Saudade

Quien cuando ama,

sabe que yace solo.

Y anhela poder respirar,

pero ahoga la pena de vivir.

Sentada en el suelo, junto a ese sillón gris, miraba perdida hacia una línea fugaz de luz, reflejo de la tarde calurosa que poco a poco retiraba su asfixiante abrazo estival. Pequeñas formas, minúsculas, como suaves  copos de nieve, se suspendían y vislumbraban arrojados a la vida por aquel resquicio de un atardecer caluroso, plomizo, de un día que parecía no querer arribar.

Levantó con una cadencia lenta, pero sutil, su cabeza. Y mirando con un deseo profundo, con una agonía en la mirada, volvió a implorar.

“¿Cómo está doctor? ¿Está mejor?”

Una esperanza fútil, un deseo descarnado, un dolor tan profundo, que merecía yacer al fin. En una órbita cerrada quise poder, quise saber, quise llegar. Y no pude. A borbotones, palabras hilvanadas sin el calor del cariño.

“No está. Vive, pero ya no está. Es una hemorragia cerebral masiva, se intentó, se luchó. Y ya, no queda más que la soledad de un horizonte incierto, con él, pero sin él”.

La vida tensa caminos que fluyen dentro, que brillan al calor de mil recuerdos. Apenas medio siglo son tan pocos otoños, para un padre, para ser y partir.

“Ya, doctor…pero yo le hablo, le cuento cosas, le río, le toco, le siento… ¿cree que puede escucharme? ¿Puede?”

Y ahogado en mi debilidad, en mi falsa compasión,  en mi pequeñez, ya no puedo repetirle más una realidad que es, y no puede no ser.

“No lo sé, puede, claro, pero…”

Saudade, tuya.

5

Corres.

Sigues corriendo.

Hacia ningún lugar.

Miles de esperanzas vuelan lejos, ilusiones vestidas con colores que ni siquiera podías pensar, ni dibujar, ni palpitar.

Una estampida de mariposas, cientos, tantas que no puedes ni respirar. Un oleaje de suave color suspendido en el aire, y te fijas en una muy delicada que todavía bate sus alas, agonizando, sin poder sostener la fuerza de tu esperanza.

Quieto.

Dolorosamente quieto.

Como Edith de Lot al girarse, y descubrir que ya no, ¡que ya no!, así hierático sudando lágrimas. Semanas de alegrías,  de futuros construidos, de un amor latido al calor de la vida. Y nadie puede sentir mayor dolor, mayor ausencia. Dos que al ser uno caminaron al ritmo de tres. Y ahora, al tiempo de regalar tantas y tantas caricias templadas al arrullo de la esperanza, la vida se fue, antes de llegar.

“No late, ya no está con nosotros. De verdad que lo siento”.

Pero no, nadie puede ni imaginar lo que ha de sentir, una hiel tal, que seca toda esperanza hasta que pueda volver a renacer por amor.

Saudade, vuestra.

3

Hay oleajes que acarician playas por tiempo olvidadas.

Llegan y van, arrastran vida y vuelven, para regresar en un compás eterno.

La vida, a veces, te desgasta sin quebrarte, te vuelca sin romperte, te vierte sin agotarte.

Puedes amar hasta sufrir, y sufrir hasta amar. Descubres solo si lo has vivido, nostalgias tan profundas, tan hondas, que te rehacen por dentro, te modelan, templan fundiendo tu ser, y lo hacen desde dentro. Desgastan tu entereza, y te viertes de dolor. Cuando pasa, resquebrajado alzas la mirada para respirar un cielo estrellado.

Vivir lo que pudiste perder, como perdido. Y que como un alumno perezoso, la vida entienda que no comprendiste, y repita, y repita la cadencia…Cuando regresas, y vuelves entero, una profunda nostalgia no te deja ya. Te impregna, por lo que pudo ser, y no fue, pero te partió de sufrimiento puro.

4

Mi más honda nostalgia.

María, saudade mía.

Saudade, mía.

Doscientos julios

Abrió sus ojos, y respiró por primera vez.

