Sentinella

Entró calado hasta los huesos. Al cerrar la puerta del bar se volvió a preguntar mentalmente en qué pueblo había abandonado la ruta desde la autopista. El agua caía con tal fuerza, que por un momento sintió cierta ira en el aire. Estaba embotado, no podía pensar bien, esperaría a que escampara y retornaría su viaje. Hoy no quería hablar con nadie, huía en cierta forma, quería distanciarse de todo, deslastrar una semana aciaga.

Llevó su café hasta la mesa que lindaba con la puerta. No había nadie. El viejo camarero, encanecido y gastado, bregaba en su quehacer diario. Nada había que le interesara fuera de la cubierta de su barra y las islas solitarias, en décadas testigos de muses, dominós y tertulias, hoy yacían en calma; némesis del azote que parecía querer quebrar el ventanal del local.

En un instante, mientras caía el azúcar, la puerta se cerró. Un viento gélido acarició el cuello y le abrazó fugaz. En un instante, al mover el café, una sombra de espaldas le susurraba algo al viejo. Era un movimiento en la distancia, una certeza en el corazón. En un instante, aquella mujer se dirigió hacia él.

Y al levantar la vista, sentada a su lado, con un suave hilo de voz que desgarraba la calidez final llenándolo de  inquietud, le habló:

– Me puedo sentar.

– No -contestó él- prefiero estar solo, gracias.

– Siempre preferís estar solos.

Lentamente la miró. A pesar de sus palabras cortantes, no se levantó. Era una mujer morena, delgada, posiblemente cercana a los cuarenta. El pelo de un profundo negro azabache, muy liso, y muy largo. La cabeza levemente agachada, le ocultaba la mirada. Su boca perfilaba un rictus ambiguo. Era sin duda muy guapa. Sus manos, cruzadas debajo de la mesa, ocultas en su regazo. Inclinada, llevaba una capa que le recordó a sus tiempos en la universidad.

– No es cierto. Hoy sí quiero estar solo. Tengo mis motivos.

– Sin duda. Y sin duda buenos.

– Te lo puedo asegurar. No sabes lo que llevo encima.

– No, cuéntamelo.

-¡Nadie se acostumbra al final! Llega el día en el que sientes que podías haber dado más de ti, que podías haber hecho más. Y cuando tú no lo haces, no lo hace nadie. No sé porqué te cuento nada, prefiero estar solo. Por favor, déjame.

-Lo haré. Es una dificultad, querer ser más de lo que se es. Querer hacer más de lo que se puede. Os pasa con frecuencia.

-¿Nos pasa?

– A los médicos.

– No soy médico –mintió-.

– No, todavía no. Te falta comprender. Hay compañeros tuyos que tardan una vida, en llegar a la pregunta. Otros en contestarla. Muy pocos acaban comprendiendo.

– No lo entiendes –y exhalando el poco aire que contenía, se desbordó-. La vida es injusta, no mide el dolor. No lo dosifica, no lo distribuye. Da, tanto a algunos, tan poco a otros. Reparte esperanzas que luego trunca. Regala ilusiones que luego destroza. No me es nuevo, sé lo que es vivir. Pero en este caminar a veces nos toca cavar a los pies del camino, nos toca cercenar el viento, nos toca, cuando no es tiempo.

– Tiempo, de quién.

– De cada uno. Se merecía más. Algo no fue como debía.

– Sabes que no es verdad. Nada más puedes hacer, a veces.

– No, lo terrible es que no sé si es verdad. Y cuando te vences, porque claudicas, quieres confirmar que todo estaba hecho, que nada faltó, y que incluso otro, hubiera cedido antes. Ves venir el dolor, un silencio brutal te llena, caminas como vacio, notas el tsunami, y buscas una escapatoria. No la hay. Te atravesará sin piedad, dejándote de hinojos, asfixiándote por estar.

– El dolor nos conforma, si lo niegas, te romperás.

– No lo niego, simplemente lo rechazo. Nadie quiere el dolor.

– Y sin embargo, debes vivir con él.

– No me importa sufrir, ni sentir dolor. No soy débil.

– Pero te ahoga el dolor que provocas.

– Di mejor que no supe evitar.

– No podías.

Notó un raudal que bañaba su rostro.

Suave, sin lucha, sin ruptura. Cayó en oleaje, borrando la nitidez de su mirada. Sintió volver, a los pies de su cama, sitió revivir su marcha, notar cómo se apagaba la vida. Y como allí, de espaldas, su cabeza gacha, noto el peso –ausente ahora- de su fonendo, mientras lloraba.

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Serendipia

Nada hay casual, en la felicidad.

 

Viento del Sur. Trinidad. El Beni. Bolivia.

Gael abrió sus ojos lentamente. Un nuevo día despertaba. Hacía ya un rato, antes del alba, los gallos batían su particular batalla por anticipar el calor que habría de llegar. Pasada ya la estación húmeda, el clima tropical mantenía un bochorno constante. Feliz, acarició de nuevo la cintura de Bianca. Desdibujándose -otra vez- sus curvas latían al compás de la nueva vida que llegaba. Sería la tercera hija, creía que no llegaría el varón. La calma de la sencilla habitación le recordó que debía apresurarse. Su jornada comenzaba antes de que el sol acabara de salir, su patrón solo se lo había recordado una vez, si había una segunda, sería para no volver. Tardaría el tiempo de un ordeño en llegar, sin bolivianos en el bolsillo las mototaxis no paraban.

