“Dioscidencias”

Nada hay casual, en nuestra felicidad

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Quien no conoce el rugido del león,

no sabe que la vida siempre tiene un plan mejor.

 

21:54

Como fuego líquido, notó una sensación de profundo dolor que le brotaba del pecho. Mantuvo el aire robado, y percibió también como su chapa identificativa se le clavaba en su mano derecha, buscando con desesperación el aliento que se le iba. Rígida, blanca, desgarrando el pijama que le cubría, sintió que era el eslabón que le mantenía. Sus dedos no podían tensar más la cuerda invisible que cercenaba el fluir del tiempo.

Cerró los ojos, y se invitó de nuevo a respirar, a no claudicar, a luchar. Notó como cedía el profundo dolor, como se atenuaba la asfixiante falta de vida que le abrazaba, y lo intentó de nuevo.

Respirar.

Pensó en un volcán en erupción que se le abría desde el centro de su ser, y le bañaba inmisericorde, y al abrir los ojos, no pudo entender tanto dolor fluyendo hasta la punta de sus dedos. Se moría, y lo sabía. Su corazón se rompía, conocía qué tenía que hacer, cómo hacerlo, a quién llamar…pero estaba solo. Apenas unos minutos antes había estado informando a los familiares de su unidad, ahora la vida le cambiaba las sillas. Agachado, la cabeza cerca de su mesa, en el despacho, buscó a tientas su teléfono, era el busca de urgencias, solo tenía que activarlo. No pudo ver la pantalla, su vista estaba nublada, con un hálito de cordura intentó realizar una rellamada, donde fuera, a quien fuera. Pero como si hubiera estado bañado en aceite, se le resbaló de las manos, corrió saltando por la mesa, y lo vio caer lentamente hacia el suelo. Fue justo el esfuerzo final, se giró antes de sentir un desgarró de fuego que le quemó hasta la espalda, le robó el aliento y le fundió sus dedos, en su mano izquierda. Se moría, y lo sabía. Ya sin ver notó que perdía las pocas fuerzas que lo mantenían sentado, como un oleaje perenne, se sintió caer, sin percibir ya el suelo, que le abrazó sin piedad. Ocho gramos, recordó, no quería volar. Se iba, viajó veloz. Un recuerdo, un porqué.

9:07

La decisión, cuando es firme, impregna tu mirada. Y puede que entonces te equivoques, al igual que todos, pero la seguridad dibuja señas que en los momentos de rotura, son inefables.

Corría, sujetando los bolsillos de su bata para no regar su carrera de cientos de pequeñas notas, tablas, monedas y lápices que siempre llevaba. La guardia había empezado muy movida. Un accidente de tráfico, un hombre joven, inconsciente, con un traumatismo craneal severo, y posiblemente más lesiones que no eran tan obvias. Como un carrusel de diapositivas le pasó por su mente los pasos que debía dar, el material que debía pedir nada más llegar, los elementos que debía de revisar, el orden de todo, el momento adecuado, y los peores escenarios con sus alternativas. Siempre lo hacía, la previsión le daba seguridad, y la improvisación era un lujo que no se podía permitir, ni él, ni su paciente. En la carrera habló con sus compañeros de guardia, necesitaría ayuda. Y muy posiblemente un quirófano urgente.

Al girar el pasillo, encarando ya el box de parada del servicio de urgencias, casi arrolló a un muchacho de poco más de diez años, que le bloqueó el paso, sin dejar dudas de que antes de seguir, debía escucharlo.

“-Ayúdame, le imploró. ¡¡Ayúdame!!”

Quiso contestarle que no podía, que ahora debía ir a una urgencia vital, quiso apartarle con firmeza, sujetando sus hombros para dejar expedito el camino, quiso… Pero no pudo, porque ese niño sabía a dónde iba. Y por eso le suplicó de nuevo. Al levantar la mirada vio a una mujer que llorando buscaba atraer al niño. Ambos en estado de shock, ambos actores de la tragedia que le llevaba corriendo hasta la llamada urgente de su busca.