Tumbado, un sol tibio se trenzaba entre una bruma densa. La calma le oprimía el pecho, notaba un peso profundo, que no podía ver. Todo parecía fluctuar. Sintió la arena fina entre los dedos de sus manos, y durante un instante se permitió palpar el roce del tiempo, buceando con sus manos, la arena estaba templada, y se notó vivo. Era una playa inmensa, sin límites, vasta en la profundidad del horizonte, dunas y dunas blancas, un sinfín cerrado únicamente por el verde intenso del mar. De azul tan vivo, tan real…, virado, imposible, infinito.

Sentado, respiró de nuevo la necesidad. Imperiosa le palpitó dentro, y sin poder evitarlo, exhaló con fuerza, para después perder de nuevo su vista al horizonte, ahora y de nuevo, gris. Muy lentamente cerró sus párpados, un torbellino de colores le hizo marearse, y al sentir de nuevo la vida entre sus manos, el agrio sabor al miedo le empapó su boca.

Un paso, y otro. Muy despacio, amuró hacia el oleaje. Descubrió un éxtasis dulce en cada paso que daba. Hundía sus pies en una arena tan blanca como el lienzo de sus iris, en un tiempo lento, que en una brutal atmósfera cargada de pesadez, densa como la miel, le empujaba hacia aquel horizonte esmeralda, amatista, inmenso.

El siguiente paso murió con su cuerpo hundido entre la arena, en un ovillo desmadejado, creía que varios metros más allá. Y fue también cuando descubrió el silencio tenso que lo cubría todo, que lo impregnaba todo como brea. Queriendo quitarse el ruido pegado de quien no escucha nada, lleno sus cabellos con aquella arena fina, casi como polvo de diamante. Rasgando el viento un rugido inmenso había explotado dentro de sí mismo, creía. Un trueno seco, breve, pero descomunal. No había visto el relámpago, tenía que llover muy pronto. En un paso más el agua acarició sus pies, se ganó a barlovento y caminó sin miedo, sentía anhelo por llegar, y miedo al caminar.

Abrió sus manos para trenzarlas con la cadencia del agua. Y notó como la música le empapaba de melancolía,  yendo y volviendo, una cadencia que conocía, tan bien, tan propia…y sin darse cuenta del momento, noto que subía y bajaba como su pecho al respirar. Subía y bajaba, llegaba y volvía, era la vida. Y ahora la notaba mojando su cuerpo, acariciando sus manos, enamorando sus pasos, su mirada latía fija en el horizonte, purpura y gris. Un nuevo trueno alejó el silencio, pero ahora ya nada podía detener sus pasos. Lejano, irreal y vacío,  no llegaría la lluvia, la esperanza no le llegó. El agua pintaba su pecho al compás tenue de un mismo sentir.

Cerró sus ojos, se dejó llevar de nuevo por una tormenta de colores, mantuvo aun la mirada callada, y sintió el calor subir por su cuerpo, por su espalda, llegar a cada uno de sus cabellos, arribar en cada dedo de sus manos, pintando de claridad con pequeñas explosiones de luz, hasta que sin ver, la tormenta amainó para calmar en un alba plena.

Abrió los ojos, ahora lo sabía. Sin volver la vista atrás,  sin pensar,  sintió una necesidad inmensa de vivir, y no pudo más.  Como antaño se sumergió.

El mar cesó.

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-¡Parada! Corre, déjalo todo y llama.

En su cara vio pasar una cuadriga de dudas, guiadas por su miedo, pero también noto un leve rictus de ansiedad, de excitación. Era su primera vez. Sus pupilas se afilaron, el estrés del animal que fuimos inundó su mirada.

– En la seiscientos siete, trauma, en tu carrera avisa al busca dos.

Dos. Sobrevolaba aún cuando corrió escaleras arriba. No le esperó.  Real, muy real. Sintiendo el tiempo cubrirle lentamente, se levantó sin notar aun cuan fuerte era la mano que retorcía su estomago. Se dobló y el leve mareo dio paso a la angustia. No llegaría,  una eternidad se había jactado delante de sus miedos. Y sin embargo,  apenas unos segundos distaban entre sus dedos cuando marcó, busca dos.

-¡Dejad pasar a mi residente! Masaje, túrnale y da masaje. Cien al minuto, cuando te agotes avisa… ¡antes!