Bianca volvió a abrir sus ojos tras verle salir. No quería entretenerle, su amor les llevaría de nuevo a fundirse entre caricias y abrazos, entre besos y arrullos, haciéndole más difícil partir. Se dejó acariciar por él, y notó la vida que le había regalado abrazándola en su interior, caminando de pura felicidad, buceando de placer por vivir. Sería niño, lo sabía, y quería que fuera su mayor sorpresa. Solo una madre conoce el latir de un corazón en su corazón. Había mucho por hacer, se levantó y dispuesta, comenzó el día. Era feliz, inmensamente feliz. Y tenían tan poco… su miedo era que llegará el viento de la dificultad. Su corta vida le había enseñado, la felicidad era un equilibrio precario, y aún más siendo pobres. Pero ella ahora poseía ese don. Temía el viento del sur, el arrojo del mismo, frío y desapacible, el “surazo” que llegaría y enfriaría sus corazones. Tenía miedo, hoy sentía cerca el cambio. No quiso pensar más.

Hincó la espuela con fuerza, y notó la resistencia de la bestia, rebelde al sometimiento. Sudando, tensó aún más las riendas, notando cada fibra de su ser al límite, vibrando al punto de ruptura. Este castaño arisco, a medio domar, relinchaba fiero por su libertad perdida, muy poco tiempo atrás. Tenía que ser capaz, lucharía por doblegarlo, y obligarle a jalar del carretón de su patrón.

Estalló en pedazos. El suelo bebió con ansia el preciado líquido, y testigo mudo del desastre, la loza abierta en su propia agonía, parecía reír con irónico desaire. Algo había pasado. Algo terrible. Sus manos, conectadas por caricias vitales, perdieron la fuerza, y arrojaron en un silencioso tedio su quehacer. Y tras ello, ni el aire quiso ayudarla, aún sentándose, fue consciente de cada una de las veces que respiró, despacio al principio, subiendo, creciendo, corriendo al final. Una palabra rompió el silencio. A su lado, conectada por la propia vida, su hija mayor –no más de seis humedales-, la miraba absorta. Una sola palabra: Gael.

Había llegado de forma tan súbita que le había arrancado el calor de las entrañas. El “surazo” azotaba Trinidad por cada una de sus esquinas. La coincidencia no podía ser casual. Sabía que no. Pero poco importaba ya. Con fuerza apretaba su mano. Vivía, se lo repetía a cada segundo. Aunque no era suficiente, no para ellos. Aquel jamelgo aciago le había vencido la partida, y qué precio tan alto. Quebrada, brutalmente astillada, sin posibilidad de reparación, su pierna derecha yacía vendada sin más apoyo que una manta raída que levantaba su caída. Ya le reclamaban la dosis de morfina que le habían administrado. No habría más sin bolivianos. Aquella doctora había sido tajante, sin operación la pierna no sanaría, quedaría tullido de por vida. No lloró, no quería que la vieran, sus lágrimas bañaron sin parar su corazón, pero en su cara la sonrisa no desapareció ni un instante. La lección que aprenderían hoy sus hijas, recibida por su abuela tiempo atrás, sería un legado a un precio sin tasar. De la pobreza a la miseria existe una línea demasiado fina. Pero el coraje de quien amó, ama y amará, forja orgullos que tiñen de color la sombra injusta de la vida. Sin dinero, no podrían operarle, quedaría tullido, joven, incapaz, sin estudios. Una vida rota, por la injusticia de la pobreza. Ella lucharía. Lucharía hasta no poder más. Y su mirada –siempre alzada- llevaría la esperanza de no ser lo que no fueron, para sobrevivir. Vivir dignamente, hasta que no pudieran más. Cuidaría sola, de los cuatro. Y lloraría sola, hasta que pasara el “surazo”.

 

El ruido del trueno.

En ocasiones, tras sentir el latigazo en el cielo, esperaba con tensión la riada del cielo. Pero en esta ocasión el olor a tierra mojada le llenó desde dentro, aún mucho antes de llegar. Tembló anticipándolo, iría. Sin duda. Era un camino marcado. No había casualidades. Tras colgar el teléfono pensó cómo se lo diría a ella. No se acordó de que cuando la mirase, fluiría el raudal de vida que los unía. Todo estaría dicho. De una forma salvaje sentía un empuje brutal. Quería prepararlo todo, ahora, ya. Apenas hacía veinte minutos no conocía nada de esta nueva realidad. Ahora…ahora quería beberse cada sorbo de la misión. Algo había despertado en él. Y no veía nada más que un camino por recorrer, un sendero que llevaba ahí tiempo, tanto que casi lo había olvidado. Era como despertar de un sueño. Su vida, con realidades dormidas, que habitaban dentro, tan dentro, que cuando despertaron, le golpearon sin piedad, hasta que pudo volver en sí. Necesitaban un anestesiólogo, era la última pieza del equipo. El destino, un pequeño Hospital en la selva boliviana. El precio, todavía no sabía el precio que pagaría por ir, ni conocía la paga que recibiría. Puede, que si lo hubiese sabido, no habría recorrido el camino. Aguantas lo impredecible, el camino horadado cuesta doblemente. El viento no sopla dos veces de igual.

Hospital Germán Bush. Tras casi treinta horas de viaje, al fin llegaron. Eran la segunda parte del equipo, una avanzadilla había preparado días antes el terreno. Directamente dejaron sus cosas en Casa DOA*, se asearon entre el estupor de la nueva realidad, y partieron hacia los quirófanos. Lo traían todo. Casi media tonelada de equipaje reconvertido a material quirúrgico, fármacos, equipos quirúrgicos, dispositivos de anestesia, antibióticos, vendas… Su equipaje personal era la bolsa de mano, no podían desperdiciar el peso que sus billetes facturaban como maletas, no si les servía para abastecer el almacén de DOA.

