Sentinella

Entró calado hasta los huesos. Al cerrar la puerta del bar se volvió a preguntar mentalmente en qué pueblo había abandonado la ruta desde la autopista. El agua caía con tal fuerza, que por un momento sintió cierta ira en el aire. Estaba embotado, no podía pensar bien, esperaría a que escampara y retornaría su viaje. Hoy no quería hablar con nadie, huía en cierta forma, quería distanciarse de todo, deslastrar una semana aciaga.

Llevó su café hasta la mesa que lindaba con la puerta. No había nadie. El viejo camarero, encanecido y gastado, bregaba en su quehacer diario. Nada había que le interesara fuera de la cubierta de su barra y las islas solitarias, en décadas testigos de muses, dominós y tertulias, hoy yacían en calma; némesis del azote que parecía querer quebrar el ventanal del local.

En un instante, mientras caía el azúcar, la puerta se cerró. Un viento gélido acarició el cuello y le abrazó fugaz. En un instante, al mover el café, una sombra de espaldas le susurraba algo al viejo. Era un movimiento en la distancia, una certeza en el corazón. En un instante, aquella mujer se dirigió hacia él.

Y al levantar la vista, sentada a su lado, con un suave hilo de voz que desgarraba la calidez final llenándolo de  inquietud, le habló:

– Me puedo sentar.

– No -contestó él- prefiero estar solo, gracias.

– Siempre preferís estar solos.

Lentamente la miró. A pesar de sus palabras cortantes, no se levantó. Era una mujer morena, delgada, posiblemente cercana a los cuarenta. El pelo de un profundo negro azabache, muy liso, y muy largo. La cabeza levemente agachada, le ocultaba la mirada. Su boca perfilaba un rictus ambiguo. Era sin duda muy guapa. Sus manos, cruzadas debajo de la mesa, ocultas en su regazo. Inclinada, llevaba una capa que le recordó a sus tiempos en la universidad.

– No es cierto. Hoy sí quiero estar solo. Tengo mis motivos.

– Sin duda. Y sin duda buenos.

– Te lo puedo asegurar. No sabes lo que llevo encima.

– No, cuéntamelo.

-¡Nadie se acostumbra al final! Llega el día en el que sientes que podías haber dado más de ti, que podías haber hecho más. Y cuando tú no lo haces, no lo hace nadie. No sé porqué te cuento nada, prefiero estar solo. Por favor, déjame.

-Lo haré. Es una dificultad, querer ser más de lo que se es. Querer hacer más de lo que se puede. Os pasa con frecuencia.

-¿Nos pasa?

– A los médicos.

– No soy médico –mintió-.

– No, todavía no. Te falta comprender. Hay compañeros tuyos que tardan una vida, en llegar a la pregunta. Otros en contestarla. Muy pocos acaban comprendiendo.

– No lo entiendes –y exhalando el poco aire que contenía, se desbordó-. La vida es injusta, no mide el dolor. No lo dosifica, no lo distribuye. Da, tanto a algunos, tan poco a otros. Reparte esperanzas que luego trunca. Regala ilusiones que luego destroza. No me es nuevo, sé lo que es vivir. Pero en este caminar a veces nos toca cavar a los pies del camino, nos toca cercenar el viento, nos toca, cuando no es tiempo.

– Tiempo, de quién.

– De cada uno. Se merecía más. Algo no fue como debía.

– Sabes que no es verdad. Nada más puedes hacer, a veces.

– No, lo terrible es que no sé si es verdad. Y cuando te vences, porque claudicas, quieres confirmar que todo estaba hecho, que nada faltó, y que incluso otro, hubiera cedido antes. Ves venir el dolor, un silencio brutal te llena, caminas como vacio, notas el tsunami, y buscas una escapatoria. No la hay. Te atravesará sin piedad, dejándote de hinojos, asfixiándote por estar.

– El dolor nos conforma, si lo niegas, te romperás.

– No lo niego, simplemente lo rechazo. Nadie quiere el dolor.

