Simjah

TRES                                     Palpitar

Respiró, esta vez con suavidad. Se dejó henchir y mientras lo hacía disfrutó una vez más de su propia presencia. Colmada de vida, repitió una y otra vez el vaivén que nos acompaña desde el llanto hasta el suspiro, un fluir que nos mantiene en el vuelo de ser. Y respiró. Con fuerza esta vez, queriendo notar una vez más el aire frío que recorría su ser y exhalaba feliz.

Se sentía radiante. Quería gritar y cantar. Quería bailar y danzar. Quería ver y contemplar. Quería…vivir. La noche la envolvía, seguía caminando. Ahora importaba poco la decisión, tomada ya, rota la mordaza, liberada de su propia esclavitud, entregada a la llamada. Caminó.

Cerró de nuevo sus ojos, se impregno del aroma de los bosques cercanos, y al abrirlos dibujo con su mano un sutil trazo en el aire hasta coger el vuelo de varias hojas que la pasaban. Algo nuevo, algo único. Miles de mariposas revoloteaban en su cuerpo. Notaba una sensación plena, arrastrada por una fuerza limpia. Quería quedarse aquí, pero todavía no había llegado.

Trenzó sus manos entre su melena, deshizo la cascada y se liberó, aún más. Preparada para casi volar, se agachó, y acarició con ambas manos la tierra. Rió. Como nunca lo había hecho, como pocos podrían hacerlo. Rió y rió, y sintió cada vez más el motivo por el que su corazón latía. El motivo por el que latía el corazón de cada hombre y de cada mujer. El abrigo de una existencia pensada con un único fin. En ese momento lo supo.

Y corrió. Veloz, como un niño que busca, lo que solo ellos saben que deben buscar. Veloz, sintiéndose más acompañada, más y más sentinellas seguían rutas paralelas. Veloz, azuzada por una sensación que la desbordaba, y que sabía que era compartida. Tan veloz, que supo que pronto la vería.

Se paró. Notó en su boca ese sabor amargo de su respiración desbocada. Abrió aún más sus ojos. Entendió su propia esencia. La vio con todo su ser. Envolvió con cada sentido un remolino de vida, de felicidad. De Alegría. Alegría de vivir.

Y allí estaba.

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Zekjar yáh

DOS                        Preparar los caminos

Llevaba caminado gran parte de la noche. Un polvo gris se levantaba perezoso con cada nueva pisada. Los senderos a ras de tierra, en la urbe, hacía décadas –posiblemente más- que no se usaban. La gran estructura se mantenía estable y cuidaba de un deterioro mayor. Faltaba el calor de un corazón, faltaba el roce de la piel con la tierra. Pronto olvidarían caminar. Olvidarían el sentido de las rutas, saliendo hacia el exterior. Olvidarían la esencia fuera, de lo que solo veían, dentro.

Ra’ah se paró una vez más para contemplar el cielo. No había abandonado todavía la gran estructura, y solo oteaba una línea en el horizonte que se ensanchaba con cada paso que daba. La arboleda gris de pilones del urbe lo cubría todo, y anhelaba terminar la radial que la sacaría a cielo abierto. Cada paso era una liberación de un peso profundo, que se deslizaba por su piernas y creía sentir fluir. Veía y soñaba, sentía y anhelaba. Un manto de polvo perlado abandonaba su ser quebrado e iba cimentando el camino que dejaba a su paso. De calor, y de vida. Abría un sendero nuevo ahora, viejo por ser. Y de nuevo noto la calidez de la presencia, arropando cada fibra de su ser, acariciando con mimo su piel para fundirse en un abrazo. Al abrir sus ojos profundos como la noche, supo que no estaba sola. Confluían. Llegaban. Tenían un viento común.

Siguió.

Hizo camino. Y llegó al borde de la gran estructura. Nada a partir de ahí. Nada con la seguridad de quien busca lo atado. Nada para quien no puede llorar. Nada para quien no puede amar.