Pensó en evitarle, sortearle y seguir. Pero no pudo. Quizás el terrible dolor de cabeza que le atenazaba esta mañana le estaba haciendo más débil. Con la rodilla en el suelo, miró en los ojos del muchacho, y con la certeza de quien habla en verdad, le susurró:

– Te quiere, te quiere y eso nunca lo podrás cambiar.

Como un aldabonazo seco, le dejó temblando, hierático y atrapado en la telaraña de una realidad que no debía ser vivida. Tras ello, corrió. El pequeño se giró lentamente, viéndolo entrar en aquella sala, notando la firmeza de las palabras que inundaron la estancia, y que tuvieron el eco de respuestas claras, y movimientos ordenados. El caos se tornó en melodía, y la orquesta inició su obra maestra, pendientes de la partitura, que buscaba un solo fin. Que no fuera este el momento, no todavía.

15:38

Una pequeña nube blanca se fundió en la tacita. Condensando la incertidumbre y la esperanza, aquel sitio debía de ser muy especial. Y sin embargo, parecía muy anodino. Pero claro, para quien no supiera ver más allá. Todo se impregna de la vida que lo empapa. Siempre lo había creído así. Ahora, esperaba con la paciencia impaciente a que el milagro de la vida le envolviera de un nuevo nombre, el de su hijo. Esperaba con la locura de lo imposible a que llegara, a que descubriera un nuevo mundo, a que pintara de esperanza cada segundo de una existencia que cambiaría. Todo giraría en torno a su nueva vida, y con un nuevo bautismo, él sería su papá. Aquella cafetería del hospital tendría tantas historias que contar…tantas vidas dobladas, tantas lágrimas, tantas horas de espera. Pero él estaba dichoso. Le habían regalado unos minutos de seguridad, de tranquilidad. Palabras llenas de cariño, de sensatez y de conocimiento. En un rato podría volver para estar con ella, y sabía que disfrutarían de su llegada, y lo harían sin dolor. Apuró su taza de café, pensando en ir a esperar al pasillo, cuando no pudo dejar de escuchar las palabras de un niño que acompañaba a su madre en la mesa cercana. Fueron palabras mágicas, que robó sin pudor, y las guardó muy dentro de su corazón, con la seguridad de que ahora ya sí que nada podría ir mal. “Te quiere, te quiere y eso nunca lo podrás cambiar”.

Fue un tesoro que repetiría a lo largo de toda la tarde, muchas veces, muchas. La vida giraría, se retorcería para llevar su mundo al abismo del quirófano. Le llevaría a conocer un vocabulario nuevo, un raudal de palabras que significarían tanto, que significaban demasiado: urgente, cesárea, hemorragia, muy grave, su vida en la suya… lo posible y lo imposible.

Él era creyente. Rezó y se olvidó de sí mismo. Abrazado con las palabras de un café que parecía lejano, distante, de un tiempo muy remoto. Aquel pequeño hurto vital le envolvió con calor, y enjugó el raudal de lágrimas que se le vaciaban. Rasgado, de lo profundo, pero en pie.

20:15

No solía fijarse, pero aquella tarde se encontró jugando con sus jeans, rotos por el uso, en ambas rodillas. Ella era muy cuidadosa, y su ropa era parte de su personalidad, también ahora le encajaba que se hubiera tirado cualquier cosa encima para venir. Posiblemente la casualidad había evitado que su blusa desentonara, y sus zapatillas se correspondían con la inmediatez que le había llevado a volar, pensando que no llegaría. Recorrió con la mirada aquella sala destartalada, mezcla de paso y de estancia. Y reconoció el excesivo tiempo que ya acumulaba aquel hospital. Era una sala cruel, y pensó en aquellos sitios donde no debería de esperar nadie. Salas de espera. Salas de agonía e incertidumbre. Lugares donde cavilar la fortuna de recuperar un tiempo pasado, quizás muy cercano, pero ya diferente. Sufrió más, porque estaba en el otro lado. Y quería romper las cartas que ahora le tocaba jugar, quería cambiarlas, quería recuperar las suyas. Era médico, un igual, y tendría que contestar a todas sus dudas y preguntas, que serían muchas, pediría datos y momentos, decisiones y justificaciones, razones y motivos. Era médico, y su padre no podía estar tan grave. Una caída, una fractura habitual -recordaba ahora- una recuperación que le llevaría a caminar pronto. Palabras impregnadas de normalidad, de solución, de lógica. Todo aquello barrido como arena fina, por un vendaval monocorde que tras el teléfono le narró que debía volver, porque todo se había complicado y ahora su padre -¡no un paciente cualquiera!- se debatía y luchaba con un corazón anegado que le ahogaba en su propia respiración.

