Las muescas de mi fonendo

En esta vida, todos caminamos con el corazón escondido. En mayor o menor medida, queriendo o sin querer, dejamos ventanas abiertas y la luz entra.
O sale.
Descubrimos que no podemos controlar la luz que entra,
y solo dejar o no que salga.
En nuestro corazón mandamos poco, porque sentir, como vivir, es un continuo que fluye como esencia.

Os contaré un secreto, normalmente los médicos cerramos bien nuestras ventanas. Y cuanto más grave y crítico está nuestro paciente, más necesitamos cerrarlas.

Aunque, querer no siempre es poder.

“Para estar con la cabeza fría.” Nos decimos.

“Para tomar las mejores decisiones.” Pensamos.

“Para hacer lo que hay que hacer.” Aseguramos.

¡No lo aguantaríamos! Acumular tanto sufrimiento te rompe, antes o después.
Así, en nuestras Unidades de Críticos o Reanimaciones, (¡las Reas, vaya!) estamos solo en parte, porque si estuviésemos completos, no llegaríamos enteros.

Pero la vida no siempre se programa, no siempre va como uno quiere. No, claro, sino ¡tremendo aburrimiento!

Y ocurre. Siempre ocurre. Cada tiempo, antes o después.
Llega quien toca sin llamar, entra y se queda. Si son niños, casi siempre, a los mayores se lo ponemos más difícil.
Y cuando entran, te duele, porque sientes con él, porque sufres acompañando, porque te haces más cercano y pasas a ser más persona, pero un poquito menos médico.
Y si en su camino no puedes retenerle -aunque luches como si en ello fuese tu vida-; si le ves partir arropado por tu mirada, abrazado por cables y sueros, tu respirándole, siendo su cuerpo que ya no puede más, siendo lo que ya no puede ser…

Si se va, cuando había tocado tu corazón…

Hace algunos años…, no fue la primera, pero sí la más profunda. No fue la última, pero sí la de más vivo recuerdo.

Hace algunos años, se fue, y solo tenía dos años. No supimos salvarle.

Son marcas de vida. Las llevamos cerca del corazón. Si fijas tu mirada, las verás.

Son las muescas de mi fonendo.

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Mariposas en invierno

Suave, aleteó de nuevo y se posó. El brillo multicolor desmenuzado por el vuelo era ahora como un tapiz traslúcido.

Con lágrimas teñidas de risas, entre sus manos temblorosas sueltas ya de las barras de la cama, pudo por fin tener a su hijo. Besarlo, acariciarlo y sentirle vivir. Estaba aquí, unido aún por el cordón, cálido como el dulce amanecer de verano, abriendo sus ojitos disfrutando de segundos de vida nuevos, limpios, dichosos de ser. Una marea de colores pasó por su cabeza y aceleró su corazón. Nada podía ser igual. El final de un camino, llegando a puerto, tras un mar de miedos. Tras la incertidumbre de poder, de saber, de hacer. Una experiencia solo suya, que pudo elegir vivir sin dolor.

Volaba rápido, en un vaivén infinito que fluctuaba al compás de la luz. Azul, rosa, violeta, blanco… arcoíris delirante solo detenido al segundo de respirar, para seguir.

La vida se abre tras un camino de diez pasos. Tenía que preparar su cuerpo para ceder paso. Como intentar con un dedo abrir una puerta en un muro. Así lo pensaba. Era maravilloso, y terrible a la vez. La incertidumbre ante lo inesperado, al sendero desconocido, al dolor. Y aún con la motivación embargándole el ánimo, hasta el más tenaz se puede romper con el dolor, con la constancia del mismo, con la periodicidad y su intensidad. Pero había elegido escapar de lo establecido, olvidar la costumbre y buscar poder estar entera. Eligió prescindir del dolor. Y supo, que con éxito o sin él, había sido la mejor elección. Se dejó llevar, haciéndose una con su pequeña vida, confiando y cediendo. Sentada expuso un camino de cuencas para dar camino a un espacio virtual. Unas manos expertas vieron con su tacto el sitio donde dejar un oleaje suave que bañara el dolor, dibujado en la arena. Y después, desapareció para ser de nuevo invisible.

Casi como a otro tempo, desplegó sus bellas alas, espléndidas, efímeras, únicas. Y voló. Voló y voló.

Una bata, un fonendo en la mesa y una mirada tranquila. Volvió a explicárselo todo. Con calma, despacio. Lo comprendió. Era su opción. El dolor no es necesario. Seguridad, confianza. Ahora sí sabía cómo quería que ocurriese. Le sonrió, sabía de qué le estaba hablando. Era visible. Oyó su nombre. Se levantó, ¡ya le costaba! Leyó de nuevo el cartel: Consulta de epidural.

 

 

Mi capitán tiene seis años

Pasos.

Nos vamos.

Mamá y papá están preocupados, algo ocurre. Este pijama no me gusta mucho, además no comprendo por qué me pusieron crema en la mano, si no me había dado el sol. Sonríen, pero sus miradas…, están muy nerviosos. Creo que papá el que más.

Que tu cama sea un barco es muy chulo, me llevan, y voy dando saltitos. Dicen que este barco es muy viejo. A mí me gusta.

Esperamos. Muevo los pies para tirar los papeles que han puesto en mi barco. Dejan las cosas en cualquier sitio. Mamá se enfada, me dice que lo voy a tirar, claro, es lo que quiero. Sigo pensando en mi boca. Algo tengo que me van a quitar, porque hace que tenga muchos mocos y fiebre. Cuando se lo cuente a mi hermanita, pronto le tocará a ella, es más pequeña.

Ahora yo también tengo miedo. No sé qué va a ocurrir. Mientras que papá y mamá estén conmigo, todo irá bien. Hace unos días se fueron, y justo me pincharon en el bracito. No volverá a pasar.

Ya viene.

Me está hablando a mí, quiere contar una historia. Me ha cogido como papá, y me mira sonriendo. No tiene miedo, está feliz. No quiere hacerme daño. ¿Por qué no viene mamá?

Luces.

¿Una nave?

¡Capitán!  Capitán debemos llegar pronto a la cabina de la nave, se aproxima un nuevo meteorito y la tripulación aguarda sus ordenes de inmediato.  Aquí, aquí, tome el mando, debe ponerse su máscara de piloto e iniciar el despegue. Las luces de la nave están dispuestas. Tal y como le comentó el almirante, tendrá que inflar ese globo verde para poder llenar los motores de combustible. Bien, bien, siga así capitán, lo estamos logrando, es usted un experto. Ese olor llega de nuevo, a frutas dijo el almirante, no se preocupe, continúe nada nos pasará si sigue así. Se le cierran los ojos, aguante, debemos esquivar el meteorito… ¡¡Despegamos mi capitán!!

Adrián.

Adrián, tu mamá está aquí, al lado de tu barco, ¿te duele algo? No. Sigue durmiendo, luego le cuentas como era tu nave.

 

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