Les esperaban. La palabra cansancio se renovó, impregnándoles de realidad. Poco a poco fue reescribiendo su nuevo lenguaje, mentalmente se repitió “no poder parar, no poder parar…” y descubrió el sentido de su cansancio. Acurrucado, en una esquina, repasó de nuevo la que sería su nave de trabajo. Miró nuevamente asombrado el quirófano del Dr. Hurtado Bruckner, anestesiólogo insigne en algún tiempo reciente, con su placa jalonando la entrada. Azulejos blancos, recordando espacios más culinarios, máquinas de aire acondicionado encastradas perfilando el exterior, guantes quirúrgicos tendidos al sol buscando alargar su vida una y otra vez, armarios nonagenarios, alforjas con tubos de anestesia propios de otra década, balas de oxígeno que le miran a los ojos… No podía pensar en criticar su pobreza, porque le dolía el alma de tanto que tiraban en su “civilizada” tierra, de tanto que no valoraban, de tanto que sobraba, porque a otros les faltaba. Y cerrando los ojos, tan solo un instante, buscó el aire que le huía, que le expiraba, que le evitaba. Al exhalar, quiso estar en otro lugar, quiso abrazar su corazón, acariciar su mirada, oler su sonrisa, pero latía a diez mil kilómetros de allí.

 

Lluvia gris. Tierra en lágrimas de vergüenza.

A veces, si pudieras llorar nada más recibir el golpe, la herida sanaría antes. Son certezas que llegan con el tiempo, son verdades que te marcan desde dentro. Y al salir, envejecen tus pensamientos de blanco, el color que todo lo puede, cargado de los otros siete.

Y de nuevo se obligó a mirarla. La profundidad de sus pupilas contaban los detalles de una historia cruel. Pero su sonrisa no acusaba. No despedía odio. Solo quería ayuda. Venía por subsistir. Deseaba seguir luchando, y éramos una oportunidad más.  Bajo su sonrisa triste, su torso parecía haber sido golpeado brutalmente, a diestro y siniestro. Una escoliosis atroz, un camino de vertebras que parecían querer ir cada uno por un derrotero distinto. Dos medias lunas, al norte y al sur, describían un cuerpo que luchaba por deshacer un nudo que le impedía casi respirar. Pronto –y solo tenía dieciocho años- quedaría imposibilitada, la torsión crecía a más. Analizaron el caso, pero sabían de antemano que era luchar contra un imposible. No tenían material, no tenían medios, no tenían tanto de lo que sin valorar disponían a diario, en otra tierra. Luchar con ese tifón de columna, sin los anclajes necesarios, sin los recursos para un viaje tan difícil, sin los cuidados de una Reanimación quirúrgica… Era condenarla a morir, o a vivir peor de cómo les llegó.

“No podemos.”

Ella lo entendió. ¡Lo entendió! Sabía que su palabra era sincera. Les miró a ambos a los ojos, los médicos europeos no podían, entonces, nadie podría. Al salir quiso llorar, pero suavemente su compañero traumatólogo le tomó del brazo, y casi suspirando le dijo: “Su patología no es congénita”. Su cara dibujó un interrogante demasiado forzado, no entendía qué importaba eso. Y mirándole fijamente, con dulzura, le hizo partícipe de su dolor. “De bebé su papá la golpeo brutalmente, son cicatrices del maltrato lo que la quebraron la espalda. De haber estado aquí hace quince años, la cura habría sido muy sencilla. Creció retraída por las heridas. Ahora, aquí, ya no podemos hacer nada”.

Doce centímetros de esperanza.

Una vez más, la sorpresa le abrazó sin buscarla. ¿Qué castigo divino llevaría a estos pequeños unos pies tan deformes? Y de nuevo, la sencillez de la respuesta le golpeó el alma. Eran unos pies girados, retorcidos, con la planta en sitios impensables, el talón olvidado, el empeine endurecido por los pasos construidos sobre lo imposible. Pero si dolía verles caminar, si dolía verles trompicar, si dolía verles jugar…nada era al verles sonreír. Porque su felicidad te taladraba tu miseria, y te hacía sentir nada. Nada en tus dificultades, nada en tus problemas, nada en tus batallas, nada en tu injusta infelicidad construida tantas veces a diario sobre necesidades vacuas. Y la respuesta a su tullidez, el pie bot. Una enfermedad genética que con un tratamiento ortopédico al nacer, se corrige. Si el niño crece sin tratar, una cirugía agresiva le puede devolver la posibilidad de caminar, tan solo. Y eso era lo que buscaban. Restituir la indignidad de quien padecía tan solo por ser pobre, tan solo por no tener acceso a una sanidad, que en los más pequeños, su carencia, nos denigraba aún más.

María y Sara. Fueron las primeras. Juntas no alcanzaban ocho años. Pero juntas, al verlas en la habitación, le devolvieron tanta vida, que aún hoy, reía sintiendo la felicidad de quien recibió más de lo que debía. Un camino que nunca agradecería tanto, como por ver sus miradas, juntas, sus pies con botas blancas enyesadas, felices, soñando con ser normales, soñando con jugar sin arrastrarse, soñando y disfrutando de la vida, que tanto les había dado. Y se lo decían ellas a él. Las cuidó como hijas suyas, entre aquellas paredes que generosamente llamaban quirófano, las durmió con mimo, entre sus brazos, acariciando sus caritas, apartando suavemente el azabache negro de sus ojos. Sin un ventilador que pudiera proteger sus pulmones, dedicó su tiempo a respirar por ellas. No importaba cuanto, solo importaba el cómo. Ayudado por un bloqueo caudal, se preparó para viajar con ellas, mirando a sus compañeros, asintiéndose, con muy poco, reconstruyeron en sus sueños, unos pies de tan solo doce centímetros.

La Vela de fortuna.

La fuerza del viento encauzado les llevaba a todos a barlovento, sin su fortaleza la nave no aguantaría. Era el Jefe de expedición, trabajaba, sufría, se extenuaba aún más. Señalaba el camino con el silencio de su ejemplo. Llegaba donde creían imposible, donde era impensable, y para él, sencillamente irreal. Nada más fuerte que las huellas vicarias. Le seguirían, todos, y cada cual buscando ser aún mejor.

