Zekjar yáh

DOS                        Preparar los caminos

Llevaba caminado gran parte de la noche. Un polvo gris se levantaba perezoso con cada nueva pisada. Los senderos a ras de tierra, en la urbe, hacía décadas –posiblemente más- que no se usaban. La gran estructura se mantenía estable y cuidaba de un deterioro mayor. Faltaba el calor de un corazón, faltaba el roce de la piel con la tierra. Pronto olvidarían caminar. Olvidarían el sentido de las rutas, saliendo hacia el exterior. Olvidarían la esencia fuera, de lo que solo veían, dentro.

Ra’ah se paró una vez más para contemplar el cielo. No había abandonado todavía la gran estructura, y solo oteaba una línea en el horizonte que se ensanchaba con cada paso que daba. La arboleda gris de pilones del urbe lo cubría todo, y anhelaba terminar la radial que la sacaría a cielo abierto. Cada paso era una liberación de un peso profundo, que se deslizaba por su piernas y creía sentir fluir. Veía y soñaba, sentía y anhelaba. Un manto de polvo perlado abandonaba su ser quebrado e iba cimentando el camino que dejaba a su paso. De calor, y de vida. Abría un sendero nuevo ahora, viejo por ser. Y de nuevo noto la calidez de la presencia, arropando cada fibra de su ser, acariciando con mimo su piel para fundirse en un abrazo. Al abrir sus ojos profundos como la noche, supo que no estaba sola. Confluían. Llegaban. Tenían un viento común.

Siguió.

Hizo camino. Y llegó al borde de la gran estructura. Nada a partir de ahí. Nada con la seguridad de quien busca lo atado. Nada para quien no puede llorar. Nada para quien no puede amar.

Y todo por llegar.

Apenas notaba las heridas de sus pies. Tiernos sin memoria, estaban ensangrentados. Volvió a mirar, a contemplar. Ahora sí veía la inmensidad de la noche, bañada de gotas blancas. No miró atrás, sabía del camino, y sentía la presencia de más sentinellas.

En un movimiento brusco cayo de hinojos y se tapó sus oídos. Con miedo cerró sus ojos con fuerza. Y tras varios segundos inmóvil, el cielo se rasgo con la luz de un rayo único. Contó mentalmente mientras que el sonido la envolvía con la fuerza de una tempestad. Cerca, muy cerca. Y tuvo miedo. Miedo de no sentir más aquel calor, aquella presencia.
Lloró. Desbordada, a borbotones. Rebosando sus manos cayeron entres sus pies, lágrimas de pánico por no ser amada. Lloró sin vaciarse, porque anhelaba. Su pequeñez la embargó, hasta romperla, hasta abandonarla.

Y solo entonces, vacía y yerma pudo levantarse y seguir. Una pequeña luz titilaba en su interior. No estaba sola, y nunca más volvería a estarlo.

Preparado el camino.

Las muescas de mi fonendo

En esta vida, todos caminamos con el corazón escondido. En mayor o menor medida, queriendo o sin querer, dejamos ventanas abiertas y la luz entra.
O sale.
Descubrimos que no podemos controlar la luz que entra,
y solo dejar o no que salga.
En nuestro corazón mandamos poco, porque sentir, como vivir, es un continuo que fluye como esencia.

Os contaré un secreto, normalmente los médicos cerramos bien nuestras ventanas. Y cuanto más grave y crítico está nuestro paciente, más necesitamos cerrarlas.

Aunque, querer no siempre es poder.

“Para estar con la cabeza fría.” Nos decimos.

“Para tomar las mejores decisiones.” Pensamos.

“Para hacer lo que hay que hacer.” Aseguramos.

¡No lo aguantaríamos! Acumular tanto sufrimiento te rompe, antes o después.
Así, en nuestras Unidades de Críticos o Reanimaciones, (¡las Reas, vaya!) estamos solo en parte, porque si estuviésemos completos, no llegaríamos enteros.

Pero la vida no siempre se programa, no siempre va como uno quiere. No, claro, sino ¡tremendo aburrimiento!

Y ocurre. Siempre ocurre. Cada tiempo, antes o después.
Llega quien toca sin llamar, entra y se queda. Si son niños, casi siempre, a los mayores se lo ponemos más difícil.
Y cuando entran, te duele, porque sientes con él, porque sufres acompañando, porque te haces más cercano y pasas a ser más persona, pero un poquito menos médico.
Y si en su camino no puedes retenerle -aunque luches como si en ello fuese tu vida-; si le ves partir arropado por tu mirada, abrazado por cables y sueros, tu respirándole, siendo su cuerpo que ya no puede más, siendo lo que ya no puede ser…

Si se va, cuando había tocado tu corazón…

Hace algunos años…, no fue la primera, pero sí la más profunda. No fue la última, pero sí la de más vivo recuerdo.

Hace algunos años, se fue, y solo tenía dos años. No supimos salvarle.

Son marcas de vida. Las llevamos cerca del corazón. Si fijas tu mirada, las verás.

Son las muescas de mi fonendo.