– Y sin embargo, debes vivir con él.

– No me importa sufrir, ni sentir dolor. No soy débil.

– Pero te ahoga el dolor que provocas.

– Di mejor que no supe evitar.

– No podías.

Notó un raudal que bañaba su rostro.

Suave, sin lucha, sin ruptura. Cayó en oleaje, borrando la nitidez de su mirada. Sintió volver, a los pies de su cama, sitió revivir su marcha, notar cómo se apagaba la vida. Y como allí, de espaldas, su cabeza gacha, noto el peso –ausente ahora- de su fonendo, mientras lloraba.

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Saudade

Quien cuando ama,

sabe que yace solo.

Y anhela poder respirar,

pero ahoga la pena de vivir.

Sentada en el suelo, junto a ese sillón gris, miraba perdida hacia una línea fugaz de luz, reflejo de la tarde calurosa que poco a poco retiraba su asfixiante abrazo estival. Pequeñas formas, minúsculas, como suaves  copos de nieve, se suspendían y vislumbraban arrojados a la vida por aquel resquicio de un atardecer caluroso, plomizo, de un día que parecía no querer arribar.

Levantó con una cadencia lenta, pero sutil, su cabeza. Y mirando con un deseo profundo, con una agonía en la mirada, volvió a implorar.

“¿Cómo está doctor? ¿Está mejor?”

Una esperanza fútil, un deseo descarnado, un dolor tan profundo, que merecía yacer al fin. En una órbita cerrada quise poder, quise saber, quise llegar. Y no pude. A borbotones, palabras hilvanadas sin el calor del cariño.

“No está. Vive, pero ya no está. Es una hemorragia cerebral masiva, se intentó, se luchó. Y ya, no queda más que la soledad de un horizonte incierto, con él, pero sin él”.

La vida tensa caminos que fluyen dentro, que brillan al calor de mil recuerdos. Apenas medio siglo son tan pocos otoños, para un padre, para ser y partir.

“Ya, doctor…pero yo le hablo, le cuento cosas, le río, le toco, le siento… ¿cree que puede escucharme? ¿Puede?”

Y ahogado en mi debilidad, en mi falsa compasión,  en mi pequeñez, ya no puedo repetirle más una realidad que es, y no puede no ser.

“No lo sé, puede, claro, pero…”

Saudade, tuya.

5

Corres.

Sigues corriendo.

Hacia ningún lugar.

Miles de esperanzas vuelan lejos, ilusiones vestidas con colores que ni siquiera podías pensar, ni dibujar, ni palpitar.

Una estampida de mariposas, cientos, tantas que no puedes ni respirar. Un oleaje de suave color suspendido en el aire, y te fijas en una muy delicada que todavía bate sus alas, agonizando, sin poder sostener la fuerza de tu esperanza.

Quieto.

Dolorosamente quieto.

Como Edith de Lot al girarse, y descubrir que ya no, ¡que ya no!, así hierático sudando lágrimas. Semanas de alegrías,  de futuros construidos, de un amor latido al calor de la vida. Y nadie puede sentir mayor dolor, mayor ausencia. Dos que al ser uno caminaron al ritmo de tres. Y ahora, al tiempo de regalar tantas y tantas caricias templadas al arrullo de la esperanza, la vida se fue, antes de llegar.

“No late, ya no está con nosotros. De verdad que lo siento”.

Pero no, nadie puede ni imaginar lo que ha de sentir, una hiel tal, que seca toda esperanza hasta que pueda volver a renacer por amor.

Saudade, vuestra.

3

Hay oleajes que acarician playas por tiempo olvidadas.

Llegan y van, arrastran vida y vuelven, para regresar en un compás eterno.

La vida, a veces, te desgasta sin quebrarte, te vuelca sin romperte, te vierte sin agotarte.