Azotó de nuevo el viento, fractura difícil, más de un año de tiempo, inveterada… El sudor se fundió a ratos entre las gotas de sangre que tiznaban su frente, respiró rápido, su pulso era desbocado, pero su mirada…, su mirada templó la propia preocupación, enfrió la tensión, y bruñó de silencio el estruendo que sus miedos cargaban lentamente en el tiempo. En un tono protector, cálido, captó todas y cada una de sus debilidades, y tras iniciar el cierre quirúrgico, les liberó: “Anochece, quiero felicitaros a todos, el día ha sido muy duro, hoy ya no operaremos más”.

En una edad que atesoraba la experiencia de una vida, severamente enfermo de los pulmones, pero inmensamente vivo; la fuerza demoledora de un espíritu hecho a sí mismo, la mirada de quién sabe lo importante, quien ama en cada gesto, quien sostiene y guía. Tras retirarse los guantes, cruzó la mirada con cada uno de sus compañeros, y al terminar en su anestesiólogo, aún siendo la autoridad en el equipo, solicitó con un disciplinado gesto poder hablar con el paciente. Su almirante de los sueños asintió, devolviendo el timón, ¡y qué importante trabajar en equipo!, respetando la corrientes propias del barco. Él era la Vela de fortuna.

“Gael, hemos reparado tu pierna, podrás volver a montar, a correr,… a trabajar. Bianca estará impaciente por conocer la noticia. Tu felicidad, es la nuestra.”

Solo sus ojos pudieron hablar, vertiendo la felicidad ante sus miradas disimuladas, colmando una nueva esperanza. Derramaba el dolor sufrido, la desesperanza amarga, la agonía sostenida solo por los brazos de su amada. Tras un año, por fin, el “surazo” abandonaba sus vidas.

Nada hay casual, en la felicidad.

Iba buscando mi propia felicidad, esa que crees que es a tu manera. Iba deseando llegar, porque este sí que era un camino perfecto, para ser lo que tanto anhelaba. Respiraba con profundidad, llegando a creer que estaba colmando mi anhelo, llegando a creer incluso, que no era un fin en sí, sino mi mejor forma de amar. Miraba un cielo azul, trazado entre ilusiones y esperanzas, entre esfuerzos y renuncias, entre elecciones y carencias. Miraba un cielo que me llevaba al caminar, hacia otros derroteros. Y fue, solo al notar el barro y polvo entre mis sandalias, fue solo tras un tiempo, para tantos vasto, para tantos efímero, fue entonces. Y aprendí a ver sin mirar, bajando el orgullo, recogiendo mi rostro en mi torso, entonces descubrí entre mis pies embarrados, lo inesperado. La felicidad real, la que alejaba a mis espaldas, la que olvidaba al correr hacia mí, olvidándole, olvidándome. Lo inesperado me cubrió, hasta hacerme llorar. Lo inesperado de sentir la vida fluir. Rebosarte, y regalarse desde ti.

Llegó mi serendipia.

 

 

Dedicado al Doctor José Pedro Meÿer Pohlmann.

*http://www.doaong.net

Saudade

Quien cuando ama,

sabe que yace solo.

Y anhela poder respirar,

pero ahoga la pena de vivir.

Sentada en el suelo, junto a ese sillón gris, miraba perdida hacia una línea fugaz de luz, reflejo de la tarde calurosa que poco a poco retiraba su asfixiante abrazo estival. Pequeñas formas, minúsculas, como suaves  copos de nieve, se suspendían y vislumbraban arrojados a la vida por aquel resquicio de un atardecer caluroso, plomizo, de un día que parecía no querer arribar.

Levantó con una cadencia lenta, pero sutil, su cabeza. Y mirando con un deseo profundo, con una agonía en la mirada, volvió a implorar.

“¿Cómo está doctor? ¿Está mejor?”

Una esperanza fútil, un deseo descarnado, un dolor tan profundo, que merecía yacer al fin. En una órbita cerrada quise poder, quise saber, quise llegar. Y no pude. A borbotones, palabras hilvanadas sin el calor del cariño.

“No está. Vive, pero ya no está. Es una hemorragia cerebral masiva, se intentó, se luchó. Y ya, no queda más que la soledad de un horizonte incierto, con él, pero sin él”.

La vida tensa caminos que fluyen dentro, que brillan al calor de mil recuerdos. Apenas medio siglo son tan pocos otoños, para un padre, para ser y partir.

“Ya, doctor…pero yo le hablo, le cuento cosas, le río, le toco, le siento… ¿cree que puede escucharme? ¿Puede?”

Y ahogado en mi debilidad, en mi falsa compasión,  en mi pequeñez, ya no puedo repetirle más una realidad que es, y no puede no ser.

“No lo sé, puede, claro, pero…”

Saudade, tuya.

5

Corres.

Sigues corriendo.

Hacia ningún lugar.

Miles de esperanzas vuelan lejos, ilusiones vestidas con colores que ni siquiera podías pensar, ni dibujar, ni palpitar.

Una estampida de mariposas, cientos, tantas que no puedes ni respirar. Un oleaje de suave color suspendido en el aire, y te fijas en una muy delicada que todavía bate sus alas, agonizando, sin poder sostener la fuerza de tu esperanza.

Quieto.

Dolorosamente quieto.

Como Edith de Lot al girarse, y descubrir que ya no, ¡que ya no!, así hierático sudando lágrimas. Semanas de alegrías,  de futuros construidos, de un amor latido al calor de la vida. Y nadie puede sentir mayor dolor, mayor ausencia. Dos que al ser uno caminaron al ritmo de tres. Y ahora, al tiempo de regalar tantas y tantas caricias templadas al arrullo de la esperanza, la vida se fue, antes de llegar.

“No late, ya no está con nosotros. De verdad que lo siento”.

Pero no, nadie puede ni imaginar lo que ha de sentir, una hiel tal, que seca toda esperanza hasta que pueda volver a renacer por amor.