Con la boca totalmente seca llego a la altura del pecho, una enfermera experimentada sudaba ya presa del cansancio. “¡Cambio!” Imploró. No podría, pensó, lo estaba haciendo perfecto, sudó más…  y creyó que podía caerse al suelo,  justo en ese momento “¡¡Cambio!!” No tuvo opción,  había liberado el pecho, subía de nuevo lentamente tras la última compresión, entrelazó sus manos, y dejó de oír, un silencio frío corto la habitación y con sus brazos rectos inicio el acoplamiento.

– Ritmo. ¡Espera! Mira si hay ritmo.

Siguió el flujo de miradas, desembocando como un río vivo en la pantalla del desfibrilador. Un garabato amplio subía y bajaba con una cadencia frenética, y antes de oír la instrucción pertinente sintió el silbido de carga extendiéndose por su espalda y tensar sus nudillos al finalizar. Se aparto, alzando sus manos y en la lejanía de su mente atronó una voz seca  “¡Todos fuera!”

Doscientos julios retumbaron en la cama al repicar el pecho tras la sacudida.

Era una llamada,

implorando,

suplicando…

¡Vive!

Lágrimas, cenizas y sangre.

Once…

Levantó la mirada, sintió un pitido extremo que barrio de forma atroz el tumulto existente, y vio el horror. Giró lentamente sobre sus pies, notando la tensión cerrada sobre sus nudillos, blancos de ira. Cerró el círculo y quiso llorar. Era un campo de batalla, era un hospital de campaña, era sudar sangre y temblar, perder el aire, sentir la angustia como un vino dulce que le embriagaba hasta romper la vida. Vomitados sin piedad por una procesión sin fin de ambulancias, decenas de heridos llegaban a borbotones. Anegaban pasillos, estancias, salas… chocaban entre sí, suplicando ayuda, terror en sus miradas, dolor, sangre y caos. El caos de lo absurdo. Y en el extremo más absoluto, una melodía interior les cosió a todos, dándoles sentido, coraje y fuerza. Un concierto de pasos ordenados en el tumulto, un profundo dolor que les embriagaba a todos, llenándoles de coraje, para hacer lo que no podía esperar. Se morían, y ellos no sabían porqué.

 …de marzo…

Como al bucear en el agua. Cada mañana encontraba gratificante el aire frío de Madrid. Amaneciendo, todavía hacía frío. Un paso, otro y sin pensar a dónde, se dirigió al pulso vital de la ciudad. Solo tres meses para terminar su residencia, casi nada, para volver a casa. El metro estaba vivo. No le cabía duda. Se dejo caer y un nuevo cambio de temperatura le llenó de humanidad. No pensaba, conocía cada paso, los giros, las escaleras… Siguió sumergiéndose en la profundidad de la tierra, en pos de su lanzadera. Línea 6, Diego de león, circular. Cruzada en Pacífico con la línea azul. Hoy sí era un detalle importante. La línea azul rugía camino de Atocha. Eran las 7:30 am. Solo 7 minutos después era detonada la primera bomba, solo 7 minutos después un león de muerte zarpaba por tres veces el corazón de Atocha. Y en el Pozo del Tío Raimundo. Y en la estación de Santa Eulalia. Y en la calle Téllez.

Hospital Universitario 12 de Octubre. Quirófanos de cirugía cardiaca. Casi todo preparado. Hay confusión. Se han oído explosiones. Es Madrid. Alguien llega con una radio, pálido, corre hacia una ventana. Señala, grita, está aterido de terror. Sin ninguna dificultad se vislumbra una columna de humo. Atocha. Ha habido un atentado. No, varios. En el metro. Es una masacre. El golpe ha sido con una espada de un solo filo. Para golpear con doble filo, habrían esperado solo media hora más. Si todos los servicios quirúrgicos hubiesen empezado, no habrían dispuesto de hospitales enteros preparados para absorber la marea de heridos. Sin pensarlo, bajo corriendo. Sabía donde tenía que estar, su quirófano era la urgencia, no podía imaginar lo que vería, haría todo y más. Muchos en igual iniciativa, volaron hacia la necesidad.

 …de dos mil cuatro.

