mismo, la mirada de quién sabe lo importante, quien ama en cada gesto, quien sostiene y guía. Tras retirarse los guantes, cruzó la mirada con cada uno de sus compañeros, y al terminar en su anestesiólogo, aún siendo la autoridad en el equipo, solicitó con un disciplinado gesto poder hablar con el paciente. Su almirante de los sueños asintió, devolviendo el timón, ¡y qué importante trabajar en equipo!, respetando la corrientes propias del barco. Él era la Vela de fortuna.

“Gael, hemos reparado tu pierna, podrás volver a montar, a correr,… a trabajar. Bianca estará impaciente por conocer la noticia. Tu felicidad, es la nuestra.”

Solo sus ojos pudieron hablar, vertiendo la felicidad ante sus miradas disimuladas, colmando una nueva esperanza. Derramaba el dolor sufrido, la desesperanza amarga, la agonía sostenida solo por los brazos de su amada. Tras un año, por fin, el “surazo” abandonaba sus vidas.

Nada hay casual, en la felicidad.

Iba buscando mi propia felicidad, esa que crees que es a tu manera. Iba deseando llegar, porque este sí que era un camino perfecto, para ser lo que tanto anhelaba. Respiraba con profundidad, llegando a creer que estaba colmando mi anhelo, llegando a creer incluso, que no era un fin en sí, sino mi mejor forma de amar. Miraba un cielo azul, trazado entre ilusiones y esperanzas, entre esfuerzos y renuncias, entre elecciones y carencias. Miraba un cielo que me llevaba al caminar, hacia otros derroteros. Y fue, solo al notar el barro y polvo entre mis sandalias, fue solo tras un tiempo, para tantos vasto, para tantos efímero, fue entonces. Y aprendí a ver sin mirar, bajando el orgullo, recogiendo mi rostro en mi torso, entonces descubrí entre mis pies embarrados, lo inesperado. La felicidad real, la que alejaba a mis espaldas, la que olvidaba al correr hacia mí, olvidándole, olvidándome. Lo inesperado me cubrió, hasta hacerme llorar. Lo inesperado de sentir la vida fluir. Rebosarte, y regalarse desde ti.

Llegó mi serendipia.

 

 

Dedicado al Doctor José Pedro Meÿer Pohlmann.

*http://www.doaong.net

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Autor: elmedicoinvisible

Médico especialista en Anestesiología y Reanimación. Doctor en medicina y cirugía. Diplomado Europeo en Anestesiología y Cuidados Intensivos. A fin de cuentas, médico por vocación. El resto viene por añadido.

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