Saudade, vuestra.

3

Hay oleajes que acarician playas por tiempo olvidadas.

Llegan y van, arrastran vida y vuelven, para regresar en un compás eterno.

La vida, a veces, te desgasta sin quebrarte, te vuelca sin romperte, te vierte sin agotarte.

Puedes amar hasta sufrir, y sufrir hasta amar. Descubres solo si lo has vivido, nostalgias tan profundas, tan hondas, que te rehacen por dentro, te modelan, templan fundiendo tu ser, y lo hacen desde dentro. Desgastan tu entereza, y te viertes de dolor. Cuando pasa, resquebrajado alzas la mirada para respirar un cielo estrellado.

Vivir lo que pudiste perder, como perdido. Y que como un alumno perezoso, la vida entienda que no comprendiste, y repita, y repita la cadencia…Cuando regresas, y vuelves entero, una profunda nostalgia no te deja ya. Te impregna, por lo que pudo ser, y no fue, pero te partió de sufrimiento puro.

4

Mi más honda nostalgia.

María, saudade mía.

Saudade, mía.

Doscientos julios

Abrió sus ojos, y respiró por primera vez.

Tumbado, un sol tibio se trenzaba entre una bruma densa. La calma le oprimía el pecho, notaba un peso profundo, que no podía ver. Todo parecía fluctuar. Sintió la arena fina entre los dedos de sus manos, y durante un instante se permitió palpar el roce del tiempo, buceando con sus manos, la arena estaba templada, y se notó vivo. Era una playa inmensa, sin límites, vasta en la profundidad del horizonte, dunas y dunas blancas, un sinfín cerrado únicamente por el verde intenso del mar. De azul tan vivo, tan real…, virado, imposible, infinito.

Sentado, respiró de nuevo la necesidad. Imperiosa le palpitó dentro, y sin poder evitarlo, exhaló con fuerza, para después perder de nuevo su vista al horizonte, ahora y de nuevo, gris. Muy lentamente cerró sus párpados, un torbellino de colores le hizo marearse, y al sentir de nuevo la vida entre sus manos, el agrio sabor al miedo le empapó su boca.

Un paso, y otro. Muy despacio, amuró hacia el oleaje. Descubrió un éxtasis dulce en cada paso que daba. Hundía sus pies en una arena tan blanca como el lienzo de sus iris, en un tiempo lento, que en una brutal atmósfera cargada de pesadez, densa como la miel, le empujaba hacia aquel horizonte esmeralda, amatista, inmenso.

El siguiente paso murió con su cuerpo hundido entre la arena, en un ovillo desmadejado, creía que varios metros más allá. Y fue también cuando descubrió el silencio tenso que lo cubría todo, que lo impregnaba todo como brea. Queriendo quitarse el ruido pegado de quien no escucha nada, lleno sus cabellos con aquella arena fina, casi como polvo de diamante. Rasgando el viento un rugido inmenso había explotado dentro de sí mismo, creía. Un trueno seco, breve, pero descomunal. No había visto el relámpago, tenía que llover muy pronto. En un paso más el agua acarició sus pies, se ganó a barlovento y caminó sin miedo, sentía anhelo por llegar, y miedo al caminar.

Abrió sus manos para trenzarlas con la cadencia del agua. Y notó como la música le empapaba de melancolía,  yendo y volviendo, una cadencia que conocía, tan bien, tan propia…y sin darse cuenta del momento, noto que subía y bajaba como su pecho al respirar. Subía y bajaba, llegaba y volvía, era la vida. Y ahora la notaba mojando su cuerpo, acariciando sus manos, enamorando sus pasos, su mirada latía fija en el horizonte, purpura y gris. Un nuevo trueno alejó el silencio, pero ahora ya nada podía detener sus pasos. Lejano, irreal y vacío,  no llegaría la lluvia, la esperanza no le llegó. El agua pintaba su pecho al compás tenue de un mismo sentir.

Cerró sus ojos, se dejó llevar de nuevo por una tormenta de colores, mantuvo aun la mirada callada, y sintió el calor subir por su cuerpo, por su espalda, llegar a cada uno de sus cabellos, arribar en cada dedo de sus manos, pintando de claridad con pequeñas explosiones de luz, hasta que sin ver, la tormenta amainó para calmar en un alba plena.

Abrió los ojos, ahora lo sabía. Sin volver la vista atrás,  sin pensar,  sintió una necesidad inmensa de vivir, y no pudo más.  Como antaño se sumergió.

El mar cesó.

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-¡Parada! Corre, déjalo todo y llama.

En su cara vio pasar una cuadriga de dudas, guiadas por su miedo, pero también noto un leve rictus de ansiedad, de excitación. Era su primera vez. Sus pupilas se afilaron, el estrés del animal que fuimos inundó su mirada.

– En la seiscientos siete, trauma, en tu carrera avisa al busca dos.

Dos. Sobrevolaba aún cuando corrió escaleras arriba. No le esperó.  Real, muy real. Sintiendo el tiempo cubrirle lentamente, se levantó sin notar aun cuan fuerte era la mano que retorcía su estomago. Se dobló y el leve mareo dio paso a la angustia. No llegaría,  una eternidad se había jactado delante de sus miedos. Y sin embargo,  apenas unos segundos distaban entre sus dedos cuando marcó, busca dos.

-¡Dejad pasar a mi residente! Masaje, túrnale y da masaje. Cien al minuto, cuando te agotes avisa… ¡antes!

Con la boca totalmente seca llego a la altura del pecho, una enfermera experimentada sudaba ya presa del cansancio. “¡Cambio!” Imploró. No podría, pensó, lo estaba haciendo perfecto, sudó más…  y creyó que podía caerse al suelo,  justo en ese momento “¡¡Cambio!!” No tuvo opción,  había liberado el pecho, subía de nuevo lentamente tras la última compresión, entrelazó sus manos, y dejó de oír, un silencio frío corto la habitación y con sus brazos rectos inicio el acoplamiento.

