“Dioscidencias”

Nada hay casual, en nuestra felicidad

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Quien no conoce el rugido del león,

no sabe que la vida siempre tiene un plan mejor.

 

21:54

Como fuego líquido, notó una sensación de profundo dolor que le brotaba del pecho. Mantuvo el aire robado, y percibió también como su chapa identificativa se le clavaba en su mano derecha, buscando con desesperación el aliento que se le iba. Rígida, blanca, desgarrando el pijama que le cubría, sintió que era el eslabón que le mantenía. Sus dedos no podían tensar más la cuerda invisible que cercenaba el fluir del tiempo.

Cerró los ojos, y se invitó de nuevo a respirar, a no claudicar, a luchar. Notó como cedía el profundo dolor, como se atenuaba la asfixiante falta de vida que le abrazaba, y lo intentó de nuevo.

Respirar.

Pensó en un volcán en erupción que se le abría desde el centro de su ser, y le bañaba inmisericorde, y al abrir los ojos, no pudo entender tanto dolor fluyendo hasta la punta de sus dedos. Se moría, y lo sabía. Su corazón se rompía, conocía qué tenía que hacer, cómo hacerlo, a quién llamar…pero estaba solo. Apenas unos minutos antes había estado informando a los familiares de su unidad, ahora la vida le cambiaba las sillas. Agachado, la cabeza cerca de su mesa, en el despacho, buscó a tientas su teléfono, era el busca de urgencias, solo tenía que activarlo. No pudo ver la pantalla, su vista estaba nublada, con un hálito de cordura intentó realizar una rellamada, donde fuera, a quien fuera. Pero como si hubiera estado bañado en aceite, se le resbaló de las manos, corrió saltando por la mesa, y lo vio caer lentamente hacia el suelo. Fue justo el esfuerzo final, se giró antes de sentir un desgarró de fuego que le quemó hasta la espalda, le robó el aliento y le fundió sus dedos, en su mano izquierda. Se moría, y lo sabía. Ya sin ver notó que perdía las pocas fuerzas que lo mantenían sentado, como un oleaje perenne, se sintió caer, sin percibir ya el suelo, que le abrazó sin piedad. Ocho gramos, recordó, no quería volar. Se iba, viajó veloz. Un recuerdo, un porqué.

9:07

La decisión, cuando es firme, impregna tu mirada. Y puede que entonces te equivoques, al igual que todos, pero la seguridad dibuja señas que en los momentos de rotura, son inefables.

Corría, sujetando los bolsillos de su bata para no regar su carrera de cientos de pequeñas notas, tablas, monedas y lápices que siempre llevaba. La guardia había empezado muy movida. Un accidente de tráfico, un hombre joven, inconsciente, con un traumatismo craneal severo, y posiblemente más lesiones que no eran tan obvias. Como un carrusel de diapositivas le pasó por su mente los pasos que debía dar, el material que debía pedir nada más llegar, los elementos que debía de revisar, el orden de todo, el momento adecuado, y los peores escenarios con sus alternativas. Siempre lo hacía, la previsión le daba seguridad, y la improvisación era un lujo que no se podía permitir, ni él, ni su paciente. En la carrera habló con sus compañeros de guardia, necesitaría ayuda. Y muy posiblemente un quirófano urgente.

Al girar el pasillo, encarando ya el box de parada del servicio de urgencias, casi arrolló a un muchacho de poco más de diez años, que le bloqueó el paso, sin dejar dudas de que antes de seguir, debía escucharlo.

“-Ayúdame, le imploró. ¡¡Ayúdame!!”

Quiso contestarle que no podía, que ahora debía ir a una urgencia vital, quiso apartarle con firmeza, sujetando sus hombros para dejar expedito el camino, quiso… Pero no pudo, porque ese niño sabía a dónde iba. Y por eso le suplicó de nuevo. Al levantar la mirada vio a una mujer que llorando buscaba atraer al niño. Ambos en estado de shock, ambos actores de la tragedia que le llevaba corriendo hasta la llamada urgente de su busca.