Entre varios heridos, una mujer se amontona en una camilla. Nadie la atiende, todavía. Nadie está parado. Se acercó y valoró la gravedad. Posiblemente solo una fractura abierta de fémur. Necesitaba una vía. Tras comprobar que el tórax estaba indemne levantó la cabeza, una enfermera canalizaba una vía de gran calibre, era esa música, se anticipaban las necesidades. Ambos se llevaron al paciente, médico y enfermera, buscaron hacer todo lo que estuviese en su mano. En radiología varios mini equipos improvisados, con un paciente a su cargo, valoraban la prisa de cada cual. El orden de llegada no importaba, la prioridad estaba en la gravedad. De la mano, cogida, sin soltarle, solo preguntaba “¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?” Entre lágrimas de ansiedad, apenas sentía su pierna quebrada. Iría a quirófano, iría pronto.

Madrid. Homs. Bruselas.

El tiempo teje nuestras vidas, es una certeza difícil de palpar, dura de atrapar. Respiramos hacia nuestro último latido, y en ese vaivén pulsante, todo se llena o vacía, según te das. Ni más ni menos. Comprender nuestra esencia en el tiempo, dentro de él, es casi imposible. Pero a veces, hay momentos… ¡hay lugares unidos! Hay segundos en los que tocas con tus dedos un hilo suave que une experiencias, vividas con intensidad. Experiencias que te marcaron, hiriendo tu rostro, zahiriendo tu pecho, hundieron tu mirada al suelo. La maraña de tu pelo entre lágrimas de tensión, al calor de la herida profunda, esa que toca, que llega, que mira… ¡ahí donde solo estás tú!, y muy pocos más.

Han pasado doce años, y ahora sé lo que vi. Y ahora sufro por nuestro alzhéimer colectivo, nuestra sociedad enferma olvida, ciega no ve, no abraza, no quiere, no ama. Europa muere, podrida en su miseria humana, la peor, la que emponzoña nuestro respirar, aquella que no ve en el otro a uno mismo, como hermano. Tras doce años lloró por recordar, me asomé y vi una ciudad. No era Madrid. Humo, muerte, y dolor. Al volver la vista atrás, sin querer mirar, ya nadie queda, no hay vida que cuidar, no hay horror que evitar. Unidos por un trenzado de meses y meses, abrí una ventana en Homs.

Notas lentas de un piano, golpes suaves, repiten al compas de la vida el pulso de mi vieja herida. Pasó para volver a pasar. Un metro, un sabor a sangre fresca, azufre en la mirada, terror en cada respiración. No hay golpe que segando vidas humanas no haga palidecer, en cada hija que deja, en cada madre que llora, en cada amigo que se muere por vivir algo más… Ninguno es diferente, si arranca vida y siega a destiempo. Pero el coraje necesita de gestos. El orgullo, de ánimos que no quiebren. Y para levantarse y seguir, se necesita coraje y orgullo. Ninguno queda de ambos ya, en nuestro corazón roto, golpeado. El corazón de Europa, en su debilidad, ahora también herido a fuego y sangre. Bruselas llora, Europa gime, caídos sin moral, en la abyecta justificación para endurecer aún más el centro de la compasión. Sin calor no hay vida, si condenamos a quien huye de esta “no vida” a volver… volver al metro de Madrid, al metro de Bruselas. Morirán, y será su sangre, la misma, la de mi hermano.

La herida de Madrid dejaba ver Homs. Fue una historia unida. En el corazón del primer mundo, fue un tiempo de guerra, una realidad paralela. Sentimos lo que les empuja a huir. Fue un golpe durísimo. Hemos olvidado lo que significa perder la vida, lo que significa perder tu vida. 2011 Homs. Inicio de una guerra. La vida se para, tiembla y los cimientos de tu seguridad se resquebrajan. No hay tregua. Un bombardeo continuo demuele con una crudeza inhumana las vidas, trabajos, familias. Los que sobreviven huyen. Camino de Europa. No hay vista atrás, la esperanza solo se vislumbra al caminar. Mafias. Lo peor del monstruo, no es la guerra en sí, es la justificación para dejar de ser humanos y convertirse en bestias. Las mujeres pagan doble precio. Los niños simplemente desaparecen. Es un camino de explotación. El instinto de supervivencia les hace apretar los dientes, apretar el corazón. La muerte abraza sus esperanzas.