– Ritmo. ¡Espera! Mira si hay ritmo.

Siguió el flujo de miradas, desembocando como un río vivo en la pantalla del desfibrilador. Un garabato amplio subía y bajaba con una cadencia frenética, y antes de oír la instrucción pertinente sintió el silbido de carga extendiéndose por su espalda y tensar sus nudillos al finalizar. Se aparto, alzando sus manos y en la lejanía de su mente atronó una voz seca  “¡Todos fuera!”

Doscientos julios retumbaron en la cama al repicar el pecho tras la sacudida.

Era una llamada,

implorando,

suplicando…

¡Vive!

Lágrimas, cenizas y sangre.

Once…

Levantó la mirada, sintió un pitido extremo que barrio de forma atroz el tumulto existente, y vio el horror. Giró lentamente sobre sus pies, notando la tensión cerrada sobre sus nudillos, blancos de ira. Cerró el círculo y quiso llorar. Era un campo de batalla, era un hospital de campaña, era sudar sangre y temblar, perder el aire, sentir la angustia como un vino dulce que le embriagaba hasta romper la vida. Vomitados sin piedad por una procesión sin fin de ambulancias, decenas de heridos llegaban a borbotones. Anegaban pasillos, estancias, salas… chocaban entre sí, suplicando ayuda, terror en sus miradas, dolor, sangre y caos. El caos de lo absurdo. Y en el extremo más absoluto, una melodía interior les cosió a todos, dándoles sentido, coraje y fuerza. Un concierto de pasos ordenados en el tumulto, un profundo dolor que les embriagaba a todos, llenándoles de coraje, para hacer lo que no podía esperar. Se morían, y ellos no sabían porqué.

 …de marzo…

Como al bucear en el agua. Cada mañana encontraba gratificante el aire frío de Madrid. Amaneciendo, todavía hacía frío. Un paso, otro y sin pensar a dónde, se dirigió al pulso vital de la ciudad. Solo tres meses para terminar su residencia, casi nada, para volver a casa. El metro estaba vivo. No le cabía duda. Se dejo caer y un nuevo cambio de temperatura le llenó de humanidad. No pensaba, conocía cada paso, los giros, las escaleras… Siguió sumergiéndose en la profundidad de la tierra, en pos de su lanzadera. Línea 6, Diego de león, circular. Cruzada en Pacífico con la línea azul. Hoy sí era un detalle importante. La línea azul rugía camino de Atocha. Eran las 7:30 am. Solo 7 minutos después era detonada la primera bomba, solo 7 minutos después un león de muerte zarpaba por tres veces el corazón de Atocha. Y en el Pozo del Tío Raimundo. Y en la estación de Santa Eulalia. Y en la calle Téllez.

Hospital Universitario 12 de Octubre. Quirófanos de cirugía cardiaca. Casi todo preparado. Hay confusión. Se han oído explosiones. Es Madrid. Alguien llega con una radio, pálido, corre hacia una ventana. Señala, grita, está aterido de terror. Sin ninguna dificultad se vislumbra una columna de humo. Atocha. Ha habido un atentado. No, varios. En el metro. Es una masacre. El golpe ha sido con una espada de un solo filo. Para golpear con doble filo, habrían esperado solo media hora más. Si todos los servicios quirúrgicos hubiesen empezado, no habrían dispuesto de hospitales enteros preparados para absorber la marea de heridos. Sin pensarlo, bajo corriendo. Sabía donde tenía que estar, su quirófano era la urgencia, no podía imaginar lo que vería, haría todo y más. Muchos en igual iniciativa, volaron hacia la necesidad.

 …de dos mil cuatro.

Entre varios heridos, una mujer se amontona en una camilla. Nadie la atiende, todavía. Nadie está parado. Se acercó y valoró la gravedad. Posiblemente solo una fractura abierta de fémur. Necesitaba una vía. Tras comprobar que el tórax estaba indemne levantó la cabeza, una enfermera canalizaba una vía de gran calibre, era esa música, se anticipaban las necesidades. Ambos se llevaron al paciente, médico y enfermera, buscaron hacer todo lo que estuviese en su mano. En radiología varios mini equipos improvisados, con un paciente a su cargo, valoraban la prisa de cada cual. El orden de llegada no importaba, la prioridad estaba en la gravedad. De la mano, cogida, sin soltarle, solo preguntaba “¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?” Entre lágrimas de ansiedad, apenas sentía su pierna quebrada. Iría a quirófano, iría pronto.

Madrid. Homs. Bruselas.

El tiempo teje nuestras vidas, es una certeza difícil de palpar, dura de atrapar. Respiramos hacia nuestro último latido, y en ese vaivén pulsante, todo se llena o vacía, según te das. Ni más ni menos. Comprender nuestra esencia en el tiempo, dentro de él, es casi imposible. Pero a veces, hay momentos… ¡hay lugares unidos! Hay segundos en los que tocas con tus dedos un hilo suave que une experiencias, vividas con intensidad. Experiencias que te marcaron, hiriendo tu rostro, zahiriendo tu pecho, hundieron tu mirada al suelo. La maraña de tu pelo entre lágrimas de tensión, al calor de la herida profunda, esa que toca, que llega, que mira… ¡ahí donde solo estás tú!, y muy pocos más.

Han pasado doce años, y ahora sé lo que vi. Y ahora sufro por nuestro alzhéimer colectivo, nuestra sociedad enferma olvida, ciega no ve, no abraza, no quiere, no ama. Europa muere, podrida en su miseria humana, la peor, la que emponzoña nuestro respirar, aquella que no ve en el otro a uno mismo, como hermano. Tras doce años lloró por recordar, me asomé y vi una ciudad. No era Madrid. Humo, muerte, y dolor. Al volver la vista atrás, sin querer mirar, ya nadie queda, no hay vida que cuidar, no hay horror que evitar. Unidos por un trenzado de meses y meses, abrí una ventana en Homs.