Pero ella estaba ahora allí, en aquella estancia, consumida por el tiempo que vuela cuando lo ignoras, y se retuerce para que lo escuches cuando quieres que no vuelva. Allí, en el tiempo que pasa entre los abismos de los sufrimientos, entre familias que lloran por lo que tienen, pero sobre todo por lo que pueden perder. Había pasado un tiempo desde que llegó, y ahora notó que entre aquellas sillas, había un padre nuevo que balbuceaba sus miedos pero también sus esperanzas. Llevaba varios minutos, con voz trémula, contándole  sus dudas y su profunda agonía. Al comenzar a tomar el hilo de su relato pensó en sus hijos, en aquellos días felices de sus nacimientos. No pudo abstraerse y soltando parte de su rabia, le escuchó con profunda atención. Era un padre roto. Y comprendió sus miedos, como médico pero sobre todo como madre. Pensó en su padre, ingresado al igual que la mujer de aquel hombre en aquella unidad de cuidados críticos. Escuchándole buscaba una razón, para que pudiera comprender cómo habían llegado hasta aquí. Pero no podía transitar por ambas tierras. Notó que su corazón perdía ritmo y se serenaba. Casi a punto de romperse, aquella tensión cedió, y comprendió que las palabras de dolor que este padre recién arribado a puerto vertía, no eran palabras sin cariño, no eran palabras de ira. Un dolor acompañado, un temor vital, pero vislumbró una esperanza cierta, aún sabiendo todo lo que podía llegar. Aquel hombre estaba suspendido en la incertidumbre de dos vidas que luchaban por volver, del amor de ambos, para ser ya tres.

Fueron pocos minutos, pero fue un tiempo nuevo. El roce que te quema, el brillo que te aturde, el calor que te llena. La calma de las palabras de aquel padre, la reconfortaron pensando en su padre. Y el sosiego la imbuyó de esperanza. Se levantó y entró en el despacho.

Llevaba todo el día repitiendo el mismo gesto. Pero no pudo evitarlo al entrar aquella mujer y darle asiento. Era una guardia mala, muy mala. Y aquel dolor de cabeza parecía querer partirle en dos. Bajó ambas manos de su frente e intentó aparentar que estaba menos cansado de lo que en realidad sabía. Se presentó, y como hacía de rutina, también le dio su nombre. Intentó mirarla a los ojos, transmitirle seguridad y cercanía. Siempre pensaba en lo que le gustaría encontrar si estuviera al otro lado de la mesa. Siempre, un nombre y una mirada.

Ella no estaba acostumbrada a un trato tan directo. Encontró lo que no buscaba, y la sorpresa lejos de abrumarla, le gustó. Perdió tensión, notó que sus hombros cedían al empuje, y tras un pequeño esfuerzo retuvo su nombre, y olvidó su apellido. Retuvo a la persona, y dejó ir al médico. En un vaivén cálido recibió el primer impacto, la realidad. Su padre estaba muy grave y su vida corría riesgo. Luchaban por él, nadie había claudicado en su unidad. Pero ahora debía conocer el camino que transitaba. Notó en la siguiente pregunta la cercanía de una empatía no fingida. Ante la aspereza de la realidad ella sintió vivo aquel recuerdo, nadie da lo que no tiene.

Creció en la confianza y le abandono la irá. Cruzó los puentes que él le tendía, y recorrió cada rincón de aquel pueblo abandonado. Sorteó una oscuridad plomiza, y cuando vislumbró la salida, se percató que estaba llorando, acompañada, con un dolor profundo pero yermo.