La guerra sigue, Europa paga, no quiere más.

In memoriam

Línea de vida

Nuvole Bianche
Un pulso firme recorrió sin titubear la piel de extremo a extremo. La rapidez hizo el resto, una línea blanca se abrió paso en profundidad. Un silencio atronador golpeaba las sienes de todos los presentes. El tiempo, conocedor de su presencia asfixiante, caló hondo en el latido propio de cada uno. Quien les observara, sin participar, tocaría la densidad de un devenir lento, casi como imágenes desplomándose una sobre otra, casi como oír caer un suspiro, y al llegar como lágrimas al suelo, rugiendo en una vorágine de miedos y desesperación. Un estruendo de inmensidad barrió todo el quirófano de golpe. La sangre fluyó con fuerza, mil ordenes surgieron a la vez y un replicar doble de la vida que se contenía, de la vida que se escapaba,  inundó su cabeza.

Cesárea emergente.

Corrió. Bastaban dos palabras, para no decir más. El fonendo, los zapatos y una carrera. Haría un buen tiempo, lo haría por dos. Dos vidas ligadas, a un destino, no a una fatalidad. Corrió. Sin elección, sin elegir. Madre e hijo. Ligados y unidos, su vida en una frágil línea de posibilidad, en una frágil realidad de tiempo. Corrió.

Abruptio Placentae.

Ella estaba ya casi inconsciente. Su corazón desmedido galopaba, trotaba, volaba, ciego hacia un abismo. Quería llenarse a manos abiertas, y cuanto más corría más sentía que su vida se le escapaba, se vaciaba. Él buscó pericia, buscó certeza, buscó -también- un poquito de suerte. Cogió su mano, con la fuerza precisa para sujetar su vida, y tendió el primer cable, tendió un camino para llenar lo que se vaciaba, para frenar lo innombrable. Llenó y lleno, pero la vida seguía huyendo. Segundos más tarde, ¡solo unos segundos!, pedía con voz calmada iniciar la inducción. Repitió dos veces la secuencia, abrió el laringo y miró de nuevo aquellos ojos ya perdidos, una tez blanca, muy blanca.

Como un latigazo volvió a escuchar la angustia de quién no puede esperar más. Una mirada que mezclaba rabia y súplica, con un estilete en la mano, no ayudaba. Verter el miedo propio no lo disminuía, y era una piscina peligrosa en la que todos podían resbalar.

Buscó la luz en el camino, la puerta de entrada para dar aliento. Aquí, ahora, no tendría otra oportunidad. Si fallaba, la perdería. Conocedor del abismo al que se asomaba, sintió la mano de su compañero en el hombro, un leve contacto, solo para trasmitir seguridad. Y lo hizo, ya lo creo que lo hizo. Segundos interminables, pequeños giros, movimientos delicados, buscando en la experiencia la destreza suficiente para salvar la dificultad. Y de nuevo aquel italiano bajito, con bigote, le salvó de la catástrofe. Don Giulio Frova y su dispositivo azul. Inventos que salvaban vidas. Héroes anónimos. Levantó la mirada, sintió la necesidad del obstetra como una imperiosa voluntad de hacer. Y asintió.

 […]

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Tras las huellas mojadas disfrutó de nuevo viéndola correr. Entro saltando entre las suaves olas, y justo cuando el agua mojaba sus brazos, la vio girar la cabeza, sonreírle con un guiño de complicidad, y dejar un dulce beso en el aire. Estaban tan unidas… Apenas habían pasado siete años, para ambas una vida, una vida nueva. Hoy le había preguntado por la cicatriz de su vientre. Con su dedito había pintado una línea lentamente, a la par que le preguntaba, como tantas otras cosas, “mamá, cuéntame otra vez porqué tienes esta rayita debajo del ombligo, yo no la tengo.” Recordó la respuesta, que le había brotado del corazón, y que pensó que no entendería. Se equivocó, pues al decírsela le había respondido, “gracias mamá, yo también te quiero”.

Unidas al nacer, era su línea de vida.