Notas lentas de un piano, golpes suaves, repiten al compas de la vida el pulso de mi vieja herida. Pasó para volver a pasar. Un metro, un sabor a sangre fresca, azufre en la mirada, terror en cada respiración. No hay golpe que segando vidas humanas no haga palidecer, en cada hija que deja, en cada madre que llora, en cada amigo que se muere por vivir algo más… Ninguno es diferente, si arranca vida y siega a destiempo. Pero el coraje necesita de gestos. El orgullo, de ánimos que no quiebren. Y para levantarse y seguir, se necesita coraje y orgullo. Ninguno queda de ambos ya, en nuestro corazón roto, golpeado. El corazón de Europa, en su debilidad, ahora también herido a fuego y sangre. Bruselas llora, Europa gime, caídos sin moral, en la abyecta justificación para endurecer aún más el centro de la compasión. Sin calor no hay vida, si condenamos a quien huye de esta “no vida” a volver… volver al metro de Madrid, al metro de Bruselas. Morirán, y será su sangre, la misma, la de mi hermano.

La herida de Madrid dejaba ver Homs. Fue una historia unida. En el corazón del primer mundo, fue un tiempo de guerra, una realidad paralela. Sentimos lo que les empuja a huir. Fue un golpe durísimo. Hemos olvidado lo que significa perder la vida, lo que significa perder tu vida. 2011 Homs. Inicio de una guerra. La vida se para, tiembla y los cimientos de tu seguridad se resquebrajan. No hay tregua. Un bombardeo continuo demuele con una crudeza inhumana las vidas, trabajos, familias. Los que sobreviven huyen. Camino de Europa. No hay vista atrás, la esperanza solo se vislumbra al caminar. Mafias. Lo peor del monstruo, no es la guerra en sí, es la justificación para dejar de ser humanos y convertirse en bestias. Las mujeres pagan doble precio. Los niños simplemente desaparecen. Es un camino de explotación. El instinto de supervivencia les hace apretar los dientes, apretar el corazón. La muerte abraza sus esperanzas.

La guerra sigue, Europa paga, no quiere más.

In memoriam

Línea de vida

Nuvole Bianche
Un pulso firme recorrió sin titubear la piel de extremo a extremo. La rapidez hizo el resto, una línea blanca se abrió paso en profundidad. Un silencio atronador golpeaba las sienes de todos los presentes. El tiempo, conocedor de su presencia asfixiante, caló hondo en el latido propio de cada uno. Quien les observara, sin participar, tocaría la densidad de un devenir lento, casi como imágenes desplomándose una sobre otra, casi como oír caer un suspiro, y al llegar como lágrimas al suelo, rugiendo en una vorágine de miedos y desesperación. Un estruendo de inmensidad barrió todo el quirófano de golpe. La sangre fluyó con fuerza, mil ordenes surgieron a la vez y un replicar doble de la vida que se contenía, de la vida que se escapaba,  inundó su cabeza.

Cesárea emergente.

Corrió. Bastaban dos palabras, para no decir más. El fonendo, los zapatos y una carrera. Haría un buen tiempo, lo haría por dos. Dos vidas ligadas, a un destino, no a una fatalidad. Corrió. Sin elección, sin elegir. Madre e hijo. Ligados y unidos, su vida en una frágil línea de posibilidad, en una frágil realidad de tiempo. Corrió.

Abruptio Placentae.

Ella estaba ya casi inconsciente. Su corazón desmedido galopaba, trotaba, volaba, ciego hacia un abismo. Quería llenarse a manos abiertas, y cuanto más corría más sentía que su vida se le escapaba, se vaciaba. Él buscó pericia, buscó certeza, buscó -también- un poquito de suerte. Cogió su mano, con la fuerza precisa para sujetar su vida, y tendió el primer cable, tendió un camino para llenar lo que se vaciaba, para frenar lo innombrable. Llenó y lleno, pero la vida seguía huyendo. Segundos más tarde, ¡solo unos segundos!, pedía con voz calmada iniciar la inducción. Repitió dos veces la secuencia, abrió el laringo y miró de nuevo aquellos ojos ya perdidos, una tez blanca, muy blanca.

Como un latigazo volvió a escuchar la angustia de quién no puede esperar más. Una mirada que mezclaba rabia y súplica, con un estilete en la mano, no ayudaba. Verter el miedo propio no lo disminuía, y era una piscina peligrosa en la que todos podían resbalar.

Buscó la luz en el camino, la puerta de entrada para dar aliento. Aquí, ahora, no tendría otra oportunidad. Si fallaba, la perdería. Conocedor del abismo al que se asomaba, sintió la mano de su compañero en el hombro, un leve contacto, solo para trasmitir seguridad. Y lo hizo, ya lo creo que lo hizo. Segundos interminables, pequeños giros, movimientos delicados, buscando en la experiencia la destreza suficiente para salvar la dificultad. Y de nuevo aquel italiano bajito, con bigote, le salvó de la catástrofe. Don Giulio Frova y su dispositivo azul. Inventos que salvaban vidas. Héroes anónimos. Levantó la mirada, sintió la necesidad del obstetra como una imperiosa voluntad de hacer. Y asintió.

 […]

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Tras las huellas mojadas disfrutó de nuevo viéndola correr. Entro saltando entre las suaves olas, y justo cuando el agua mojaba sus brazos, la vio girar la cabeza, sonreírle con un guiño de complicidad, y dejar un dulce beso en el aire. Estaban tan unidas… Apenas habían pasado siete años, para ambas una vida, una vida nueva. Hoy le había preguntado por la cicatriz de su vientre. Con su dedito había pintado una línea lentamente, a la par que le preguntaba, como tantas otras cosas, “mamá, cuéntame otra vez porqué tienes esta rayita debajo del ombligo, yo no la tengo.” Recordó la respuesta, que le había brotado del corazón, y que pensó que no entendería. Se equivocó, pues al decírsela le había respondido, “gracias mamá, yo también te quiero”.