Se levantó casi sin balbucear una sola palabra. Girándose lentamente, abrió la puerta y se despidió. Le palpitó el dolor por su padre, le desbordó el torrente de lágrimas contenidas, pero sintió el calor que aquella persona, con la dulzura de la empatía, le había trasmitido. Se abandonó, y supo que ya no tenía que soportar más ese peso, lo confió y lo entregó con violencia. La seguridad de sus manos, en las que reposaba la vida de su padre, tenían el calor de un corazón vivo. Ahora podía marchar y esperar. Y así lo hizo.

21:57

Caminó dejándose arrastrar por la inercia. El viento bailaba las hojas en su tiempo con igual cadencia. En la puerta de su coche se vio reflejada. Y en ese momento despertó. Se vio y guardando las llaves entendió que no podía irse. Sin saber por qué contuvo el aliento, una premura extraña la embargó, tuvo prisa, tuvo un deseo de volver. En un deseo irracional notó que había olvidado algo. Una pieza diferente, en un puzle casi completo. Le brotó del corazón, a borbotones, con una intensidad diferente, con una luz nueva. Entre sus labios repitió una y otra vez la certeza que ahora le quemaba y corría por entregar. Y sus pies deshicieron el camino del viento. Por la puerta principal, buscando aquel ascensor vacío, un pasillo silencioso y caras pintadas de rutina y turnos por cerrar. Su mano se posó de nuevo en la puerta de aquel despacho. Y en su boca se dibujó una sola palabra. Como un raudal de vida.

Gracias.

Quería decirle gracias.

Gracias.

Una palabra que llegó para salvarle. Para salvar al médico invisible, y unirlos hilvanando el sentido de su existir. Un golpe, y otro, y otro más, tum…tum…tum…

Gracias.

Nada hay casual, en nuestra felicidad.

 

 

“Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo” (Eclesiastés 3:1)

 

 

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Serendipia

Nada hay casual, en la felicidad.

 

Viento del Sur. Trinidad. El Beni. Bolivia.

Gael abrió sus ojos lentamente. Un nuevo día despertaba. Hacía ya un rato, antes del alba, los gallos batían su particular batalla por anticipar el calor que habría de llegar. Pasada ya la estación húmeda, el clima tropical mantenía un bochorno constante. Feliz, acarició de nuevo la cintura de Bianca. Desdibujándose -otra vez- sus curvas latían al compás de la nueva vida que llegaba. Sería la tercera hija, creía que no llegaría el varón. La calma de la sencilla habitación le recordó que debía apresurarse. Su jornada comenzaba antes de que el sol acabara de salir, su patrón solo se lo había recordado una vez, si había una segunda, sería para no volver. Tardaría el tiempo de un ordeño en llegar, sin bolivianos en el bolsillo las mototaxis no paraban.

Bianca volvió a abrir sus ojos tras verle salir. No quería entretenerle, su amor les llevaría de nuevo a fundirse entre caricias y abrazos, entre besos y arrullos, haciéndole más difícil partir. Se dejó acariciar por él, y notó la vida que le había regalado abrazándola en su interior, caminando de pura felicidad, buceando de placer por vivir. Sería niño, lo sabía, y quería que fuera su mayor sorpresa. Solo una madre conoce el latir de un corazón en su corazón. Había mucho por hacer, se levantó y dispuesta, comenzó el día. Era feliz, inmensamente feliz. Y tenían tan poco… su miedo era que llegará el viento de la dificultad. Su corta vida le había enseñado, la felicidad era un equilibrio precario, y aún más siendo pobres. Pero ella ahora poseía ese don. Temía el viento del sur, el arrojo del mismo, frío y desapacible, el “surazo” que llegaría y enfriaría sus corazones. Tenía miedo, hoy sentía cerca el cambio. No quiso pensar más.

Hincó la espuela con fuerza, y notó la resistencia de la bestia, rebelde al sometimiento. Sudando, tensó aún más las riendas, notando cada fibra de su ser al límite, vibrando al punto de ruptura. Este castaño arisco, a medio domar, relinchaba fiero por su libertad perdida, muy poco tiempo atrás. Tenía que ser capaz, lucharía por doblegarlo, y obligarle a jalar del carretón de su patrón.