Pensó en evitarle, sortearle y seguir. Pero no pudo. Quizás el terrible dolor de cabeza que le atenazaba esta mañana le estaba haciendo más débil. Con la rodilla en el suelo, miró en los ojos del muchacho, y con la certeza de quien habla en verdad, le susurró:

– Te quiere, te quiere y eso nunca lo podrás cambiar.

Como un aldabonazo seco, le dejó temblando, hierático y atrapado en la telaraña de una realidad que no debía ser vivida. Tras ello, corrió. El pequeño se giró lentamente, viéndolo entrar en aquella sala, notando la firmeza de las palabras que inundaron la estancia, y que tuvieron el eco de respuestas claras, y movimientos ordenados. El caos se tornó en melodía, y la orquesta inició su obra maestra, pendientes de la partitura, que buscaba un solo fin. Que no fuera este el momento, no todavía.

15:38

Una pequeña nube blanca se fundió en la tacita. Condensando la incertidumbre y la esperanza, aquel sitio debía de ser muy especial. Y sin embargo, parecía muy anodino. Pero claro, para quien no supiera ver más allá. Todo se impregna de la vida que lo empapa. Siempre lo había creído así. Ahora, esperaba con la paciencia impaciente a que el milagro de la vida le envolviera de un nuevo nombre, el de su hijo. Esperaba con la locura de lo imposible a que llegara, a que descubriera un nuevo mundo, a que pintara de esperanza cada segundo de una existencia que cambiaría. Todo giraría en torno a su nueva vida, y con un nuevo bautismo, él sería su papá. Aquella cafetería del hospital tendría tantas historias que contar…tantas vidas dobladas, tantas lágrimas, tantas horas de espera. Pero él estaba dichoso. Le habían regalado unos minutos de seguridad, de tranquilidad. Palabras llenas de cariño, de sensatez y de conocimiento. En un rato podría volver para estar con ella, y sabía que disfrutarían de su llegada, y lo harían sin dolor. Apuró su taza de café, pensando en ir a esperar al pasillo, cuando no pudo dejar de escuchar las palabras de un niño que acompañaba a su madre en la mesa cercana. Fueron palabras mágicas, que robó sin pudor, y las guardó muy dentro de su corazón, con la seguridad de que ahora ya sí que nada podría ir mal. “Te quiere, te quiere y eso nunca lo podrás cambiar”.

Fue un tesoro que repetiría a lo largo de toda la tarde, muchas veces, muchas. La vida giraría, se retorcería para llevar su mundo al abismo del quirófano. Le llevaría a conocer un vocabulario nuevo, un raudal de palabras que significarían tanto, que significaban demasiado: urgente, cesárea, hemorragia, muy grave, su vida en la suya… lo posible y lo imposible.

Él era creyente. Rezó y se olvidó de sí mismo. Abrazado con las palabras de un café que parecía lejano, distante, de un tiempo muy remoto. Aquel pequeño hurto vital le envolvió con calor, y enjugó el raudal de lágrimas que se le vaciaban. Rasgado, de lo profundo, pero en pie.

20:15

No solía fijarse, pero aquella tarde se encontró jugando con sus jeans, rotos por el uso, en ambas rodillas. Ella era muy cuidadosa, y su ropa era parte de su personalidad, también ahora le encajaba que se hubiera tirado cualquier cosa encima para venir. Posiblemente la casualidad había evitado que su blusa desentonara, y sus zapatillas se correspondían con la inmediatez que le había llevado a volar, pensando que no llegaría. Recorrió con la mirada aquella sala destartalada, mezcla de paso y de estancia. Y reconoció el excesivo tiempo que ya acumulaba aquel hospital. Era una sala cruel, y pensó en aquellos sitios donde no debería de esperar nadie. Salas de espera. Salas de agonía e incertidumbre. Lugares donde cavilar la fortuna de recuperar un tiempo pasado, quizás muy cercano, pero ya diferente. Sufrió más, porque estaba en el otro lado. Y quería romper las cartas que ahora le tocaba jugar, quería cambiarlas, quería recuperar las suyas. Era médico, un igual, y tendría que contestar a todas sus dudas y preguntas, que serían muchas, pediría datos y momentos, decisiones y justificaciones, razones y motivos. Era médico, y su padre no podía estar tan grave. Una caída, una fractura habitual -recordaba ahora- una recuperación que le llevaría a caminar pronto. Palabras impregnadas de normalidad, de solución, de lógica. Todo aquello barrido como arena fina, por un vendaval monocorde que tras el teléfono le narró que debía volver, porque todo se había complicado y ahora su padre -¡no un paciente cualquiera!- se debatía y luchaba con un corazón anegado que le ahogaba en su propia respiración.

