Lágrimas, cenizas y sangre.

Once…

Levantó la mirada, sintió un pitido extremo que barrio de forma atroz el tumulto existente, y vio el horror. Giró lentamente sobre sus pies, notando la tensión cerrada sobre sus nudillos, blancos de ira. Cerró el círculo y quiso llorar. Era un campo de batalla, era un hospital de campaña, era sudar sangre y temblar, perder el aire, sentir la angustia como un vino dulce que le embriagaba hasta romper la vida. Vomitados sin piedad por una procesión sin fin de ambulancias, decenas de heridos llegaban a borbotones. Anegaban pasillos, estancias, salas… chocaban entre sí, suplicando ayuda, terror en sus miradas, dolor, sangre y caos. El caos de lo absurdo. Y en el extremo más absoluto, una melodía interior les cosió a todos, dándoles sentido, coraje y fuerza. Un concierto de pasos ordenados en el tumulto, un profundo dolor que les embriagaba a todos, llenándoles de coraje, para hacer lo que no podía esperar. Se morían, y ellos no sabían porqué.

 …de marzo…

Como al bucear en el agua. Cada mañana encontraba gratificante el aire frío de Madrid. Amaneciendo, todavía hacía frío. Un paso, otro y sin pensar a dónde, se dirigió al pulso vital de la ciudad. Solo tres meses para terminar su residencia, casi nada, para volver a casa. El metro estaba vivo. No le cabía duda. Se dejo caer y un nuevo cambio de temperatura le llenó de humanidad. No pensaba, conocía cada paso, los giros, las escaleras… Siguió sumergiéndose en la profundidad de la tierra, en pos de su lanzadera. Línea 6, Diego de león, circular. Cruzada en Pacífico con la línea azul. Hoy sí era un detalle importante. La línea azul rugía camino de Atocha. Eran las 7:30 am. Solo 7 minutos después era detonada la primera bomba, solo 7 minutos después un león de muerte zarpaba por tres veces el corazón de Atocha. Y en el Pozo del Tío Raimundo. Y en la estación de Santa Eulalia. Y en la calle Téllez.

Hospital Universitario 12 de Octubre. Quirófanos de cirugía cardiaca. Casi todo preparado. Hay confusión. Se han oído explosiones. Es Madrid. Alguien llega con una radio, pálido, corre hacia una ventana. Señala, grita, está aterido de terror. Sin ninguna dificultad se vislumbra una columna de humo. Atocha. Ha habido un atentado. No, varios. En el metro. Es una masacre. El golpe ha sido con una espada de un solo filo. Para golpear con doble filo, habrían esperado solo media hora más. Si todos los servicios quirúrgicos hubiesen empezado, no habrían dispuesto de hospitales enteros preparados para absorber la marea de heridos. Sin pensarlo, bajo corriendo. Sabía donde tenía que estar, su quirófano era la urgencia, no podía imaginar lo que vería, haría todo y más. Muchos en igual iniciativa, volaron hacia la necesidad.

 …de dos mil cuatro.

Entre varios heridos, una mujer se amontona en una camilla. Nadie la atiende, todavía. Nadie está parado. Se acercó y valoró la gravedad. Posiblemente solo una fractura abierta de fémur. Necesitaba una vía. Tras comprobar que el tórax estaba indemne levantó la cabeza, una enfermera canalizaba una vía de gran calibre, era esa música, se anticipaban las necesidades. Ambos se llevaron al paciente, médico y enfermera, buscaron hacer todo lo que estuviese en su mano. En radiología varios mini equipos improvisados, con un paciente a su cargo, valoraban la prisa de cada cual. El orden de llegada no importaba, la prioridad estaba en la gravedad. De la mano, cogida, sin soltarle, solo preguntaba “¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?” Entre lágrimas de ansiedad, apenas sentía su pierna quebrada. Iría a quirófano, iría pronto.

Madrid. Homs. Bruselas.

El tiempo teje nuestras vidas, es una certeza difícil de palpar, dura de atrapar. Respiramos hacia nuestro último latido, y en ese vaivén pulsante, todo se llena o vacía, según te das. Ni más ni menos. Comprender nuestra esencia en el tiempo, dentro de él, es casi imposible. Pero a veces, hay momentos… ¡hay lugares unidos! Hay segundos en los que tocas con tus dedos un hilo suave que une experiencias, vividas con intensidad. Experiencias que te marcaron, hiriendo tu rostro, zahiriendo tu pecho, hundieron tu mirada al suelo. La maraña de tu pelo entre lágrimas de tensión, al calor de la herida profunda, esa que toca, que llega, que mira… ¡ahí donde solo estás tú!, y muy pocos más.

Han pasado doce años, y ahora sé lo que vi. Y ahora sufro por nuestro alzhéimer colectivo, nuestra sociedad enferma olvida, ciega no ve, no abraza, no quiere, no ama. Europa muere, podrida en su miseria humana, la peor, la que emponzoña nuestro respirar, aquella que no ve en el otro a uno mismo, como hermano. Tras doce años lloró por recordar, me asomé y vi una ciudad. No era Madrid. Humo, muerte, y dolor. Al volver la vista atrás, sin querer mirar, ya nadie queda, no hay vida que cuidar, no hay horror que evitar. Unidos por un trenzado de meses y meses, abrí una ventana en Homs.