Puedes amar hasta sufrir, y sufrir hasta amar. Descubres solo si lo has vivido, nostalgias tan profundas, tan hondas, que te rehacen por dentro, te modelan, templan fundiendo tu ser, y lo hacen desde dentro. Desgastan tu entereza, y te viertes de dolor. Cuando pasa, resquebrajado alzas la mirada para respirar un cielo estrellado.

Vivir lo que pudiste perder, como perdido. Y que como un alumno perezoso, la vida entienda que no comprendiste, y repita, y repita la cadencia…Cuando regresas, y vuelves entero, una profunda nostalgia no te deja ya. Te impregna, por lo que pudo ser, y no fue, pero te partió de sufrimiento puro.

4

Mi más honda nostalgia.

María, saudade mía.

Saudade, mía.

Doscientos julios

Abrió sus ojos, y respiró por primera vez.

Tumbado, un sol tibio se trenzaba entre una bruma densa. La calma le oprimía el pecho, notaba un peso profundo, que no podía ver. Todo parecía fluctuar. Sintió la arena fina entre los dedos de sus manos, y durante un instante se permitió palpar el roce del tiempo, buceando con sus manos, la arena estaba templada, y se notó vivo. Era una playa inmensa, sin límites, vasta en la profundidad del horizonte, dunas y dunas blancas, un sinfín cerrado únicamente por el verde intenso del mar. De azul tan vivo, tan real…, virado, imposible, infinito.

Sentado, respiró de nuevo la necesidad. Imperiosa le palpitó dentro, y sin poder evitarlo, exhaló con fuerza, para después perder de nuevo su vista al horizonte, ahora y de nuevo, gris. Muy lentamente cerró sus párpados, un torbellino de colores le hizo marearse, y al sentir de nuevo la vida entre sus manos, el agrio sabor al miedo le empapó su boca.

Un paso, y otro. Muy despacio, amuró hacia el oleaje. Descubrió un éxtasis dulce en cada paso que daba. Hundía sus pies en una arena tan blanca como el lienzo de sus iris, en un tiempo lento, que en una brutal atmósfera cargada de pesadez, densa como la miel, le empujaba hacia aquel horizonte esmeralda, amatista, inmenso.

El siguiente paso murió con su cuerpo hundido entre la arena, en un ovillo desmadejado, creía que varios metros más allá. Y fue también cuando descubrió el silencio tenso que lo cubría todo, que lo impregnaba todo como brea. Queriendo quitarse el ruido pegado de quien no escucha nada, lleno sus cabellos con aquella arena fina, casi como polvo de diamante. Rasgando el viento un rugido inmenso había explotado dentro de sí mismo, creía. Un trueno seco, breve, pero descomunal. No había visto el relámpago, tenía que llover muy pronto. En un paso más el agua acarició sus pies, se ganó a barlovento y caminó sin miedo, sentía anhelo por llegar, y miedo al caminar.

Abrió sus manos para trenzarlas con la cadencia del agua. Y notó como la música le empapaba de melancolía,  yendo y volviendo, una cadencia que conocía, tan bien, tan propia…y sin darse cuenta del momento, noto que subía y bajaba como su pecho al respirar. Subía y bajaba, llegaba y volvía, era la vida. Y ahora la notaba mojando su cuerpo, acariciando sus manos, enamorando sus pasos, su mirada latía fija en el horizonte, purpura y gris. Un nuevo trueno alejó el silencio, pero ahora ya nada podía detener sus pasos. Lejano, irreal y vacío,  no llegaría la lluvia, la esperanza no le llegó. El agua pintaba su pecho al compás tenue de un mismo sentir.

Cerró sus ojos, se dejó llevar de nuevo por una tormenta de colores, mantuvo aun la mirada callada, y sintió el calor subir por su cuerpo, por su espalda, llegar a cada uno de sus cabellos, arribar en cada dedo de sus manos, pintando de claridad con pequeñas explosiones de luz, hasta que sin ver, la tormenta amainó para calmar en un alba plena.