Estalló en pedazos. El suelo bebió con ansia el preciado líquido, y testigo mudo del desastre, la loza abierta en su propia agonía, parecía reír con irónico desaire. Algo había pasado. Algo terrible. Sus manos, conectadas por caricias vitales, perdieron la fuerza, y arrojaron en un silencioso tedio su quehacer. Y tras ello, ni el aire quiso ayudarla, aún sentándose, fue consciente de cada una de las veces que respiró, despacio al principio, subiendo, creciendo, corriendo al final. Una palabra rompió el silencio. A su lado, conectada por la propia vida, su hija mayor –no más de seis humedales-, la miraba absorta. Una sola palabra: Gael.

Había llegado de forma tan súbita que le había arrancado el calor de las entrañas. El “surazo” azotaba Trinidad por cada una de sus esquinas. La coincidencia no podía ser casual. Sabía que no. Pero poco importaba ya. Con fuerza apretaba su mano. Vivía, se lo repetía a cada segundo. Aunque no era suficiente, no para ellos. Aquel jamelgo aciago le había vencido la partida, y qué precio tan alto. Quebrada, brutalmente astillada, sin posibilidad de reparación, su pierna derecha yacía vendada sin más apoyo que una manta raída que levantaba su caída. Ya le reclamaban la dosis de morfina que le habían administrado. No habría más sin bolivianos. Aquella doctora había sido tajante, sin operación la pierna no sanaría, quedaría tullido de por vida. No lloró, no quería que la vieran, sus lágrimas bañaron sin parar su corazón, pero en su cara la sonrisa no desapareció ni un instante. La lección que aprenderían hoy sus hijas, recibida por su abuela tiempo atrás, sería un legado a un precio sin tasar. De la pobreza a la miseria existe una línea demasiado fina. Pero el coraje de quien amó, ama y amará, forja orgullos que tiñen de color la sombra injusta de la vida. Sin dinero, no podrían operarle, quedaría tullido, joven, incapaz, sin estudios. Una vida rota, por la injusticia de la pobreza. Ella lucharía. Lucharía hasta no poder más. Y su mirada –siempre alzada- llevaría la esperanza de no ser lo que no fueron, para sobrevivir. Vivir dignamente, hasta que no pudieran más. Cuidaría sola, de los cuatro. Y lloraría sola, hasta que pasara el “surazo”.

 

El ruido del trueno.

En ocasiones, tras sentir el latigazo en el cielo, esperaba con tensión la riada del cielo. Pero en esta ocasión el olor a tierra mojada le llenó desde dentro, aún mucho antes de llegar. Tembló anticipándolo, iría. Sin duda. Era un camino marcado. No había casualidades. Tras colgar el teléfono pensó cómo se lo diría a ella. No se acordó de que cuando la mirase, fluiría el raudal de vida que los unía. Todo estaría dicho. De una forma salvaje sentía un empuje brutal. Quería prepararlo todo, ahora, ya. Apenas hacía veinte minutos no conocía nada de esta nueva realidad. Ahora…ahora quería beberse cada sorbo de la misión. Algo había despertado en él. Y no veía nada más que un camino por recorrer, un sendero que llevaba ahí tiempo, tanto que casi lo había olvidado. Era como despertar de un sueño. Su vida, con realidades dormidas, que habitaban dentro, tan dentro, que cuando despertaron, le golpearon sin piedad, hasta que pudo volver en sí. Necesitaban un anestesiólogo, era la última pieza del equipo. El destino, un pequeño Hospital en la selva boliviana. El precio, todavía no sabía el precio que pagaría por ir, ni conocía la paga que recibiría. Puede, que si lo hubiese sabido, no habría recorrido el camino. Aguantas lo impredecible, el camino horadado cuesta doblemente. El viento no sopla dos veces de igual.

