Ra’ah

UNO                           Conversión

Deslizó nuevamente la mirada entre la bruma. Aún a pesar de la altura el horizonte se sobreponía a la atalaya donde residía. Mezclado entre la luz que se iba, y la que llegaba, atardecía palideciendo entre briznas titilantes que auguraban un cielo ajeno a su propia realidad.

Ra’ah volvió a cerrar los ojos, respiró profundamente y quiso arquear su espalda una vez más. La jornada había terminado. Había finalizado su escrutinio perpetuo. Hasta el nuevo amanecer no debería estar allí más. Era una sentinella.

En un mundo protegido del exterior. Devastado por eras terribles. El equilibrio era constante. La vida casi una resignación. La esperanza consistía en vivir, seguir, continuar, defendiendo cada segundo, de un quehacer constante. Sin pararse a pensar, ni a sentir.

Sin pararse. Ni sentir.

Pero hoy no. Estaba rota. Y viva. Había notado como se había resquebrajado, sutilmente, como el peso que racha el hielo tierno en la primavera. Lo sintió. Y dejó hacer. Creció y creció. Y siendo consciente de ello, hoy quebró su ser. Ahora sabía que tenía que caminar. Ya no podía esperar, no podía no ser.

Deslizó de su muñeca el conector. Varias veces tuvo que acallar mentalmente las instrucciones de aviso y peligro. Nadie se retiraba de la red. Era impensable no estar interconectado, vivir interconectado, sentirse en comunión con el resto. Lo contrario era la soledad del paria. Porque pensar sin la tutela de la red conllevaba la propia locura. Siempre había sido así. No dudo. Tuvo que soportar pacientemente los protocolos de seguridad, que incansables recordaban y le “protegían” de sí misma. Al cabo de un tiempo que le resultó desagradablemente largo pudo notar su brazo limpio. Casi se sintió más que desnuda.

La oscuridad había envuelto las nubes que rozaban la propia existencia, dejar de verlas, era no estar. Un viento del sur rugió súbito, inesperado y violento. Acompasaba su ruptura.

Lentamente descalzó sus pies. Y caminó hacia el trasbordador inferior. Su cuarto tenía acceso al nivel inferior, a la tierra firme. Una pequeña mochila al hombro, con víveres justos hasta la frontera distal, y ropa de abrigo sin los sistemas de energía. Su cuerpo debería aclimatarse solo. Recogió su pelo en una cascada única, y abrió sus ojos para ver. Inmensos, propios de una sentinella, azabaches memoria de su madre.

Tras un descenso tedioso, con la letanía de las advertencias de seguridad envolviendo su silencio exterior, incapaz de zozobrar en su decisión, llegó.

Un frío especial recorrió el primer paso hollado.

Y se paró.

Frío.

Miró y caminó. Miró, y caminó.

 

 

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