Unidas al nacer, era su línea de vida.

 

Rutinas

Rubeus

Por fin amanece, un día frío desdibuja sombras en escalera y atravesando la cansada ventana tira líneas rojizas. En un compás de pasos ajenos se borran hasta llenar de claridad la habitación. Tras una larga espera el día ha llegado. Hoy parece que esquiva el dolor, no quiere aparecer, es raro, no falta a su cita desde hace años. Buena noticia, tiene miedo, le ha llegado su hora. El taller de la vida ajustará una pierna cansada, dolorida, trabajada, pronto una nueva articulación, a estrenar, como cuando tenía veinte años. Sin desayunar, ni puede ni querría, se le perlan de ansiedad las manos. Siempre dicen que hay una primera vez, aún así, tampoco ayuda. Ocho y diez.

Aureus

Suave pero insidiosamente molesto, anula el tono de su smartphone, y una vorágine de tareas llena su cabeza, la desborda e inunda la habitación. Sin dar un minuto de tregua se gira listo para salir corriendo, cuando se levanta así sabe que ha descansado. Y sabe también que un reino sería muy poca cosa por media hora más, a su lado. Noche grata, los tres duermen aún, y durmieron. Un café, caliente, dulce y grande. Hielo, serán varios minutos más, arranca y cruza un día todavía por nacer, caras grises, cuesta sonreír, hace frío. Casi sin darse cuenta ya está llegando, aparca donde siempre, con una mueca recuerda el hueco improvisado, puede luego no encontrar el coche. La sesión del servicio, un baño de realidad. Ocho y veinte.

Flavus

La puerta se barre como hojarasca en un vendaval. Conoce su nuevo nombre, ligado a la diatriba de la asignación de competencias, tan viejo problema como viejo es el mundo. La prótesis de la seiscientos cinco, un breve contacto para cotejar que es quien es, y todo se mueve. Camino a lo desconocido, ni el techo parece el mismo. Puertas y puertas, y un límite de lo visitable. Tras sentir como propia la cadencia y chasquido del pulsador, un motor tedioso abre las puertas del prequirófano. Parece demasiado normal, gestos y luces de cotidianidad, saludos y alguna broma que no alcanza ni a comprender. Tiende su brazo, ceñido por una banda azul que plétora la vida que le recorre por su brazo. No mira, no puede. Ocho y cuarenta.

Viridis

Una línea imaginaria, pasó levemente sus pulgares desde el centro de la espalda, hacia donde descansaban sus dedos a la altura de las caderas. Con sus manos limpias, su alianza en la mesa junto a su fonendo, noto una vez más la desviación de la columna, muy frecuente. La respuesta fue más tensión, le costaba relajarse. Con delicadeza atravesó los tejidos, veía con el tacto, a veces podía intuir donde se encontraba otro compañero solo con verle desplazar la aguja. El paso final era como caerse en un precipicio, en un mar de agua de roca, múltiples lianas se movían con libertad, dentro de ellas un flujo infinito de corriente trasmitía toda la información. En breve una sección invisible lo apagaría todo, la farmacología obraría su milagro y cortaría la medula, durante un tiempo solo, un corte virtual. Nueve y veinte.

Caeruleus

Le cuesta fijar la mirada. Es agradable. No sabe si podrá ayudar, le llevan y se deja llevar. Sentado, al aire su espalda nota el tacto de unas manos. Le vuelven a tumbar, un hormigueo recorre sus piernas, quiere moverlas, no puede. Sus ojos se le cierran, quiere intuir que alguien pregunta si puede empezar. Ya no recuerda, ni recordará. Nueve y treinta.

Indicus

Un vuelo tranquilo, pensó. Bien. Hoy tenía que trabajar con su peque –la mayor- el control de mates. Quitó el manguito de presión arterial. Puede que le diera tiempo a comprar algunas cosas, echar gasolina, de camino, sin falta. Quitó el último electrodo y vio la línea plana, las alarmas se quejaron de nuevo. Tenía que ver con quien cambiar esa guardia, necesitaba ese fin de semana, pero no sabía donde mover ese viernes; deberían prohibir las guardias esos días. Claro. El pulsioxímetro le recordaba siempre al simpático E.T., lo dejo colgado del monitor y dio el visto bueno para pasar al paciente. Miraba todavía confuso, no creía que le hubiéramos operado ya. Diez y cuarenta.

Violaceus

Enfocó con un poco de dificultad, estaba en la cama de nuevo. Nada, de cintura hacia el sur, no existía nada. Miró hacia la ventana, empezaba a llover, un sol esquivo se hacía el perezoso. Estaba profundamente tranquilo, una preocupación extrema se desprendió de sus brazos, tan ligero, creyó que ahora, si lo decía, podría incluso volar. El miedo fluyó fuera y notó que se enrasaban sus ojos.

“Ha ido todo muy bien, le vamos a pasar a planta.”

Entrelazó cada una de las palabras, las hilvanó con cuidado y se las repitió mentalmente, una y otra vez. Sin pensarlo levanto su mano, y buscó asir con firmeza la mano amiga. Descubrió que le respondía, con la misma presión, y lentamente le miró a los ojos. Con tal trasparencia, que notó el leve temblor de quien se siente desprevenido:

“Gracias, doctor, de corazón.”

Con un leve cabeceo asintió, por sorpresa, sin capacidad de reacción, no le pudo contestar. Lo había captado todo. Todo. Una mirada y una mano, le habían trasportado al fondo de la persona, de su corazón. Se protegió, mirando al horizonte. Entre la lluvia gris un sol radiante. Y al fondo con su doble sonrisa, el arcoíris.

Imagine