Hospital Germán Bush. Tras casi treinta horas de viaje, al fin llegaron. Eran la segunda parte del equipo, una avanzadilla había preparado días antes el terreno. Directamente dejaron sus cosas en Casa DOA*, se asearon entre el estupor de la nueva realidad, y partieron hacia los quirófanos. Lo traían todo. Casi media tonelada de equipaje reconvertido a material quirúrgico, fármacos, equipos quirúrgicos, dispositivos de anestesia, antibióticos, vendas… Su equipaje personal era la bolsa de mano, no podían desperdiciar el peso que sus billetes facturaban como maletas, no si les servía para abastecer el almacén de DOA.

Les esperaban. La palabra cansancio se renovó, impregnándoles de realidad. Poco a poco fue reescribiendo su nuevo lenguaje, mentalmente se repitió “no poder parar, no poder parar…” y descubrió el sentido de su cansancio. Acurrucado, en una esquina, repasó de nuevo la que sería su nave de trabajo. Miró nuevamente asombrado el quirófano del Dr. Hurtado Bruckner, anestesiólogo insigne en algún tiempo reciente, con su placa jalonando la entrada. Azulejos blancos, recordando espacios más culinarios, máquinas de aire acondicionado encastradas perfilando el exterior, guantes quirúrgicos tendidos al sol buscando alargar su vida una y otra vez, armarios nonagenarios, alforjas con tubos de anestesia propios de otra década, balas de oxígeno que le miran a los ojos… No podía pensar en criticar su pobreza, porque le dolía el alma de tanto que tiraban en su “civilizada” tierra, de tanto que no valoraban, de tanto que sobraba, porque a otros les faltaba. Y cerrando los ojos, tan solo un instante, buscó el aire que le huía, que le expiraba, que le evitaba. Al exhalar, quiso estar en otro lugar, quiso abrazar su corazón, acariciar su mirada, oler su sonrisa, pero latía a diez mil kilómetros de allí.

 

Lluvia gris. Tierra en lágrimas de vergüenza.

A veces, si pudieras llorar nada más recibir el golpe, la herida sanaría antes. Son certezas que llegan con el tiempo, son verdades que te marcan desde dentro. Y al salir, envejecen tus pensamientos de blanco, el color que todo lo puede, cargado de los otros siete.

Y de nuevo se obligó a mirarla. La profundidad de sus pupilas contaban los detalles de una historia cruel. Pero su sonrisa no acusaba. No despedía odio. Solo quería ayuda. Venía por subsistir. Deseaba seguir luchando, y éramos una oportunidad más.  Bajo su sonrisa triste, su torso parecía haber sido golpeado brutalmente, a diestro y siniestro. Una escoliosis atroz, un camino de vertebras que parecían querer ir cada uno por un derrotero distinto. Dos medias lunas, al norte y al sur, describían un cuerpo que luchaba por deshacer un nudo que le impedía casi respirar. Pronto –y solo tenía dieciocho años- quedaría imposibilitada, la torsión crecía a más. Analizaron el caso, pero sabían de antemano que era luchar contra un imposible. No tenían material, no tenían medios, no tenían tanto de lo que sin valorar disponían a diario, en otra tierra. Luchar con ese tifón de columna, sin los anclajes necesarios, sin los recursos para un viaje tan difícil, sin los cuidados de una Reanimación quirúrgica… Era condenarla a morir, o a vivir peor de cómo les llegó.

“No podemos.”

Ella lo entendió. ¡Lo entendió! Sabía que su palabra era sincera. Les miró a ambos a los ojos, los médicos europeos no podían, entonces, nadie podría. Al salir quiso llorar, pero suavemente su compañero traumatólogo le tomó del brazo, y casi suspirando le dijo: “Su patología no es congénita”. Su cara dibujó un interrogante demasiado forzado, no entendía qué importaba eso. Y mirándole fijamente, con dulzura, le hizo partícipe de su dolor. “De bebé su papá la golpeo brutalmente, son cicatrices del maltrato lo que la quebraron la espalda. De haber estado aquí hace quince años, la cura habría sido muy sencilla. Creció retraída por las heridas. Ahora, aquí, ya no podemos hacer nada”.

Doce centímetros de esperanza.