Pero ella estaba ahora allí, en aquella estancia, consumida por el tiempo que vuela cuando lo ignoras, y se retuerce para que lo escuches cuando quieres que no vuelva. Allí, en el tiempo que pasa entre los abismos de los sufrimientos, entre familias que lloran por lo que tienen, pero sobre todo por lo que pueden perder. Había pasado un tiempo desde que llegó, y ahora notó que entre aquellas sillas, había un padre nuevo que balbuceaba sus miedos pero también sus esperanzas. Llevaba varios minutos, con voz trémula, contándole  sus dudas y su profunda agonía. Al comenzar a tomar el hilo de su relato pensó en sus hijos, en aquellos días felices de sus nacimientos. No pudo abstraerse y soltando parte de su rabia, le escuchó con profunda atención. Era un padre roto. Y comprendió sus miedos, como médico pero sobre todo como madre. Pensó en su padre, ingresado al igual que la mujer de aquel hombre en aquella unidad de cuidados críticos. Escuchándole buscaba una razón, para que pudiera comprender cómo habían llegado hasta aquí. Pero no podía transitar por ambas tierras. Notó que su corazón perdía ritmo y se serenaba. Casi a punto de romperse, aquella tensión cedió, y comprendió que las palabras de dolor que este padre recién arribado a puerto vertía, no eran palabras sin cariño, no eran palabras de ira. Un dolor acompañado, un temor vital, pero vislumbró una esperanza cierta, aún sabiendo todo lo que podía llegar. Aquel hombre estaba suspendido en la incertidumbre de dos vidas que luchaban por volver, del amor de ambos, para ser ya tres.

Fueron pocos minutos, pero fue un tiempo nuevo. El roce que te quema, el brillo que te aturde, el calor que te llena. La calma de las palabras de aquel padre, la reconfortaron pensando en su padre. Y el sosiego la imbuyó de esperanza. Se levantó y entró en el despacho.

Llevaba todo el día repitiendo el mismo gesto. Pero no pudo evitarlo al entrar aquella mujer y darle asiento. Era una guardia mala, muy mala. Y aquel dolor de cabeza parecía querer partirle en dos. Bajó ambas manos de su frente e intentó aparentar que estaba menos cansado de lo que en realidad sabía. Se presentó, y como hacía de rutina, también le dio su nombre. Intentó mirarla a los ojos, transmitirle seguridad y cercanía. Siempre pensaba en lo que le gustaría encontrar si estuviera al otro lado de la mesa. Siempre, un nombre y una mirada.

Ella no estaba acostumbrada a un trato tan directo. Encontró lo que no buscaba, y la sorpresa lejos de abrumarla, le gustó. Perdió tensión, notó que sus hombros cedían al empuje, y tras un pequeño esfuerzo retuvo su nombre, y olvidó su apellido. Retuvo a la persona, y dejó ir al médico. En un vaivén cálido recibió el primer impacto, la realidad. Su padre estaba muy grave y su vida corría riesgo. Luchaban por él, nadie había claudicado en su unidad. Pero ahora debía conocer el camino que transitaba. Notó en la siguiente pregunta la cercanía de una empatía no fingida. Ante la aspereza de la realidad ella sintió vivo aquel recuerdo, nadie da lo que no tiene.

Creció en la confianza y le abandono la irá. Cruzó los puentes que él le tendía, y recorrió cada rincón de aquel pueblo abandonado. Sorteó una oscuridad plomiza, y cuando vislumbró la salida, se percató que estaba llorando, acompañada, con un dolor profundo pero yermo.