Abrió los ojos, ahora lo sabía. Sin volver la vista atrás,  sin pensar,  sintió una necesidad inmensa de vivir, y no pudo más.  Como antaño se sumergió.

El mar cesó.

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-¡Parada! Corre, déjalo todo y llama.

En su cara vio pasar una cuadriga de dudas, guiadas por su miedo, pero también noto un leve rictus de ansiedad, de excitación. Era su primera vez. Sus pupilas se afilaron, el estrés del animal que fuimos inundó su mirada.

– En la seiscientos siete, trauma, en tu carrera avisa al busca dos.

Dos. Sobrevolaba aún cuando corrió escaleras arriba. No le esperó.  Real, muy real. Sintiendo el tiempo cubrirle lentamente, se levantó sin notar aun cuan fuerte era la mano que retorcía su estomago. Se dobló y el leve mareo dio paso a la angustia. No llegaría,  una eternidad se había jactado delante de sus miedos. Y sin embargo,  apenas unos segundos distaban entre sus dedos cuando marcó, busca dos.

-¡Dejad pasar a mi residente! Masaje, túrnale y da masaje. Cien al minuto, cuando te agotes avisa… ¡antes!

Con la boca totalmente seca llego a la altura del pecho, una enfermera experimentada sudaba ya presa del cansancio. “¡Cambio!” Imploró. No podría, pensó, lo estaba haciendo perfecto, sudó más…  y creyó que podía caerse al suelo,  justo en ese momento “¡¡Cambio!!” No tuvo opción,  había liberado el pecho, subía de nuevo lentamente tras la última compresión, entrelazó sus manos, y dejó de oír, un silencio frío corto la habitación y con sus brazos rectos inicio el acoplamiento.

– Ritmo. ¡Espera! Mira si hay ritmo.

Siguió el flujo de miradas, desembocando como un río vivo en la pantalla del desfibrilador. Un garabato amplio subía y bajaba con una cadencia frenética, y antes de oír la instrucción pertinente sintió el silbido de carga extendiéndose por su espalda y tensar sus nudillos al finalizar. Se aparto, alzando sus manos y en la lejanía de su mente atronó una voz seca  “¡Todos fuera!”

Doscientos julios retumbaron en la cama al repicar el pecho tras la sacudida.

Era una llamada,

implorando,

suplicando…

¡Vive!

Lágrimas, cenizas y sangre.

Once…

Levantó la mirada, sintió un pitido extremo que barrio de forma atroz el tumulto existente, y vio el horror. Giró lentamente sobre sus pies, notando la tensión cerrada sobre sus nudillos, blancos de ira. Cerró el círculo y quiso llorar. Era un campo de batalla, era un hospital de campaña, era sudar sangre y temblar, perder el aire, sentir la angustia como un vino dulce que le embriagaba hasta romper la vida. Vomitados sin piedad por una procesión sin fin de ambulancias, decenas de heridos llegaban a borbotones. Anegaban pasillos, estancias, salas… chocaban entre sí, suplicando ayuda, terror en sus miradas, dolor, sangre y caos. El caos de lo absurdo. Y en el extremo más absoluto, una melodía interior les cosió a todos, dándoles sentido, coraje y fuerza. Un concierto de pasos ordenados en el tumulto, un profundo dolor que les embriagaba a todos, llenándoles de coraje, para hacer lo que no podía esperar. Se morían, y ellos no sabían porqué.

 …de marzo…

Como al bucear en el agua. Cada mañana encontraba gratificante el aire frío de Madrid. Amaneciendo, todavía hacía frío. Un paso, otro y sin pensar a dónde, se dirigió al pulso vital de la ciudad. Solo tres meses para terminar su residencia, casi nada, para volver a casa. El metro estaba vivo. No le cabía duda. Se dejo caer y un nuevo cambio de temperatura le llenó de humanidad. No pensaba, conocía cada paso, los giros, las escaleras… Siguió sumergiéndose en la profundidad de la tierra, en pos de su lanzadera. Línea 6, Diego de león, circular. Cruzada en Pacífico con la línea azul. Hoy sí era un detalle importante. La línea azul rugía camino de Atocha. Eran las 7:30 am. Solo 7 minutos después era detonada la primera bomba, solo 7 minutos después un león de muerte zarpaba por tres veces el corazón de Atocha. Y en el Pozo del Tío Raimundo. Y en la estación de Santa Eulalia. Y en la calle Téllez.