 

Rutinas

Rubeus

Por fin amanece, un día frío desdibuja sombras en escalera y atravesando la cansada ventana tira líneas rojizas. En un compás de pasos ajenos se borran hasta llenar de claridad la habitación. Tras una larga espera el día ha llegado. Hoy parece que esquiva el dolor, no quiere aparecer, es raro, no falta a su cita desde hace años. Buena noticia, tiene miedo, le ha llegado su hora. El taller de la vida ajustará una pierna cansada, dolorida, trabajada, pronto una nueva articulación, a estrenar, como cuando tenía veinte años. Sin desayunar, ni puede ni querría, se le perlan de ansiedad las manos. Siempre dicen que hay una primera vez, aún así, tampoco ayuda. Ocho y diez.

Aureus

Suave pero insidiosamente molesto, anula el tono de su smartphone, y una vorágine de tareas llena su cabeza, la desborda e inunda la habitación. Sin dar un minuto de tregua se gira listo para salir corriendo, cuando se levanta así sabe que ha descansado. Y sabe también que un reino sería muy poca cosa por media hora más, a su lado. Noche grata, los tres duermen aún, y durmieron. Un café, caliente, dulce y grande. Hielo, serán varios minutos más, arranca y cruza un día todavía por nacer, caras grises, cuesta sonreír, hace frío. Casi sin darse cuenta ya está llegando, aparca donde siempre, con una mueca recuerda el hueco improvisado, puede luego no encontrar el coche. La sesión del servicio, un baño de realidad. Ocho y veinte.

Flavus

La puerta se barre como hojarasca en un vendaval. Conoce su nuevo nombre, ligado a la diatriba de la asignación de competencias, tan viejo problema como viejo es el mundo. La prótesis de la seiscientos cinco, un breve contacto para cotejar que es quien es, y todo se mueve. Camino a lo desconocido, ni el techo parece el mismo. Puertas y puertas, y un límite de lo visitable. Tras sentir como propia la cadencia y chasquido del pulsador, un motor tedioso abre las puertas del prequirófano. Parece demasiado normal, gestos y luces de cotidianidad, saludos y alguna broma que no alcanza ni a comprender. Tiende su brazo, ceñido por una banda azul que plétora la vida que le recorre por su brazo. No mira, no puede. Ocho y cuarenta.

Viridis

Una línea imaginaria, pasó levemente sus pulgares desde el centro de la espalda, hacia donde descansaban sus dedos a la altura de las caderas. Con sus manos limpias, su alianza en la mesa junto a su fonendo, noto una vez más la desviación de la columna, muy frecuente. La respuesta fue más tensión, le costaba relajarse. Con delicadeza atravesó los tejidos, veía con el tacto, a veces podía intuir donde se encontraba otro compañero solo con verle desplazar la aguja. El paso final era como caerse en un precipicio, en un mar de agua de roca, múltiples lianas se movían con libertad, dentro de ellas un flujo infinito de corriente trasmitía toda la información. En breve una sección invisible lo apagaría todo, la farmacología obraría su milagro y cortaría la medula, durante un tiempo solo, un corte virtual. Nueve y veinte.

Caeruleus

Le cuesta fijar la mirada. Es agradable. No sabe si podrá ayudar, le llevan y se deja llevar. Sentado, al aire su espalda nota el tacto de unas manos. Le vuelven a tumbar, un hormigueo recorre sus piernas, quiere moverlas, no puede. Sus ojos se le cierran, quiere intuir que alguien pregunta si puede empezar. Ya no recuerda, ni recordará. Nueve y treinta.

Indicus

Un vuelo tranquilo, pensó. Bien. Hoy tenía que trabajar con su peque –la mayor- el control de mates. Quitó el manguito de presión arterial. Puede que le diera tiempo a comprar algunas cosas, echar gasolina, de camino, sin falta. Quitó el último electrodo y vio la línea plana, las alarmas se quejaron de nuevo. Tenía que ver con quien cambiar esa guardia, necesitaba ese fin de semana, pero no sabía donde mover ese viernes; deberían prohibir las guardias esos días. Claro. El pulsioxímetro le recordaba siempre al simpático E.T., lo dejo colgado del monitor y dio el visto bueno para pasar al paciente. Miraba todavía confuso, no creía que le hubiéramos operado ya. Diez y cuarenta.