Una vez más, la sorpresa le abrazó sin buscarla. ¿Qué castigo divino llevaría a estos pequeños unos pies tan deformes? Y de nuevo, la sencillez de la respuesta le golpeó el alma. Eran unos pies girados, retorcidos, con la planta en sitios impensables, el talón olvidado, el empeine endurecido por los pasos construidos sobre lo imposible. Pero si dolía verles caminar, si dolía verles trompicar, si dolía verles jugar…nada era al verles sonreír. Porque su felicidad te taladraba tu miseria, y te hacía sentir nada. Nada en tus dificultades, nada en tus problemas, nada en tus batallas, nada en tu injusta infelicidad construida tantas veces a diario sobre necesidades vacuas. Y la respuesta a su tullidez, el pie bot. Una enfermedad genética que con un tratamiento ortopédico al nacer, se corrige. Si el niño crece sin tratar, una cirugía agresiva le puede devolver la posibilidad de caminar, tan solo. Y eso era lo que buscaban. Restituir la indignidad de quien padecía tan solo por ser pobre, tan solo por no tener acceso a una sanidad, que en los más pequeños, su carencia, nos denigraba aún más.

María y Sara. Fueron las primeras. Juntas no alcanzaban ocho años. Pero juntas, al verlas en la habitación, le devolvieron tanta vida, que aún hoy, reía sintiendo la felicidad de quien recibió más de lo que debía. Un camino que nunca agradecería tanto, como por ver sus miradas, juntas, sus pies con botas blancas enyesadas, felices, soñando con ser normales, soñando con jugar sin arrastrarse, soñando y disfrutando de la vida, que tanto les había dado. Y se lo decían ellas a él. Las cuidó como hijas suyas, entre aquellas paredes que generosamente llamaban quirófano, las durmió con mimo, entre sus brazos, acariciando sus caritas, apartando suavemente el azabache negro de sus ojos. Sin un ventilador que pudiera proteger sus pulmones, dedicó su tiempo a respirar por ellas. No importaba cuanto, solo importaba el cómo. Ayudado por un bloqueo caudal, se preparó para viajar con ellas, mirando a sus compañeros, asintiéndose, con muy poco, reconstruyeron en sus sueños, unos pies de tan solo doce centímetros.

La Vela de fortuna.

La fuerza del viento encauzado les llevaba a todos a barlovento, sin su fortaleza la nave no aguantaría. Era el Jefe de expedición, trabajaba, sufría, se extenuaba aún más. Señalaba el camino con el silencio de su ejemplo. Llegaba donde creían imposible, donde era impensable, y para él, sencillamente irreal. Nada más fuerte que las huellas vicarias. Le seguirían, todos, y cada cual buscando ser aún mejor.

Azotó de nuevo el viento, fractura difícil, más de un año de tiempo, inveterada… El sudor se fundió a ratos entre las gotas de sangre que tiznaban su frente, respiró rápido, su pulso era desbocado, pero su mirada…, su mirada templó la propia preocupación, enfrió la tensión, y bruñó de silencio el estruendo que sus miedos cargaban lentamente en el tiempo. En un tono protector, cálido, captó todas y cada una de sus debilidades, y tras iniciar el cierre quirúrgico, les liberó: “Anochece, quiero felicitaros a todos, el día ha sido muy duro, hoy ya no operaremos más”.

En una edad que atesoraba la experiencia de una vida, severamente enfermo de los pulmones, pero inmensamente vivo; la fuerza demoledora de un espíritu hecho a sí mismo, la mirada de quién sabe lo importante, quien ama en cada gesto, quien sostiene y guía. Tras retirarse los guantes, cruzó la mirada con cada uno de sus compañeros, y al terminar en su anestesiólogo, aún siendo la autoridad en el equipo, solicitó con un disciplinado gesto poder hablar con el paciente. Su almirante de los sueños asintió, devolviendo el timón, ¡y qué importante trabajar en equipo!, respetando la corrientes propias del barco. Él era la Vela de fortuna.

“Gael, hemos reparado tu pierna, podrás volver a montar, a correr,… a trabajar. Bianca estará impaciente por conocer la noticia. Tu felicidad, es la nuestra.”