Notas lentas de un piano, golpes suaves, repiten al compas de la vida el pulso de mi vieja herida. Pasó para volver a pasar. Un metro, un sabor a sangre fresca, azufre en la mirada, terror en cada respiración. No hay golpe que segando vidas humanas no haga palidecer, en cada hija que deja, en cada madre que llora, en cada amigo que se muere por vivir algo más… Ninguno es diferente, si arranca vida y siega a destiempo. Pero el coraje necesita de gestos. El orgullo, de ánimos que no quiebren. Y para levantarse y seguir, se necesita coraje y orgullo. Ninguno queda de ambos ya, en nuestro corazón roto, golpeado. El corazón de Europa, en su debilidad, ahora también herido a fuego y sangre. Bruselas llora, Europa gime, caídos sin moral, en la abyecta justificación para endurecer aún más el centro de la compasión. Sin calor no hay vida, si condenamos a quien huye de esta “no vida” a volver… volver al metro de Madrid, al metro de Bruselas. Morirán, y será su sangre, la misma, la de mi hermano.

La herida de Madrid dejaba ver Homs. Fue una historia unida. En el corazón del primer mundo, fue un tiempo de guerra, una realidad paralela. Sentimos lo que les empuja a huir. Fue un golpe durísimo. Hemos olvidado lo que significa perder la vida, lo que significa perder tu vida. 2011 Homs. Inicio de una guerra. La vida se para, tiembla y los cimientos de tu seguridad se resquebrajan. No hay tregua. Un bombardeo continuo demuele con una crudeza inhumana las vidas, trabajos, familias. Los que sobreviven huyen. Camino de Europa. No hay vista atrás, la esperanza solo se vislumbra al caminar. Mafias. Lo peor del monstruo, no es la guerra en sí, es la justificación para dejar de ser humanos y convertirse en bestias. Las mujeres pagan doble precio. Los niños simplemente desaparecen. Es un camino de explotación. El instinto de supervivencia les hace apretar los dientes, apretar el corazón. La muerte abraza sus esperanzas.

La guerra sigue, Europa paga, no quiere más.

In memoriam

Línea de vida

Nuvole Bianche
Un pulso firme recorrió sin titubear la piel de extremo a extremo. La rapidez hizo el resto, una línea blanca se abrió paso en profundidad. Un silencio atronador golpeaba las sienes de todos los presentes. El tiempo, conocedor de su presencia asfixiante, caló hondo en el latido propio de cada uno. Quien les observara, sin participar, tocaría la densidad de un devenir lento, casi como imágenes desplomándose una sobre otra, casi como oír caer un suspiro, y al llegar como lágrimas al suelo, rugiendo en una vorágine de miedos y desesperación. Un estruendo de inmensidad barrió todo el quirófano de golpe. La sangre fluyó con fuerza, mil ordenes surgieron a la vez y un replicar doble de la vida que se contenía, de la vida que se escapaba,  inundó su cabeza.

Cesárea emergente.

Corrió. Bastaban dos palabras, para no decir más. El fonendo, los zapatos y una carrera. Haría un buen tiempo, lo haría por dos. Dos vidas ligadas, a un destino, no a una fatalidad. Corrió. Sin elección, sin elegir. Madre e hijo. Ligados y unidos, su vida en una frágil línea de posibilidad, en una frágil realidad de tiempo. Corrió.

Abruptio Placentae.

Ella estaba ya casi inconsciente. Su corazón desmedido galopaba, trotaba, volaba, ciego hacia un abismo. Quería llenarse a manos abiertas, y cuanto más corría más sentía que su vida se le escapaba, se vaciaba. Él buscó pericia, buscó certeza, buscó -también- un poquito de suerte. Cogió su mano, con la fuerza precisa para sujetar su vida, y tendió el primer cable, tendió un camino para llenar lo que se vaciaba, para frenar lo innombrable. Llenó y lleno, pero la vida seguía huyendo. Segundos más tarde, ¡solo unos segundos!, pedía con voz calmada iniciar la inducción. Repitió dos veces la secuencia, abrió el laringo y miró de nuevo aquellos ojos ya perdidos, una tez blanca, muy blanca.

Como un latigazo volvió a escuchar la angustia de quién no puede esperar más. Una mirada que mezclaba rabia y súplica, con un estilete en la mano, no ayudaba. Verter el miedo propio no lo disminuía, y era una piscina peligrosa en la que todos podían resbalar.

Buscó la luz en el camino, la puerta de entrada para dar aliento. Aquí, ahora, no tendría otra oportunidad. Si fallaba, la perdería. Conocedor del abismo al que se asomaba, sintió la mano de su compañero en el hombro, un leve contacto, solo para trasmitir seguridad. Y lo hizo, ya lo creo que lo hizo. Segundos interminables, pequeños giros, movimientos delicados, buscando en la experiencia la destreza suficiente para salvar la dificultad. Y de nuevo aquel italiano bajito, con bigote, le salvó de la catástrofe. Don Giulio Frova y su dispositivo azul. Inventos que salvaban vidas. Héroes anónimos. Levantó la mirada, sintió la necesidad del obstetra como una imperiosa voluntad de hacer. Y asintió.

 […]

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Tras las huellas mojadas disfrutó de nuevo viéndola correr. Entro saltando entre las suaves olas, y justo cuando el agua mojaba sus brazos, la vio girar la cabeza, sonreírle con un guiño de complicidad, y dejar un dulce beso en el aire. Estaban tan unidas… Apenas habían pasado siete años, para ambas una vida, una vida nueva. Hoy le había preguntado por la cicatriz de su vientre. Con su dedito había pintado una línea lentamente, a la par que le preguntaba, como tantas otras cosas, “mamá, cuéntame otra vez porqué tienes esta rayita debajo del ombligo, yo no la tengo.” Recordó la respuesta, que le había brotado del corazón, y que pensó que no entendería. Se equivocó, pues al decírsela le había respondido, “gracias mamá, yo también te quiero”.

Unidas al nacer, era su línea de vida.