Violaceus

Enfocó con un poco de dificultad, estaba en la cama de nuevo. Nada, de cintura hacia el sur, no existía nada. Miró hacia la ventana, empezaba a llover, un sol esquivo se hacía el perezoso. Estaba profundamente tranquilo, una preocupación extrema se desprendió de sus brazos, tan ligero, creyó que ahora, si lo decía, podría incluso volar. El miedo fluyó fuera y notó que se enrasaban sus ojos.

“Ha ido todo muy bien, le vamos a pasar a planta.”

Entrelazó cada una de las palabras, las hilvanó con cuidado y se las repitió mentalmente, una y otra vez. Sin pensarlo levanto su mano, y buscó asir con firmeza la mano amiga. Descubrió que le respondía, con la misma presión, y lentamente le miró a los ojos. Con tal trasparencia, que notó el leve temblor de quien se siente desprevenido:

“Gracias, doctor, de corazón.”

Con un leve cabeceo asintió, por sorpresa, sin capacidad de reacción, no le pudo contestar. Lo había captado todo. Todo. Una mirada y una mano, le habían trasportado al fondo de la persona, de su corazón. Se protegió, mirando al horizonte. Entre la lluvia gris un sol radiante. Y al fondo con su doble sonrisa, el arcoíris.

Imagine

 

 

Las muescas de mi fonendo

En esta vida, todos caminamos con el corazón escondido. En mayor o menor medida, queriendo o sin querer, dejamos ventanas abiertas y la luz entra.
O sale.
Descubrimos que no podemos controlar la luz que entra,
y solo dejar o no que salga.
En nuestro corazón mandamos poco, porque sentir, como vivir, es un continuo que fluye como esencia.

Os contaré un secreto, normalmente los médicos cerramos bien nuestras ventanas. Y cuanto más grave y crítico está nuestro paciente, más necesitamos cerrarlas.

Aunque, querer no siempre es poder.

“Para estar con la cabeza fría.” Nos decimos.

“Para tomar las mejores decisiones.” Pensamos.

“Para hacer lo que hay que hacer.” Aseguramos.

¡No lo aguantaríamos! Acumular tanto sufrimiento te rompe, antes o después.
Así, en nuestras Unidades de Críticos o Reanimaciones, (¡las Reas, vaya!) estamos solo en parte, porque si estuviésemos completos, no llegaríamos enteros.

Pero la vida no siempre se programa, no siempre va como uno quiere. No, claro, sino ¡tremendo aburrimiento!

Y ocurre. Siempre ocurre. Cada tiempo, antes o después.
Llega quien toca sin llamar, entra y se queda. Si son niños, casi siempre, a los mayores se lo ponemos más difícil.
Y cuando entran, te duele, porque sientes con él, porque sufres acompañando, porque te haces más cercano y pasas a ser más persona, pero un poquito menos médico.
Y si en su camino no puedes retenerle -aunque luches como si en ello fuese tu vida-; si le ves partir arropado por tu mirada, abrazado por cables y sueros, tu respirándole, siendo su cuerpo que ya no puede más, siendo lo que ya no puede ser…

Si se va, cuando había tocado tu corazón…

Hace algunos años…, no fue la primera, pero sí la más profunda. No fue la última, pero sí la de más vivo recuerdo.

Hace algunos años, se fue, y solo tenía dos años. No supimos salvarle.

Son marcas de vida. Las llevamos cerca del corazón. Si fijas tu mirada, las verás.

Son las muescas de mi fonendo.

Mariposas en invierno

Suave, aleteó de nuevo y se posó. El brillo multicolor desmenuzado por el vuelo era ahora como un tapiz traslúcido.

Con lágrimas teñidas de risas, entre sus manos temblorosas sueltas ya de las barras de la cama, pudo por fin tener a su hijo. Besarlo, acariciarlo y sentirle vivir. Estaba aquí, unido aún por el cordón, cálido como el dulce amanecer de verano, abriendo sus ojitos disfrutando de segundos de vida nuevos, limpios, dichosos de ser. Una marea de colores pasó por su cabeza y aceleró su corazón. Nada podía ser igual. El final de un camino, llegando a puerto, tras un mar de miedos. Tras la incertidumbre de poder, de saber, de hacer. Una experiencia solo suya, que pudo elegir vivir sin dolor.