Solo sus ojos pudieron hablar, vertiendo la felicidad ante sus miradas disimuladas, colmando una nueva esperanza. Derramaba el dolor sufrido, la desesperanza amarga, la agonía sostenida solo por los brazos de su amada. Tras un año, por fin, el “surazo” abandonaba sus vidas.

Nada hay casual, en la felicidad.

Iba buscando mi propia felicidad, esa que crees que es a tu manera. Iba deseando llegar, porque este sí que era un camino perfecto, para ser lo que tanto anhelaba. Respiraba con profundidad, llegando a creer que estaba colmando mi anhelo, llegando a creer incluso, que no era un fin en sí, sino mi mejor forma de amar. Miraba un cielo azul, trazado entre ilusiones y esperanzas, entre esfuerzos y renuncias, entre elecciones y carencias. Miraba un cielo que me llevaba al caminar, hacia otros derroteros. Y fue, solo al notar el barro y polvo entre mis sandalias, fue solo tras un tiempo, para tantos vasto, para tantos efímero, fue entonces. Y aprendí a ver sin mirar, bajando el orgullo, recogiendo mi rostro en mi torso, entonces descubrí entre mis pies embarrados, lo inesperado. La felicidad real, la que alejaba a mis espaldas, la que olvidaba al correr hacia mí, olvidándole, olvidándome. Lo inesperado me cubrió, hasta hacerme llorar. Lo inesperado de sentir la vida fluir. Rebosarte, y regalarse desde ti.

Llegó mi serendipia.

 

 

Dedicado al Doctor José Pedro Meÿer Pohlmann.

*http://www.doaong.net

Mariposas en invierno

Suave, aleteó de nuevo y se posó. El brillo multicolor desmenuzado por el vuelo era ahora como un tapiz traslúcido.

Con lágrimas teñidas de risas, entre sus manos temblorosas sueltas ya de las barras de la cama, pudo por fin tener a su hijo. Besarlo, acariciarlo y sentirle vivir. Estaba aquí, unido aún por el cordón, cálido como el dulce amanecer de verano, abriendo sus ojitos disfrutando de segundos de vida nuevos, limpios, dichosos de ser. Una marea de colores pasó por su cabeza y aceleró su corazón. Nada podía ser igual. El final de un camino, llegando a puerto, tras un mar de miedos. Tras la incertidumbre de poder, de saber, de hacer. Una experiencia solo suya, que pudo elegir vivir sin dolor.

Volaba rápido, en un vaivén infinito que fluctuaba al compás de la luz. Azul, rosa, violeta, blanco… arcoíris delirante solo detenido al segundo de respirar, para seguir.

La vida se abre tras un camino de diez pasos. Tenía que preparar su cuerpo para ceder paso. Como intentar con un dedo abrir una puerta en un muro. Así lo pensaba. Era maravilloso, y terrible a la vez. La incertidumbre ante lo inesperado, al sendero desconocido, al dolor. Y aún con la motivación embargándole el ánimo, hasta el más tenaz se puede romper con el dolor, con la constancia del mismo, con la periodicidad y su intensidad. Pero había elegido escapar de lo establecido, olvidar la costumbre y buscar poder estar entera. Eligió prescindir del dolor. Y supo, que con éxito o sin él, había sido la mejor elección. Se dejó llevar, haciéndose una con su pequeña vida, confiando y cediendo. Sentada expuso un camino de cuencas para dar camino a un espacio virtual. Unas manos expertas vieron con su tacto el sitio donde dejar un oleaje suave que bañara el dolor, dibujado en la arena. Y después, desapareció para ser de nuevo invisible.

Casi como a otro tempo, desplegó sus bellas alas, espléndidas, efímeras, únicas. Y voló. Voló y voló.

Una bata, un fonendo en la mesa y una mirada tranquila. Volvió a explicárselo todo. Con calma, despacio. Lo comprendió. Era su opción. El dolor no es necesario. Seguridad, confianza. Ahora sí sabía cómo quería que ocurriese. Le sonrió, sabía de qué le estaba hablando. Era visible. Oyó su nombre. Se levantó, ¡ya le costaba! Leyó de nuevo el cartel: Consulta de epidural.