Hospital Universitario 12 de Octubre. Quirófanos de cirugía cardiaca. Casi todo preparado. Hay confusión. Se han oído explosiones. Es Madrid. Alguien llega con una radio, pálido, corre hacia una ventana. Señala, grita, está aterido de terror. Sin ninguna dificultad se vislumbra una columna de humo. Atocha. Ha habido un atentado. No, varios. En el metro. Es una masacre. El golpe ha sido con una espada de un solo filo. Para golpear con doble filo, habrían esperado solo media hora más. Si todos los servicios quirúrgicos hubiesen empezado, no habrían dispuesto de hospitales enteros preparados para absorber la marea de heridos. Sin pensarlo, bajo corriendo. Sabía donde tenía que estar, su quirófano era la urgencia, no podía imaginar lo que vería, haría todo y más. Muchos en igual iniciativa, volaron hacia la necesidad.

 …de dos mil cuatro.

Entre varios heridos, una mujer se amontona en una camilla. Nadie la atiende, todavía. Nadie está parado. Se acercó y valoró la gravedad. Posiblemente solo una fractura abierta de fémur. Necesitaba una vía. Tras comprobar que el tórax estaba indemne levantó la cabeza, una enfermera canalizaba una vía de gran calibre, era esa música, se anticipaban las necesidades. Ambos se llevaron al paciente, médico y enfermera, buscaron hacer todo lo que estuviese en su mano. En radiología varios mini equipos improvisados, con un paciente a su cargo, valoraban la prisa de cada cual. El orden de llegada no importaba, la prioridad estaba en la gravedad. De la mano, cogida, sin soltarle, solo preguntaba “¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?” Entre lágrimas de ansiedad, apenas sentía su pierna quebrada. Iría a quirófano, iría pronto.

Madrid. Homs. Bruselas.

El tiempo teje nuestras vidas, es una certeza difícil de palpar, dura de atrapar. Respiramos hacia nuestro último latido, y en ese vaivén pulsante, todo se llena o vacía, según te das. Ni más ni menos. Comprender nuestra esencia en el tiempo, dentro de él, es casi imposible. Pero a veces, hay momentos… ¡hay lugares unidos! Hay segundos en los que tocas con tus dedos un hilo suave que une experiencias, vividas con intensidad. Experiencias que te marcaron, hiriendo tu rostro, zahiriendo tu pecho, hundieron tu mirada al suelo. La maraña de tu pelo entre lágrimas de tensión, al calor de la herida profunda, esa que toca, que llega, que mira… ¡ahí donde solo estás tú!, y muy pocos más.

Han pasado doce años, y ahora sé lo que vi. Y ahora sufro por nuestro alzhéimer colectivo, nuestra sociedad enferma olvida, ciega no ve, no abraza, no quiere, no ama. Europa muere, podrida en su miseria humana, la peor, la que emponzoña nuestro respirar, aquella que no ve en el otro a uno mismo, como hermano. Tras doce años lloró por recordar, me asomé y vi una ciudad. No era Madrid. Humo, muerte, y dolor. Al volver la vista atrás, sin querer mirar, ya nadie queda, no hay vida que cuidar, no hay horror que evitar. Unidos por un trenzado de meses y meses, abrí una ventana en Homs.