Volaba rápido, en un vaivén infinito que fluctuaba al compás de la luz. Azul, rosa, violeta, blanco… arcoíris delirante solo detenido al segundo de respirar, para seguir.

La vida se abre tras un camino de diez pasos. Tenía que preparar su cuerpo para ceder paso. Como intentar con un dedo abrir una puerta en un muro. Así lo pensaba. Era maravilloso, y terrible a la vez. La incertidumbre ante lo inesperado, al sendero desconocido, al dolor. Y aún con la motivación embargándole el ánimo, hasta el más tenaz se puede romper con el dolor, con la constancia del mismo, con la periodicidad y su intensidad. Pero había elegido escapar de lo establecido, olvidar la costumbre y buscar poder estar entera. Eligió prescindir del dolor. Y supo, que con éxito o sin él, había sido la mejor elección. Se dejó llevar, haciéndose una con su pequeña vida, confiando y cediendo. Sentada expuso un camino de cuencas para dar camino a un espacio virtual. Unas manos expertas vieron con su tacto el sitio donde dejar un oleaje suave que bañara el dolor, dibujado en la arena. Y después, desapareció para ser de nuevo invisible.

Casi como a otro tempo, desplegó sus bellas alas, espléndidas, efímeras, únicas. Y voló. Voló y voló.

Una bata, un fonendo en la mesa y una mirada tranquila. Volvió a explicárselo todo. Con calma, despacio. Lo comprendió. Era su opción. El dolor no es necesario. Seguridad, confianza. Ahora sí sabía cómo quería que ocurriese. Le sonrió, sabía de qué le estaba hablando. Era visible. Oyó su nombre. Se levantó, ¡ya le costaba! Leyó de nuevo el cartel: Consulta de epidural.

 

 

Mi capitán tiene seis años

Pasos.

Nos vamos.

Mamá y papá están preocupados, algo ocurre. Este pijama no me gusta mucho, además no comprendo por qué me pusieron crema en la mano, si no me había dado el sol. Sonríen, pero sus miradas…, están muy nerviosos. Creo que papá el que más.

Que tu cama sea un barco es muy chulo, me llevan, y voy dando saltitos. Dicen que este barco es muy viejo. A mí me gusta.

Esperamos. Muevo los pies para tirar los papeles que han puesto en mi barco. Dejan las cosas en cualquier sitio. Mamá se enfada, me dice que lo voy a tirar, claro, es lo que quiero. Sigo pensando en mi boca. Algo tengo que me van a quitar, porque hace que tenga muchos mocos y fiebre. Cuando se lo cuente a mi hermanita, pronto le tocará a ella, es más pequeña.

Ahora yo también tengo miedo. No sé qué va a ocurrir. Mientras que papá y mamá estén conmigo, todo irá bien. Hace unos días se fueron, y justo me pincharon en el bracito. No volverá a pasar.

Ya viene.

Me está hablando a mí, quiere contar una historia. Me ha cogido como papá, y me mira sonriendo. No tiene miedo, está feliz. No quiere hacerme daño. ¿Por qué no viene mamá?

Luces.

¿Una nave?

¡Capitán!  Capitán debemos llegar pronto a la cabina de la nave, se aproxima un nuevo meteorito y la tripulación aguarda sus ordenes de inmediato.  Aquí, aquí, tome el mando, debe ponerse su máscara de piloto e iniciar el despegue. Las luces de la nave están dispuestas. Tal y como le comentó el almirante, tendrá que inflar ese globo verde para poder llenar los motores de combustible. Bien, bien, siga así capitán, lo estamos logrando, es usted un experto. Ese olor llega de nuevo, a frutas dijo el almirante, no se preocupe, continúe nada nos pasará si sigue así. Se le cierran los ojos, aguante, debemos esquivar el meteorito… ¡¡Despegamos mi capitán!!

Adrián.

Adrián, tu mamá está aquí, al lado de tu barco, ¿te duele algo? No. Sigue durmiendo, luego le cuentas como era tu nave.

 

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