Se levantó casi sin balbucear una sola palabra. Girándose lentamente, abrió la puerta y se despidió. Le palpitó el dolor por su padre, le desbordó el torrente de lágrimas contenidas, pero sintió el calor que aquella persona, con la dulzura de la empatía, le había trasmitido. Se abandonó, y supo que ya no tenía que soportar más ese peso, lo confió y lo entregó con violencia. La seguridad de sus manos, en las que reposaba la vida de su padre, tenían el calor de un corazón vivo. Ahora podía marchar y esperar. Y así lo hizo.

21:57

Caminó dejándose arrastrar por la inercia. El viento bailaba las hojas en su tiempo con igual cadencia. En la puerta de su coche se vio reflejada. Y en ese momento despertó. Se vio y guardando las llaves entendió que no podía irse. Sin saber por qué contuvo el aliento, una premura extraña la embargó, tuvo prisa, tuvo un deseo de volver. En un deseo irracional notó que había olvidado algo. Una pieza diferente, en un puzle casi completo. Le brotó del corazón, a borbotones, con una intensidad diferente, con una luz nueva. Entre sus labios repitió una y otra vez la certeza que ahora le quemaba y corría por entregar. Y sus pies deshicieron el camino del viento. Por la puerta principal, buscando aquel ascensor vacío, un pasillo silencioso y caras pintadas de rutina y turnos por cerrar. Su mano se posó de nuevo en la puerta de aquel despacho. Y en su boca se dibujó una sola palabra. Como un raudal de vida.

Gracias.

Quería decirle gracias.

Gracias.

Una palabra que llegó para salvarle. Para salvar al médico invisible, y unirlos hilvanando el sentido de su existir. Un golpe, y otro, y otro más, tum…tum…tum…

Gracias.

Nada hay casual, en nuestra felicidad.

 

 

“Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo” (Eclesiastés 3:1)

 

 

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Myriam

CUATRO                Encarnación

Tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum…

Tum…             tum…

Voluntariamente deshizo el nudo de concentración que la abstraía en su interior. Un mundo dentro de la vida misma, una cadencia que se mecía entre lo más profundamente humano, y el tiempo rasgado de una decisión que lo haría todo nuevo.

Deslizó su mano suavemente por su vientre, buscando un calor mutuo, sintiendo la esencia misma del amor. Miraba hacia el manto de estrellas, cada una de ellas tímida, al ser contemplada, palidecía pidiendo no ser luz sobre la luz.

Llegaba, ya venía. El frío de la noche la envolvió de forma mordaz, pero no había frío posible en su corazón. Alejados de todo cobijo, inmigrantes del mundo. No caminaron más, llegaba, ¡ya venía!

Notó sus ojos en su espalda, y al tiempo la calidez de su mano abrigando sus hombros. En su mirada encontró el remanso de la espera, la brisa del amor profundo, la confianza plena que brota sin ser pedida. Temblaba y no era del frío. En su pequeñez, a ráfagas comprendía y olvidaba, entendía y sufría. Demasiado ser de barro para un fuego contenido. El mundo esperaba, calmado, lo que no comprendería.

Tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum…

Tum…             tum…

A la distancia del vuelo de un diente de dragón Ra’ah se arrodilló conmovida. Sin poder volver su mirada fija en ella, sintió la compañía del resto de Pastores rodeando el centro de la vida. Abrazando la presencia de la Palabra. La creación misma preñada y encarnada. Mujer fiada sin condición, con la sencillez forjando la vasija de barro, suave, frágil y única. Al verla, sintiendo la presencia embargando el mismo aire que respiraban, notó el tiempo caer, desengranarse, licuarse hasta fluir y parar. No podía comprender lo que ocurría, pero podía sentir el amor que abrazaba la creación con la entrega y la presencia hecha vida.

Tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum…

Tum…             tum…

Dolor.