Notas lentas de un piano, golpes suaves, repiten al compas de la vida el pulso de mi vieja herida. Pasó para volver a pasar. Un metro, un sabor a sangre fresca, azufre en la mirada, terror en cada respiración. No hay golpe que segando vidas humanas no haga palidecer, en cada hija que deja, en cada madre que llora, en cada amigo que se muere por vivir algo más… Ninguno es diferente, si arranca vida y siega a destiempo. Pero el coraje necesita de gestos. El orgullo, de ánimos que no quiebren. Y para levantarse y seguir, se necesita coraje y orgullo. Ninguno queda de ambos ya, en nuestro corazón roto, golpeado. El corazón de Europa, en su debilidad, ahora también herido a fuego y sangre. Bruselas llora, Europa gime, caídos sin moral, en la abyecta justificación para endurecer aún más el centro de la compasión. Sin calor no hay vida, si condenamos a quien huye de esta “no vida” a volver… volver al metro de Madrid, al metro de Bruselas. Morirán, y será su sangre, la misma, la de mi hermano.

La herida de Madrid dejaba ver Homs. Fue una historia unida. En el corazón del primer mundo, fue un tiempo de guerra, una realidad paralela. Sentimos lo que les empuja a huir. Fue un golpe durísimo. Hemos olvidado lo que significa perder la vida, lo que significa perder tu vida. 2011 Homs. Inicio de una guerra. La vida se para, tiembla y los cimientos de tu seguridad se resquebrajan. No hay tregua. Un bombardeo continuo demuele con una crudeza inhumana las vidas, trabajos, familias. Los que sobreviven huyen. Camino de Europa. No hay vista atrás, la esperanza solo se vislumbra al caminar. Mafias. Lo peor del monstruo, no es la guerra en sí, es la justificación para dejar de ser humanos y convertirse en bestias. Las mujeres pagan doble precio. Los niños simplemente desaparecen. Es un camino de explotación. El instinto de supervivencia les hace apretar los dientes, apretar el corazón. La muerte abraza sus esperanzas.

La guerra sigue, Europa paga, no quiere más.

In memoriam

Las muescas de mi fonendo

En esta vida, todos caminamos con el corazón escondido. En mayor o menor medida, queriendo o sin querer, dejamos ventanas abiertas y la luz entra.
O sale.
Descubrimos que no podemos controlar la luz que entra,
y solo dejar o no que salga.
En nuestro corazón mandamos poco, porque sentir, como vivir, es un continuo que fluye como esencia.

Os contaré un secreto, normalmente los médicos cerramos bien nuestras ventanas. Y cuanto más grave y crítico está nuestro paciente, más necesitamos cerrarlas.

Aunque, querer no siempre es poder.

“Para estar con la cabeza fría.” Nos decimos.

“Para tomar las mejores decisiones.” Pensamos.

“Para hacer lo que hay que hacer.” Aseguramos.

¡No lo aguantaríamos! Acumular tanto sufrimiento te rompe, antes o después.
Así, en nuestras Unidades de Críticos o Reanimaciones, (¡las Reas, vaya!) estamos solo en parte, porque si estuviésemos completos, no llegaríamos enteros.

Pero la vida no siempre se programa, no siempre va como uno quiere. No, claro, sino ¡tremendo aburrimiento!

Y ocurre. Siempre ocurre. Cada tiempo, antes o después.
Llega quien toca sin llamar, entra y se queda. Si son niños, casi siempre, a los mayores se lo ponemos más difícil.
Y cuando entran, te duele, porque sientes con él, porque sufres acompañando, porque te haces más cercano y pasas a ser más persona, pero un poquito menos médico.
Y si en su camino no puedes retenerle -aunque luches como si en ello fuese tu vida-; si le ves partir arropado por tu mirada, abrazado por cables y sueros, tu respirándole, siendo su cuerpo que ya no puede más, siendo lo que ya no puede ser…

Si se va, cuando había tocado tu corazón…

Hace algunos años…, no fue la primera, pero sí la más profunda. No fue la última, pero sí la de más vivo recuerdo.

Hace algunos años, se fue, y solo tenía dos años. No supimos salvarle.

Son marcas de vida. Las llevamos cerca del corazón. Si fijas tu mirada, las verás.

Son las muescas de mi fonendo.