Y todo por llegar.

Apenas notaba las heridas de sus pies. Tiernos sin memoria, estaban ensangrentados. Volvió a mirar, a contemplar. Ahora sí veía la inmensidad de la noche, bañada de gotas blancas. No miró atrás, sabía del camino, y sentía la presencia de más sentinellas.

En un movimiento brusco cayo de hinojos y se tapó sus oídos. Con miedo cerró sus ojos con fuerza. Y tras varios segundos inmóvil, el cielo se rasgo con la luz de un rayo único. Contó mentalmente mientras que el sonido la envolvía con la fuerza de una tempestad. Cerca, muy cerca. Y tuvo miedo. Miedo de no sentir más aquel calor, aquella presencia.
Lloró. Desbordada, a borbotones. Rebosando sus manos cayeron entres sus pies, lágrimas de pánico por no ser amada. Lloró sin vaciarse, porque anhelaba. Su pequeñez la embargó, hasta romperla, hasta abandonarla.

Y solo entonces, vacía y yerma pudo levantarse y seguir. Una pequeña luz titilaba en su interior. No estaba sola, y nunca más volvería a estarlo.

Preparado el camino.

Ra’ah

UNO                           Conversión

Deslizó nuevamente la mirada entre la bruma. Aún a pesar de la altura el horizonte se sobreponía a la atalaya donde residía. Mezclado entre la luz que se iba, y la que llegaba, atardecía palideciendo entre briznas titilantes que auguraban un cielo ajeno a su propia realidad.

Ra’ah volvió a cerrar los ojos, respiró profundamente y quiso arquear su espalda una vez más. La jornada había terminado. Había finalizado su escrutinio perpetuo. Hasta el nuevo amanecer no debería estar allí más. Era una sentinella.

En un mundo protegido del exterior. Devastado por eras terribles. El equilibrio era constante. La vida casi una resignación. La esperanza consistía en vivir, seguir, continuar, defendiendo cada segundo, de un quehacer constante. Sin pararse a pensar, ni a sentir.

Sin pararse. Ni sentir.

Pero hoy no. Estaba rota. Y viva. Había notado como se había resquebrajado, sutilmente, como el peso que racha el hielo tierno en la primavera. Lo sintió. Y dejó hacer. Creció y creció. Y siendo consciente de ello, hoy quebró su ser. Ahora sabía que tenía que caminar. Ya no podía esperar, no podía no ser.

Deslizó de su muñeca el conector. Varias veces tuvo que acallar mentalmente las instrucciones de aviso y peligro. Nadie se retiraba de la red. Era impensable no estar interconectado, vivir interconectado, sentirse en comunión con el resto. Lo contrario era la soledad del paria. Porque pensar sin la tutela de la red conllevaba la propia locura. Siempre había sido así. No dudo. Tuvo que soportar pacientemente los protocolos de seguridad, que incansables recordaban y le “protegían” de sí misma. Al cabo de un tiempo que le resultó desagradablemente largo pudo notar su brazo limpio. Casi se sintió más que desnuda.

La oscuridad había envuelto las nubes que rozaban la propia existencia, dejar de verlas, era no estar. Un viento del sur rugió súbito, inesperado y violento. Acompasaba su ruptura.

Lentamente descalzó sus pies. Y caminó hacia el trasbordador inferior. Su cuarto tenía acceso al nivel inferior, a la tierra firme. Una pequeña mochila al hombro, con víveres justos hasta la frontera distal, y ropa de abrigo sin los sistemas de energía. Su cuerpo debería aclimatarse solo. Recogió su pelo en una cascada única, y abrió sus ojos para ver. Inmensos, propios de una sentinella, azabaches memoria de su madre.

Tras un descenso tedioso, con la letanía de las advertencias de seguridad envolviendo su silencio exterior, incapaz de zozobrar en su decisión, llegó.

Un frío especial recorrió el primer paso hollado.

Y se paró.

Frío.

Miró y caminó. Miró, y caminó.