Una sonrisa única dibujo las líneas de su cuerpo al sentir, en la certeza, el momento. Girando con ternura su cara, tras arrodillarse por la brusquedad del encuentro con la vida, le miró y le imploró su compañía. Él la abrazó con temblor, la besó con miedo y cariño y estuvo preparado.

Tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum,tum…

Tum…             tum…

“La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros.” Jn 1:14

Simjah

TRES                                     Palpitar

Respiró, esta vez con suavidad. Se dejó henchir y mientras lo hacía disfrutó una vez más de su propia presencia. Colmada de vida, repitió una y otra vez el vaivén que nos acompaña desde el llanto hasta el suspiro, un fluir que nos mantiene en el vuelo de ser. Y respiró. Con fuerza esta vez, queriendo notar una vez más el aire frío que recorría su ser y exhalaba feliz.

Se sentía radiante. Quería gritar y cantar. Quería bailar y danzar. Quería ver y contemplar. Quería…vivir. La noche la envolvía, seguía caminando. Ahora importaba poco la decisión, tomada ya, rota la mordaza, liberada de su propia esclavitud, entregada a la llamada. Caminó.

Cerró de nuevo sus ojos, se impregno del aroma de los bosques cercanos, y al abrirlos dibujo con su mano un sutil trazo en el aire hasta coger el vuelo de varias hojas que la pasaban. Algo nuevo, algo único. Miles de mariposas revoloteaban en su cuerpo. Notaba una sensación plena, arrastrada por una fuerza limpia. Quería quedarse aquí, pero todavía no había llegado.

Trenzó sus manos entre su melena, deshizo la cascada y se liberó, aún más. Preparada para casi volar, se agachó, y acarició con ambas manos la tierra. Rió. Como nunca lo había hecho, como pocos podrían hacerlo. Rió y rió, y sintió cada vez más el motivo por el que su corazón latía. El motivo por el que latía el corazón de cada hombre y de cada mujer. El abrigo de una existencia pensada con un único fin. En ese momento lo supo.

Y corrió. Veloz, como un niño que busca, lo que solo ellos saben que deben buscar. Veloz, sintiéndose más acompañada, más y más sentinellas seguían rutas paralelas. Veloz, azuzada por una sensación que la desbordaba, y que sabía que era compartida. Tan veloz, que supo que pronto la vería.

Se paró. Notó en su boca ese sabor amargo de su respiración desbocada. Abrió aún más sus ojos. Entendió su propia esencia. La vio con todo su ser. Envolvió con cada sentido un remolino de vida, de felicidad. De Alegría. Alegría de vivir.

Y allí estaba.

Zekjar yáh

DOS                        Preparar los caminos

Llevaba caminado gran parte de la noche. Un polvo gris se levantaba perezoso con cada nueva pisada. Los senderos a ras de tierra, en la urbe, hacía décadas –posiblemente más- que no se usaban. La gran estructura se mantenía estable y cuidaba de un deterioro mayor. Faltaba el calor de un corazón, faltaba el roce de la piel con la tierra. Pronto olvidarían caminar. Olvidarían el sentido de las rutas, saliendo hacia el exterior. Olvidarían la esencia fuera, de lo que solo veían, dentro.

Ra’ah se paró una vez más para contemplar el cielo. No había abandonado todavía la gran estructura, y solo oteaba una línea en el horizonte que se ensanchaba con cada paso que daba. La arboleda gris de pilones del urbe lo cubría todo, y anhelaba terminar la radial que la sacaría a cielo abierto. Cada paso era una liberación de un peso profundo, que se deslizaba por su piernas y creía sentir fluir. Veía y soñaba, sentía y anhelaba. Un manto de polvo perlado abandonaba su ser quebrado e iba cimentando el camino que dejaba a su paso. De calor, y de vida. Abría un sendero nuevo ahora, viejo por ser. Y de nuevo noto la calidez de la presencia, arropando cada fibra de su ser, acariciando con mimo su piel para fundirse en un abrazo. Al abrir sus ojos profundos como la noche, supo que no estaba sola. Confluían. Llegaban. Tenían un viento común.

Siguió.

Hizo camino. Y llegó al borde de la gran estructura. Nada a partir de ahí. Nada con la seguridad de quien busca lo atado. Nada para quien no puede llorar. Nada para quien no puede amar.

Y todo por llegar.

Apenas notaba las heridas de sus pies. Tiernos sin memoria, estaban ensangrentados. Volvió a mirar, a contemplar. Ahora sí veía la inmensidad de la noche, bañada de gotas blancas. No miró atrás, sabía del camino, y sentía la presencia de más sentinellas.

En un movimiento brusco cayo de hinojos y se tapó sus oídos. Con miedo cerró sus ojos con fuerza. Y tras varios segundos inmóvil, el cielo se rasgo con la luz de un rayo único. Contó mentalmente mientras que el sonido la envolvía con la fuerza de una tempestad. Cerca, muy cerca. Y tuvo miedo. Miedo de no sentir más aquel calor, aquella presencia.
Lloró. Desbordada, a borbotones. Rebosando sus manos cayeron entres sus pies, lágrimas de pánico por no ser amada. Lloró sin vaciarse, porque anhelaba. Su pequeñez la embargó, hasta romperla, hasta abandonarla.

Y solo entonces, vacía y yerma pudo levantarse y seguir. Una pequeña luz titilaba en su interior. No estaba sola, y nunca más volvería a estarlo.

Preparado el camino.

Ra’ah

UNO                           Conversión

Deslizó nuevamente la mirada entre la bruma. Aún a pesar de la altura el horizonte se sobreponía a la atalaya donde residía. Mezclado entre la luz que se iba, y la que llegaba, atardecía palideciendo entre briznas titilantes que auguraban un cielo ajeno a su propia realidad.

Ra’ah volvió a cerrar los ojos, respiró profundamente y quiso arquear su espalda una vez más. La jornada había terminado. Había finalizado su escrutinio perpetuo. Hasta el nuevo amanecer no debería estar allí más. Era una sentinella.

En un mundo protegido del exterior. Devastado por eras terribles. El equilibrio era constante. La vida casi una resignación. La esperanza consistía en vivir, seguir, continuar, defendiendo cada segundo, de un quehacer constante. Sin pararse a pensar, ni a sentir.

Sin pararse. Ni sentir.

Pero hoy no. Estaba rota. Y viva. Había notado como se había resquebrajado, sutilmente, como el peso que racha el hielo tierno en la primavera. Lo sintió. Y dejó hacer. Creció y creció. Y siendo consciente de ello, hoy quebró su ser. Ahora sabía que tenía que caminar. Ya no podía esperar, no podía no ser.

Deslizó de su muñeca el conector. Varias veces tuvo que acallar mentalmente las instrucciones de aviso y peligro. Nadie se retiraba de la red. Era impensable no estar interconectado, vivir interconectado, sentirse en comunión con el resto. Lo contrario era la soledad del paria. Porque pensar sin la tutela de la red conllevaba la propia locura. Siempre había sido así. No dudo. Tuvo que soportar pacientemente los protocolos de seguridad, que incansables recordaban y le “protegían” de sí misma. Al cabo de un tiempo que le resultó desagradablemente largo pudo notar su brazo limpio. Casi se sintió más que desnuda.

La oscuridad había envuelto las nubes que rozaban la propia existencia, dejar de verlas, era no estar. Un viento del sur rugió súbito, inesperado y violento. Acompasaba su ruptura.

Lentamente descalzó sus pies. Y caminó hacia el trasbordador inferior. Su cuarto tenía acceso al nivel inferior, a la tierra firme. Una pequeña mochila al hombro, con víveres justos hasta la frontera distal, y ropa de abrigo sin los sistemas de energía. Su cuerpo debería aclimatarse solo. Recogió su pelo en una cascada única, y abrió sus ojos para ver. Inmensos, propios de una sentinella, azabaches memoria de su madre.

Tras un descenso tedioso, con la letanía de las advertencias de seguridad envolviendo su silencio exterior, incapaz de zozobrar en su decisión, llegó.

Un frío especial recorrió el primer paso hollado.

Y se paró.

Frío.

Miró y caminó. Miró, y caminó.